J.FRAIZ - OURENSE
María Loreto González Cabanas afronta días duros. Mañana vuelve al aeropuerto de Barajas, justo un año después de conocer el doble sentido de la suerte. Sobrevivió al trágico accidente del vuelo JK5022 (aunque tiene muchas molestias físicas y está en rehabilitación), pero todavía sufre por el recuerdo de la catástrofe y, especialmente, por la pérdida de su hija en aquel avión, una de las 154 personas fallecidas el fatídico 20 de agosto de 2008. "Nos podemos acostumbrar a la muerte de los padres pero no nos preparan para perder a las generaciones siguientes", lamenta. En el honor de Clara, que tenía 23 años, destaca: "Acababa de terminar Psicología Clínica con media de sobresaliente, y en junio".
María Loreto González, con una entereza admirable, combate el desánimo pensando en Monforte (Lugo), lugar en el que pasó unos días de vacaciones con su familia de nacimiento y con su hija antes de tomar juntas el vuelo; localidad que se sobrecogió al conocer el tremendo suceso, y a donde Loreto quiso volver el pasado 20 de junio para enterrar a Clara. "Ella estaba muy a gusto allí, y ahora descansa en el cementerio de San Vicente del Pino", cuenta. Su hermana y su madre, que siguen en la localidad lucense, arropararán la pena de esta mujer en un acto de homenaje que se celebra mañana en la terminal T2, de donde salió el vuelo, y "junto al arroyo maldito en donde se partió el avión", describe la monfortina, para quien "lo más duro es volver a la normalidad".
A Loreto no le ha quedado más remedio que acostrumbrarse nuevamente a los aviones: "los que seguimos en este mundo tenemos que seguir volando", dice. La mujer, de 55 años, tuvo su primera experiencia en vuelo prácticamente en blanco y negro. "Mi padre (que era militar) trabajaba en África y yo ya viajé desde allí con 4 años". Tras el accidente de Barajas, confiesa que "fue horroroso volver al avión y al aeropuerto; es un estrés y un impacto psicológico brutal. En aquel vuelo, me acompañó un psicólogo y además tenía un tratamiento terapéutico", por mucho que estuviese habituada a hacer la ruta entre Madrid y Canarias "cada 10 o 15 días" por motivos de trabajo.
Días antes de la tragedia se tomó un pequeño descanso laboral para estar con su hija y la familia en el retiro estival que era Monforte. Acababa de llegar de las Islas Seychelles, donde ejercía como médico en un barco del Instituto Social de la Marina, y decidió regresar a Canarias en el mismo avión que su hija Clara, el accidentado vuelo JK5022. "Yo tenía un billete en primera clase, en la fila 2, y ella estaba en la zona de atrás. Hablé con la azafata para ver si había algún sitio cerca del suyo al que pudiera ir durante el vuelo". Clara, que tenía un billete de turista en la fila 27 del avión, junto a la zona de motores, ya no volvió a coincidir con su madre, que recuerda despedirla con la lógica normalidad de un "hasta luego".
A partir de ahí, Loreto describe la catástrofe como una secuencia drástica e instantánea. "Cuando iba a despegar noté que le faltaba potencia. Por eso, al aumentar la velocidad, pensé ¿adónde va este tío así de rápido?". Enseguida, Loreto predijo un desenlace fatídico. Pensó que iba a morir cuando notó virar e inclinarse el avión de Spanair. Ahí perdió la consciencia hasta que se vio malherida y "sin poder moverse", en un lugar en el que no reconocía rastro del avión. "Creía que todos sólo estaban heridos como yo", cuenta Loreto, a quien su experiencia profesional quizá le salvó la vida. "Las ambulancias llegaron tarde -denuncia- y ya les avisé yo de que sufría un neumotórax".