J.C - CANGAS
El mar le había enseñado templanza a Benigno Pérez. Cargado de esa virtud que se aprende con la vida, se bajó del coche que lo trajo desde el tanatorio hasta la ex colegiata de Cangas. Le bastó un segundo para recorrer con su mirada a los cientos de personas que había en el templo dispuestos a apoyarle en estos difíciles momentos. Del otro lado, la gente tragaba saliva. No era fácil resistir el llanto que se agolpaba en la garganta, aún estaba fresca la imagen de su mujer Josefa Pazó Villar disfrutando de la vida, esa que un maldito accidente de tráfico se la quitó y que mantiene casi sin aliento a todo Cangas. En los corrillos improvisados fuera del templo se comentaba el siniestro. Se echaban pestes contra el corredor y, sobre todo, se preguntaba por el bebé. La rabia golpeaba los muros de la ex colegiata y se afanaba en buscar culpables. Un vecino recordaba el letrero que hay en la autovía de Barbanza, donde se indica el número de muertos que causó la carretera. Cangas despedía a Josefa con la mirada puesta en los hospitales de Vigo: Xeral y Povisa, donde se encuentran las otras víctimas del accidente del martes en el Corredor de O Morrazo
Mucho antes de llegar la comitiva fúnebre, los bancos de la ex colegiata ya estaban ocupados. Allí se rezaba con fervor, por Josefa y por las demás víctimas del siniestro, entre ellas su hija. Las manos de muchas mujeres repasaban rápido las cuentas del rosario. Era su único consuelo. Aún había en ellas un puñado de esperanza, pese a la terquedad del parte médico que se emite desde Vigo. Es la Cangas marinera, la que sale en procesión en multitud en Semana Santa, la que tiene el alma rota. Los políticos locales se dejaron ver en el tanatorio, para mostrar sus condolencias.