G.M.P. - CANGAS
Aquella época abrió varios frentes en la administración municipal, con consecuencias personales, sindicales y políticas. La primera fue el amago de infarto que sufrió esa misma jornada el cabo denunciado, que tuvo que ser ingresado de urgencia. El jefe y el agente implicados no tardaron en causar baja laboral por el estado de ansiedad que padecían, a las que se unió la suspensión administrativa en que derivó el expediente abierto por el Concello. A esas alturas, parte de la plantilla ya padecía problemas de estrés y nerviosismo, que atribuían a la actitud de Faro Lagoa para "hundirnos laboral y psicológicamente".
"El problema de la Policía Local de Cangas sí tiene solución: Que el concejal se vaya o que el alcalde le pare los pies y le cese", concluyó la asamblea de trabajadores celebrada aquel mismo día. Pero José Enrique Sotelo mantuvo, de facto, la confianza en el concejal, calificó las "agresiones" sufridas como "un espectáculo que denigra a todo el pueblo" y anunció que actuaría "con contundencia y castigando a todos los que se hayan saltado las normas de convivencia". Luego revocó las competencias del concejal en materia de Tráfico, lo destinó a Servizos Sociais y, tras reconocer que su concejal "se portó como un señor", tomó directamente el mando de la Policía. Comité y junta de personal consideraron satisfactoria la solución del alcalde, se suspendieron las protestas previstas y se dejaron oír voces sobre "el inicio del fin del problema", aunque las heridas no acabaron de cicatrizar.
Sotelo, consciente del desgaste político sufrido por el edil, prescindió de él en las siguientes elecciones municipales, que el PP volvió a ganar, aunque a cambio de sumar un enemigo en sus propias filas. Faro Lagoa lo consideró una traición y aprovechó el mandato para fundar UPAC (Unión de Parroquias Canguesas) y minar su electorado en la siguiente cita electoral.
Mientras, el conflicto policial se fue apagando en la calle, pero siguió en vía judicial. El Juzgado número 1 de Cangas llegó a archivar el caso, aunque Bernardino Faro Lagoa, fiel a su estilo pertinaz, recurrió la sentencia y mantiene abierta la causa.