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JUAN CALVO/CRISTINA G. - CANGAS El secuestro del atunero Alacrana nos había llevado a casa de Jesús Graña, hermano del marinero cangués secuestrado por los piratas Somalíes. Allí estaba Beatriz Martínez que cuidaba de su hija, Nicole. Había que romper el hielo y el nombre de la niña se antojaba extraño para la zona. -¿Nicole? -Sí, es que yo soy de La Córcega"dijo enseñando su acento francés que no había perdido a pesar de los años. Fue entonces cuando contó que ella era hija de uno de los muchos trabajadores que a principios de los años 60 habían emigrado a Córcega para trabajar en la central térmica de Vazzio, la misma que ahora quieren derribar. Beatriz salió viva del accidente en el que murieron sus padres en el año 1992, en Verín, cuando regresaban en coche de Córcega a Cangas. Hoy tiene 30 años, pero los 14 que pasó en la isla no los olvida. Su hermano Joaquín habla gallego con acento francés muy marcado. También él es natural de la isla francesa. Nació allí en el año 1973 y la muerte de sus padres le obligó a quedarse en Cangas, aunque añora su adolescencia en la isla de la que Napoleón partió para conquistar Europa. Recuerda cuando Julio Iglesias acudió a cantar a la Casa de España, regentada principalmente por cangueses o cuando acudían las categorías inferiores del Real Madrid, que dotó al club de la Casa de España con toda una equipación, lo mismo que la selección española. Tiene fotos con Carlos Sainz al que iba a ver cada vez que competía en el rally.
Joaquín Miranda viajó a Córcega dos años después de la independencia de Argelia. Se acuerda de la fecha perfectamente, el 13 de febrero de 1964, cuando tenía 24 años. Un poco antes se había casado y su mujer había tenido gemelos. Decidió emprender la aventura el solo. Antes de llevar a su familia quería conocer cómo se defendía allí. Y lo hizo bien. Como otros muchos, su primer destino fue la central térmica de Vazzio, lo mismo que el padre de Joaquín y Beatriz Martínez, ambos carpinteros. Para él, el idioma no representó ningún problema "me acostaba con el diccionario", comenta José Antonio Miranda que regresó a Cangas después de permanecer 37 años en Córcega, donde creó una empresa. "Ganábamos 50 pesetas al día, 2,80 a la hora. El primer mes le mandé a mi mujer 16.000 pesetas. Levantábamos 6 metros por día de las chimeneas de la central térmica, donde trabajé cuatro años de mi vida". Allí tuvo a su hija Blanca, que ahora también está en Cangas. Miranda tuvo la suerte de que sus hijos se animaran a regresar a España. No así otros que se encuentran "atrapados" en la isla por sus hijos, sus nietos y hasta bisnietos.
Manuel Alonso Chapela y Josefa Fernández son un buen ejemplo de esto último. Tuvieron tres hijas y ninguna quiso regresar. Las dos mayores tienen la doble nacionalidad, pero la pequeña, de 25 años, se quedó sólo con la francesa. Su acento francés les delata. Manuel Alonso marchó a Porto Vechio en el año 1968. Lo hizo para ejercer su profesión de carpintero, algo que no abandonó. De hecho logró crear con un compañero de Tolousse una ebanistería. Pero supo invertir y adquirió varias casas. También la de un vecino policía al que los independentistas Corsos volaron sus casa. Sus hijas hace muchos años que no vienen a Cangas, pero ellos lo hace todos los años, una o dos veces. Menciona que siempre prefirió hablar el corso que el francés, pues lo entendía mejor, por su similitud con el italiano.
Monique Soliño habla con un esmerado acento de la ribera francesa. En Niza estudió Filología Hispánica y ahora da clases de idiomas en una academia en Cangas. Nació en Córcega hace 35 años y se quedó en Cangas por amor. Pero su hermano sigue allá y no es fácil de convencer para que regrese con la familia cuando sus padres, Manuel Soliño y Nieves Costas se jubilen. Faltan dos años. Manuel Soliño también trabajó con José Antonio Miranda y otros cangueses en levantar la central térmica da Vazzio y en la de Bastia, más al norte.
Los cangueses que emigraron a esta isla francesa recuerdan que fueron muy bien acogidos por los refugiados españoles que vivían allí. La Guerra Civil los había llevado hasta una isla que Miranda recuerda salvaje cuando llegó y en la que estaban muchas cosas por hacer. La Casa de España, ya cerrada fue su nexo con una España que vivía silenciada por el franquismo.
Independentismo corso
Ellos de política no hablan. Comenta Miranda que su relación y la de muchos otros cangueses con el independentismo corso es estrecha y que nunca fueron mal vistos. Están acostumbrados a los atentados, a tener que ser desalojados por una amenaza de bomba. Es algo que Beatriz Martínez aún recuerda. Los mayores no le dan demasiada importancia. Ellos estaban allí para ganar dinero, no para pensar en política. Miranda asegura que tiene amigos entre los nacionalistas, gente con la que salía a pasar un día de pesca y que sabía que el día anterior había "metido algún petardo". Cuenta Joaquín Martínez que en una ocasión explotó un artefacto en la Casa de España, pero que enseguida se movieron los contactos para dejar claro que se había elegido mal el objetivo. "De hecho nunca fue reivindicado", apuntilla Joaquín Martínez.
Miguel Soliño y Nieves Costas están advertidos por su hija Monique de que FARO les llamaría a Córcega. Es Nieves la que descuelga el teléfono. "Me vine cuando tenía 25 años, dos años después de que lo hiciera mi marido". Ansía regresar pero quiere que su hijo lo haga también y le echa un poco para atrás el funcionamiento en España de la Seguridad Social. Manifiesta que en Ajaccio deben quedar 10 familias de Cangas de aquella época y que la Casa de España cerrró, "quedaban cuatro refugiados de la Guerra Civil". Su marido Joaquín evoca que hubo un momento en que en Ajaccio había 40 familias de O Morrazo. "Llegabas a la frontera y decían: veinte personas para un sitio, veinte para otro; así nos repartían." Para ellos no será fácil regresar a Cangas, como no lo fue tampoco para los demás. Pero se saben emigrantes.
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