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LUIS REIMÓNDEZ - Presidente del CIT e hijo de Manuel Reimóndez Portela

"Cobraba muy poco y con frecuencia regalaba medicinas a quien las necesitaba"

Repasa el perfil más humano, personal y quizás desconocido del "médico de los pobres"

 06:40  
Luis Reimóndez, ayer, en A Estrada. // Bernabé/Suso Redondo
Luis Reimóndez, ayer, en A Estrada. // Bernabé/Suso Redondo 

SILVIA ALENDE - A ESTRADA Una extensa conversación con Luis Reimóndez se queda corta para repasar la polifacética trayectoria de su padre, Manuel Reimóndez Portela, cuya figura y circunstancias fueron analizadas ayer en la inauguración de unas jornadas organizadas por el recién inaugurado Seminario de Estudos Locais de A Estrada (SEL). A continuación, el hijo del autor de A Estrada Rural y Un médico na aldea repasa la vida de un doctor natural de San Miguel de Castro que supo sumar a su carrera otras labores como la humanística, la investigadora o la política.

–Ocupó el sillón de mando de la Alcaldía del municipio y el Museo do Pobo Estradense lleva precisamente su nombre pero, ¿qué representa para A Estrada Manuel Reimóndez Portela?

–Era una persona con grandes inquietudes de tipo cultural desde muy joven y afortunadamente, gracias a la emigración de su padre, tuvo la oportunidad de poder formarse intelectual y académicamente. Tuvo así ocasión de desarrollar las actividades que tenía en mente, concienciando a la gente en su aldea natal para hacer cosas.

–¿Qué tipo de ideas rondaban en su cabeza?

–Eran tiempos en los que no había medios y ningún tipo de ayuda oficial, prácticamente. Entonces, como tenía una capacidad de convicción grande y era una persona querida y muy conocida, reunía a la gente y así, por ejemplo, una de las primeras cosas que hizo fue la ampliación de un camino de carro para que la gente pudiese llegar hasta la iglesia. Los entierros había que hacerlos con unas condiciones pésimas e incluso se tiene dado el caso de que la gente resbalase y cayese. En cuanto tuvo oportunidad, fue incrementando la labor social que aportaba la administración y así consiguió que se construyese en San Miguel el teleclub. Eso significó la existencia de un centro para uso parroquial donde podía reunirse la gente, se veía la televisión...

–La medicina fue su principal actividad profesional. ¿Llegó a este quehacer por vocación?

–Efectivamente. Fue un médico vocacional. No podría decir exactamente si llegó a barajar alguna otra opción, creo que no. Su carrera se vio interrumpida por la Guerra Civil. Sus primeros estudios fueron en Cuba, a donde fue con su padre. Allí estuvo en un colegio que no era habitual aquí, por lo que tuvo una formación que sería muy difícil de conseguir si siguiese en Galicia. Supongo que eso fue lo que despertó en él la posibilidad de realizar una carrera. Escogió Medicina y sirvió como sanitario en la Guerra Civil.

–Una primera toma de contacto con la profesión de gran dureza...

–Tuvo que actuar en el frente, en Asturias, Teruel... cuidando heridos. Realmente, con unos conocimientos mínimos tenía que enfrentarse a situaciones derivadas de la batalla.

–Tras la contienda y ya de vuelta a San Miguel ¿cómo ejercía su labor en un momento en que los medios no eran los de hoy y teniendo en cuenta la amplia extensión territorial del municipio?

–Afortunadamente, él mismo lo explicó muy bien en Un médico na aldea. Precisamente esta edición que se va a presentar ahora lleva unos añadidos importantísimos de los catedráticos Marcelino Agís y Marcial Gondar, que inciden precisamente sobre esos medios, que eran muy pobres. Necesariamente tenía que ver morir gente que no podía ser atendida porque había enfermedades para las que hoy hay muchos tratamientos pero que en aquella época no había posibilidad de curar. Las infecciones eran frecuentísimas. Cuenta por ejemplo con gran emoción la aparición de los antibióticos, la famosa penicilina. Incluso relata la pobreza con que llegaba al país, importada de fuera. Venía en cantidades mínimas y había que ir a buscarla a Vigo. Cuenta también cómo en algún caso concreto sabía que la dosis que daba a un paciente no era suficiente pero es que no se podía conseguir más. Todo ello lo llevó a desarrollar la imaginación y a inventar incluso algún tipo de aparataje para intervenciones en partos, por ejemplo. Él, por supuesto, tenía una gran formación, fue un gran estudiante. Además, llegó a ser el jefe del laboratorio de la facultad de Medicina de Santiago, por lo que al mismo tiempo se formó como químico. Era muy poco frecuente que un médico rural hiciese análisis en sus consultas, sin embargo él tuvo esa oportunidad, por lo que en San Miguel montó ya un laboratorio, reservados por aquel entonces a hospitales y clínicas de lujo.

–Gracias a todo ello, hoy Manuel Reimóndez se conoce también como "el médico de los pobres"...

–Es un nombre que el pueblo le puso por su conducta. No era el único que lo hacía pero con mucha frecuencia cobraba muy poco por su trabajo. Al mismo tiempo, regalaba medicinas porque ya empezaban a venir los laboratorios de productos farmacéuticos a visitar a los médicos y traían muestras. Él las utilizaba para darles a los pacientes. Además, obraba en función de quien fuese el paciente, pues iba a las casas y veía las condiciones en que vivían.

"Era incapaz de pasar sin ver, mirar y tocar"

–A la par de su faceta médica, como investigador realizó también una gran labor. ¿Cómo fue ese proceso?

–Lo que le dio la oportunidad de realizar esta labor cultural fue su condición de médico rural. Gracias a que tenía que recorrer muchos kilómetros para visitar enfermos y a que era incapaz de pasar por un sitio sin ver, mirar y tocar pudo estudiar cruceiros, mámoas, piedras... Siempre que podía le hacía una fotografía e investigaba su historia. Fundamentalmente, era una persona inquieta. Además, le gustaba pintar, la fotografía, los deportes... jugaba al tenis y al fútbol e incluso arbitraba partidos en las aldeas.

–Fruto de ello surge A Estrada Rural...

–Es una obra fundamental. Su gestación fue larguísima, de más de diez años recopilando datos. Además, tiene una significación muy importante porque es un trabajo pormenorizado de toponimia del concello. El que quiera conocer A Estrada debe acudir a él, pues recoge incluso cosas ya desaparecidas, con planos, dibujos y leyendas.

–Médico, investigador, humanista y político. ¿Qué lo atrajo a este último ámbito?

–Tenía mucha relación con las personas y aglutinaba voluntades. Por su consejo, la gente se reunía y asociaba y para la clase política era una persona con mucho atractivo. Habían intentado ya que fuese concejal en A Estrada. Nunca quiso. No le gustaban los cargos políticos. Lo que pasa es que un político bien entendido no es más que un servidor público y él esa vocación sí la tenía. Según fue creciendo su fama y contactos, lo llamaron para ser presidente de la comisión de los 16, personas de diferentes colores políticos que se juntaron para realizar el preestatuto de autonomía de Galicia. Después, en la legislatura del 1983 al 1987 fue alcalde de A Estrada.

–Como padre ¿cuál es su legado?

–Era un buen padre, una persona tolerante. No era un hombre de dar consejos, porque consideraba que cada uno tiene su vida y circunstancias. Aprendías de él por observación. Lo que hacía era tener un comportamiento determinando y ese era el espejo en que fijarse. Es mi gran fortuna haberme criado en ese ambiente. La vida con él era tremendamente fácil. Le gustaba hablar mucho y sabía escuchar muy bien. Su casa atraía a mucha gente, porque se encontraba a gusto.

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