CRISTINA PICHEL - LALÍN
Hace veinte años que el Instituto Andaluz de la Mujer en Málaga abrió sus puertas para ayudar a las voces silenciadas. Fernando Gálligo Estévez lleva ya 10 años trabajando en él como psicólogo, y de su experiencia surgió la idea de publicar un libro: Mi chico me pega pero yo le quiero, editado en noviembre de 2009. Ayer, Gálligo acudió a Lalín para impartir una charla sobre el amor y el maltrato juvenil, incluida dentro del curso de verano de igualdad, que finaliza hoy. El acto de clausura (19 horas) contará con la secretaria xeral de Igualdade, Marta González, acompañada del vicepresidente ejecutivo de la Federación Galega de Municipios e Provincias (Fegamp), Francisco Fraga, y de la concejala de Servizos Sociais, Paz Pérez.
–¿En qué momento el amor pasa a ser maltrato juvenil?
–El amor en la pareja comienza a convertirse en violencia de género cuando aparecen las primeras señales de control. Poco a poco el control pasa al dominio, y después, al aislamiento, aunque todavía no haya maltrato físico. Estas primeras señales denotan que la relación ya está siendo tóxica y de maltrato.
–¿Desde su trabajo en Instituto Andaluz de la Mujer, se producen más casos de maltrato juvenil o de mujeres adultas?
–Atendemos a mujeres de todas las edades, aunque siempre a partir de los 18 años. En los últimos seis años nos están llegando casos con más frecuencia y de más gravedad. Los jóvenes se conocen, enseguida se consideran pareja e incluso empiezan a convivir juntos. La dinámica de la pareja es muy rápida y la aparición del maltrato físico también, mucho más que en las relaciones mayores. De ahí surgió la iniciativa de escribir mi libro, ya que tampoco existen demasiadas guías para enseñar a las jóvenes sobre el tema de la violencia.
–¿Predomina el maltrato físico o el psicológico?
–En las jóvenes prevalece el maltrato psicológico, pero cada vez hay más casos de violencia física. Además, se está produciendo un repunte importante del machismo en los chicos y una cotidianidad del tema de la violencia de género, llegando a considerarla como algo a través del cual se resuelven los conflictos.
–En estos últimos años, ¿se nota una mayor afluencia de mujeres en el centro?
–En estos 10 años que llevo trabajando en el Instituto se han ido incorporando más programas y más recursos, por lo que se genera también una mayor demanda. No es que haya un porcentaje mayor de casos de maltrato, sino que, al existir más servicios, aumenta la afluencia de mujeres que acuden al centro en busca de ayuda.
–¿Trabajáis también con la familia desde el Instituto?
–Trabajamos con los padres y las madres individualmente cuando nos lo demandan, porque a veces la chica no quiere venir. Además, desarrollamos un programa en colaboración con las ANPAS, con el profesorado, con la delegación de educación y con las asociaciones de mujeres para trabajar en temas de igualdad. La labor educativa tiene que llegar a todos los ámbitos para que, sumando esfuerzos, se consiga una equidad real.
–En este sentido, ¿qué papel tiene que jugar la familia?
–Es fundamental una igualdad total en la educación, ya desde antes de nacer. Se debe educar en el respecto, en colaboración, conciliación y solidaridad. Lo básico es una educación intrafamiliar y comunitaria.
–¿Caminamos hacia una igualdad de género real?
–Es una utopía, pero pienso que se puede conseguir, aunque no a corto plazo. No se trata sólo de reformar leyes, sino de un cambio en la sociedad. Vivimos en una sociedad cada vez más violenta y con una gran pérdida de valores, por eso la educación intrafamiliar, en igualdad y colaboración es muy necesaria. Cursos como el que organiza el Concello de Lalín son vitales para darnos cuenta de que urge un nuevo modelo de cultura social. Vamos por el buen camino; hay que ser optimistas, pero al mismo tiempo, soy realista.