XAN SALGUEIRO - LALÍN
Los ánimos de los moteros participantes hicieron frente a unas circunstancias meteorológicas bien distintas de las del período estival romano que vivían los protagonistas de la película de William Wyler. Suele achacarse a este filme la popularización del uso de este tipo de motocicletas en Italia y en el resto del mundo. Desde luego, son legión los seguidores que tiene la Vespa, como ayer quedó demostrado en la segunda edición de Invernovespa, organizada por los clubes Avispados de Ourense, Vespeinados de Vigo y Golfos Ártabros de A Coruña. La primera había tenido lugar en Santiago de Compostela y la idea es ir rotando por distintas localidades gallegas. "Se non os amarramos aquí en Lalín", comentaba ayer a uno de los organizadores el concejal de Turismo, Nicolás Varela. De hecho, la de ayer tuvo mucha más participación que la primera, según coincidían en señalar distintos participantes.
Partiendo de la pasión común de guiar una Vespa, cada participante dejaba patente su impronta personal. Entre los más originales estuvo un aficionado llegado desde Valladolid con una tabla de jamón y una bota de vino acopladas a su moto. Al margen de su destreza como piloto, también quiso dejar constancia de sus habilidades con el cuchillo y repartió jamón a los demás participantes y a los visitantes. Sin duda, fue la auténtica atracción de la mañana en la explanada del centro comercial Pontiñas Haley, a donde habían ido llegando los moteros desde primeras horas de la mañana. Una veintena lo había hecho incluso la jornada anterior, entre ellos, tres llegados desde Valladolid, la localidad más alejada desde la que se tiene constancia de participantes. Los demás procedían mayoritariamente de las cuatro provincias gallegas.
La Vespa más antigua entre las presentes ayer era una de 150 centímetros cúbicos del año 1962. Aunque su propietario, David, recordaba que en su club, Vespeinados, existe una de 1958, sólo diez años después de que la mítica marca comenzase a comercializarse para el público en general. En cuanto a la potencia, las había desde las más pequeñas, los ciclomotores de 50 centímetros cúbicos, hasta las modernas de 300.
Desde el centro comercial los moteros se encaminaron a la Praza da Igrexa de Lalín, en donde fueron recibidos por el alcalde, Xosé Crespo. Muchos acudieron después a la matanza tradicional que se celebraba en la parroquia de A Xesta y, de regreso en Lalín, compartieron un cocido en el restaurante Villanueva, tras el cual emprendieron un escalonado regreso hacia sus lugares de procedencia.