ÁNGEL GRAÑA - SILLEDA
Balbina Orosa habla con verdadera devoción sobre la figura de su tío Felipe. “Tenía un porte increíble y era uno de los pocos sacerdotes que andaba por Madrid con hebillas de plata en los zapatos”, recuerda esta fiel suscriptora de FARO DE VIGO desde hace más de 70 años que vive en pleno centro de A Bandeira, en Silleda. Y es que la vida de Felipe Orosa Cangas, nacido en este lugar de Trasdeza en 1869, está íntimamente ligada al reinado de Alfonso XIII, la II República Española, la Guerra Civil y los primeros años del régimen del general Franco. “Don Felipe”, que era como le conocía todo el mundo en A Bandeira, se hizo sacerdote en el Seminario Mayor de Lugo porque su madre quería tener en casa un “cura de aldea”. Sin embargo, el joven seminarista siempre tuvo claro que lo suyo era vivir a medio camino entre la disciplina militar y la altruista labor del apostolado.
Una vez concluidos los estudios eclesiásticos, Felipe Orosa entró en el ejército como capellán castrense. Antes de recalar en Madrid, el militar trasdezano recorrió media piel de toro con destinos en destacamentos de infantería como los de Burgos, Bilbao o Mahón, entre otros. Su llegada a la capital coincidió con el declive de la monarquía de Alfonso XIII. Sin embargo, entró a formar parte de la Real Guardia de Alabarderos, un regimiento específico de la dinastía borbónica, cuando el monarca tenía sólo 18 años, en 1904, y llevaba dos en el trono tras finalizar la regencia de su madre, María Cristina de Habsburgo-Lorena, una mujer que dejó una profunda huella en el sacerdote gallego que, poco a poco, fue ascendiendo en el regimiento hasta llegar al empleo de comandante en los años veinte con el que pasó a la reserva una vez iniciada la Guerra Civil.
Orosa tuvo el privilegio de tratar con todos los personajes de una de las épocas más convulsa de la historia contemporánea de España. El capellán mayor de alabarderos de Alfonso XIII era recibido con cierta frecuencia por el rey, tanto en audiencias militares como privadas en el Palacio de Oriente, un lugar que Orosa llegó a conocer tan bien como su propia casa. Asistió en primera persona a la dictadura de Primo de Rivera hasta su dimisión en enero de 1930, cuando fue sustituido por el general Dámaso Berenguer, que dio paso a la conocida como “dictablanda”. Mientras todo esto sucedía en la villa y corte, Felipe Orosa cumplía con sus labores religiosas oficiando misa casi a diario en la iglesia del antiguo Monasterio Real de la Concepción, más conocido por el de las Comendadoras de Calatrava, donde el capellán de A Bandeira se encontraba a gusto, según indica su sobrina. Por entonces, algunos rumores de la corte aseguraban que Felipe Orosa se había convertido en confesor personal de la reina María Cristina, “una mujer que le había impresionado por su elegancia y su saber estar”, afirma Balbina Orosa. La repentina muerte de la madre de Alfonso XIII en el Palacio de Oriente en 1929 sacudió al regimiento de alabarderos, que le rindió honores durante sus exequias en el monasterio de El Escorial, y en especial a Felipe Orosa, que siempre la tendría presente en sus oraciones.
Uno de los momentos más tristes en la vida de este “sacerdote liberal para muchos de sus compañeros”, como lo define su parienta en el coqueto salón de la casa familiar de A Bandeira, fue el destierro obligado de Alfonso XIII tras la proclamación de la república el 14 de abril de 1931. “Después de la guerra nos acompañó a varios familiares en una visita por el Palacio Real de Madrid y cuando pasó por delante de una de las puertas se le saltaron las lágrimas. Fue la primera y única vez que lo vi llorar. Nos dijo que por allí había tenido que salir a escondidas Alfonso XIII cuando se marchó de España”, explica Balbina Orosa. La despedida solemne del monarca depuesto también dejaría marcado a Felipe hasta el día de su muerte.
La buena costumbre de pasar los dos meses de verano en A Bandeira junto a su familia salvó al sacerdote del estallido de la Guerra Civil en julio de 1936. “Por sólo 15 días se salvó del alzamiento”, dice, haciendo memoria, Balbina. Su sobrina lo recuerda “muy tranquilo” mientras contemplaba desde el balcón de su casa el paso de los camiones cargados con milicianos en dirección a Santiago. Por entonces, Felipe Orosa ya estaba en poder de la Gran Cruz placa de la Real y Militar Orden de San Hermenegildo, una distinción militar y una orden de caballería española creada por Fernando VII al terminar la Guerra de la Independencia en 1814, que todavía hoy se concede en el ejército español. Además, el rey Víctor Manuel III hizo a Orosa Gran Maestro de la Corona de Italia en 1925, cuya medalla guarda como oro en paño Balbina en su casa junto a las fotografías dedicadas de Alfonso XIII y la infanta Isabel, más conocida como “La Chata”.
Arresto frustrado
En plena contienda española, una pareja de guardias civiles llamaron a la puerta de la casa de los Orosa preguntando por “don Felipe”. Éste les abrió personalmente la puerta y, cuando supo que venían a detenerlo, pidió que le dejaran subir a su habitación. Se enfundó la guerrera de comandante de alabarderos y bajó. “Los guardias se le cuadraron y se marcharon por donde vinieron”, explica, jocosa, Balbina. Al parecer, el arresto era producto de algún vecino poco conforme con la actitud de un sacerdote que presumía de tener amigos en los dos bandos enfrentados.
Felipe Orosa consumió sus últimos años de vida oficiando misa en varias iglesias de la comarca y compartiendo con varios amigos una de sus grandes pasiones: El juego de naipes del tresillo. Balbina Orosa también conserva en su casa un poema elaborado por los compañeros de partida del capellán silledense en el que se pone de manifiesto su destreza en una modalidad de la baraja española donde prima el individualismo. En los versos dedicados a Felipe Orosa se ironiza sobre la bonhomía del cura y su facilidad para “quitarnos los cuartos” en el transcurso de unas partidas que se prolongaban en el tiempo durante, sobre todo, las tardes.
Los restos mortales de Felipe Orosa Cangas reposan desde la década de los años 40 en el cementerio de San Tirso de Manduas. Los sobrinos del sacerdote visitan con frecuencia su tumba porque, como dice Balbina, “era muy sencillo, le gustaba hablar en gallego cuando pasaba con nosotros el verano, y la gente le tenía mucho aprecio”. La sobrina del capellán castrense mantiene vivo un recuerdo de “una persona al que le gustaba protegernos porque éramos como sus niños pequeños”. Esta venerable anciana es la salvaguarda de la memoria de su ilustre pariente mediante una vasta recopilación de fotografías, documentos oficiales y objetos que forman parte de una vida que coincidió con algunos de los años más apasionantes del siglo XX.