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HEMEROTECA » |
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ROBERTO RIVAS MARTÍNEZ - SILLEDA Si pudiéramos contemplar en retrospectiva el pasado, veríamos a Napoleón Bonaparte al frente del mejor ejército de Europa cruzar el río Bidasoa en la amanecida del 13/12/1808. El emperador disponía en España de 200.000 soldados de infantería y 50.000 de caballería. Con tal formidable ejército repuso a su hermano José en el trono y 18 días más tarde salió en dirección a Astorga para cruzar a pie la sierra del Guadarrama e intentar destruir el ejército inglés, que, tras haber desembarcado en Vimeiro (Portugal) se encontraba dentro Galicia. Los británicos, a cuyo frente estaba el general Sir John Moore, eran 13.000 hombres, que, con la división del General Baird, sumaron un total de 23.000 soldados de infantería y 2.300 jinetes.
El Emperador llega a Astorga, se hospeda en el Palacio del Obispo, al que primero ignora y luego maltrata y no puede continuar al frente de sus tropas, ya que fue informado de que los austríacos tomaban las armas contra su patria aprovechándose del desplazamiento del ejército francés hacia España. El Emperador ordena a sus mariscales Soult y Ney que se apoderen de Galicia y Portugal y destruyan al ejército inglés. Para conseguir este objetivo les deja al frente de 55.000 hombres.
Los británicos tomaron la decisión de reembarcarse con dirección a Inglaterra. Unos lo hicieron por los caminos que conducían a A Coruña a través de los puertos de Manzanal y Pedrafita y otros, por el puerto de Fuencebadón en dirección a Ourense y Vigo. Estos últimos se mezclaron con el ejército gallego, a cuyo frente se encontraba el Marqués de la Romana, Pedro Caro Sureda, natural de Valencia. Hay que reconocer que los caminos estaban intransitables y las montañas cubiertas de nieve, pero lo cierto es que la retirada fue absolutamente desastrosa, hasta el punto de que el general Moore dejó escrito que “jamás hubiera creído que un ejército inglés pudiera desorganizarse tan prontamente”. No sólo estaban desorganizados, sino que se dedicaron a la devastación y al pillaje. El ejército gallego, mezclado con las tropas inglesas que iban en dirección a A Coruña, fue en una tercera parte apresado y los soldados de las dos divisiones restantes huyeron por los montes a la desbandada medio desnudos y sin impedimenta. Los mariscales franceses se adueñaron, sin mayores dificultades, de Galicia y los británicos reembarcaron hacia su patria desde el puerto coruñés, mientras contenían a los franceses en la batalla de Elviña, donde muere Sir John Moore, cuyos restos descansaban hasta hace poco en el Jardín de San Carlos, junto al actual archivo del Reino de Galicia.
Mientras la Junta Regional de Armamento y Defensa radicada en A Coruña se había entretenido en cuestiones secundarias sin fortificar los recintos amurallados, colocar efectivos en los puertos de montaña o adoptar las medidas para la defensa de las plazas fuertes marítimas, tuvo que ser el pueblo gallego, sin ejército organizado, quien tomó las armas para defender el suelo patrio.
En pie de guerra
El día 3/03/1809 el rector de Santa María de Abades y anexos, Joaquín Varela Taboada y Sotomayor, originario de la casa-pazo de A Lama, en Santa María de Rellas, pone en pie de guerra a la Jurisdicción del Trasdeza, que, como sabemos, distaba 4 leguas de Santiago de Compostela (hoy diríamos que unos 30 km.). Los párrocos de las distintas feligresías y los mayordomos pedáneos de las mismas, así como los vecinos más representativos que acostumbraban a reunirse en Junta en los sitios señalados para resolver los asuntos que interesaban a la Jurisdicción, unidos en forma de Consejo, pasan a declarar “que, aunque las armas francesas fueron recibidas pacíficamente por el pueblo gallego y especialmente por su capital Santiago en la firme inteligencia de que no alterarían el orden público se ve que no solo han destruido este, sino que además han gravado a los pueblos con pedidos y contribuciones exorbitantes y los vejan con robos, saqueos, quemas, prisiones, muertes y otros infinitos excesos de todas clases opuestos a la humanidad al derecho natural y de gentes y que si tamaño mal sigue desaparecerán pronto las subsistencias y vidas, la libertad y tranquilidad”, según se recoge en las actas que aún se conservan en el Pazo de Sestelo (Siador).
Ante esta situación, el pueblo del Trasdeza adopta el acuerdo de tomar las armas, declarando que quedan “resumidas en los pueblos las facultades” de la suprema Junta General de Reino y de todas las autoridades civiles y militares. En una palabra, se produce la revolución: El pueblo toma conciencia de sí mismo y, desasistido de sus jefes naturales, declara la guerra al ejército francés y adopta sus propias decisiones al margen de toda estructura militar y civil.
Juez a la fuga
Como el Juez de la Jurisdicción, Cayetano Antonio Taboada de Ulloa, dueño del Pazo de A Viña, en Abades, se había fugado, dejando a los naturales desamparados y expuestos a los excesos de los franceses, tras recomendar en las Juntas Públicas celebradas en Chapa y en el campo de A Lama que amasen y suministrasen todo lo necesario a los gabachos, pues “que sin duda mejoraban de suerte con la venida de ellos a España” y teniendo en cuenta que el Arzobispo de Santiago, Sr. Muzquiz, se hallaba ausente, deciden nombrar como Juez Corregidor del pueblo de Trasdeza a José María de Rivas y Taboada, dueño de las casas de Campo y Sestelo, “sujeto escogido y de los de su mayor confianza” para que ejerza las funciones jurisdiccionales y “especialmente las ocurrentes a la defensa que van a emprender” y se erige una Junta Gubernativa, que preside el citado José María y de la que forman parte por el estado eclesiástico Juan López Casariego, Andrés Antonio de Noboa, y por el lego, Agustín Pita, Manuel Antonio Cobián, Manuel de Ogando y Cortés, Antonio López; como tesorero, Manuel Ramón Martínez, todos vecinos del pueblo; y como secretario, Pedro Gómez, escribano de número de la Jurisdicción.
Bicentenario
En este acuerdo quedan claras las causas por las que el pueblo de Trasdeza toma las armas contra los franceses y, sobre todo, queda al descubierto el protagonismo de la Galicia rural, que, desasistida de las autoridades, toma conciencia de sí misma y asume todas las facultades que corresponden a su gobierno y defensa. Los elegidos aceptan el cargo y deciden cubrir los puentes por donde podían entrar los franceses nombrando como jefes del ejército a Gregorio y Benito Martínez, hermanos del tesorero Manuel Ramón Martínez Pereiro y Sarmiento, dueño de la casa de Vista Alegre (Margaride), y a los estudiantes integrados en el Batallón Literario que se habían formado militarmente bajo las órdenes de Blake en las batallas de Balmaseda y Espinosa de los Monteros.
En el bicentenario de aquellos acontecimientos es necesario avivar nuestra memoria o, por mejor decir, tomar conciencia del heroísmo que mostraron nuestros paisanos en la defensa de su suelo patrio, frente al invasor que los humilló con su prepotencia, saqueándoles sus bienes y, al tiempo, pisoteando su dignidad
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