LAURA MARTÍNEZ - LALÍN
La renovación y mecanización del campo han provocado que las técnicas tradicionales vayan paulatinamente desapareciendo, tal es el caso de los numerosos molinos de agua, que tan fructíferos fueron en su día y que hoy han quedado repartidos por el territorio gallego, la mayoría de ellos abandonados. La comarca del Deza es un ejemplo de este avance constante de las nuevas técnicas agrícolas, en detrimento de otras como son los molinos de agua, y aunque algunos de ellos todavía continúan moliendo, como es el caso de los situados en Prado, otros no han corrido la misma suerte y han sido devorados por la maleza del lugar. Sin embargo, sus molineros no olvidan el oficio que aprendieron tiempo atrás y aunque la mayoría de ellos carga ya con muchos años a sus espaldas, no han olvidado los trucos para obtener una harina de calidad.
Ildefonso Jácome, vecino de Vilanova, a sus 82 años revive sin problema su juventud, cuando trabajó como molinero, una profesión que aprendió de su padre, Eduardo, del que también tomaría el oficio de carpintero, pues como él bien comenta, "só de muiñeiro non daba para vivir". Desde que era un benjamín, con tan sólo diez años, ya comenzó a contribuir en las tareas del molido del grano. Lo hizo en primer lugar en A Xesta para luego trasladarse hasta Catasós, en el río Asneiro, en la zona conocida como Pozo Negro. Ildefonso recuerda que "aos muiños viña xente de lonxe. Viñan de Sanguiñedo, de Abeleda... e traían os sacos de millo e centeo, que era o que máis se moía daquela, na besta ou no carro". Pero no solo molía sino que "teño reparado as pedras de varios muíños da zona, como as do Pazo de Liñares". Este molinero confiesa, además, que "máis dunha vez teño pasado a noite enteira no muiño, sobre todo no verán cando o río levaba pouca auga e había moito que moer".
En cambio, Belisario Fariñas, de Carracedo (Soutolongo), durante los tres años que trabajó como molinero en Mouriscade, hace ya más de 15, nunca tuvo que prolongar su jornada hasta la noche. Al igual que Antonio Costa, a quien de nuevo su oficio le viene de mano de su padre, y que acudió durante 4 años a los Muíños de Cuiña, en Prado, quien coincide con los demás molineros en que el secreto suele estar en una buena materia prima, pero es fundamental que "a roda estea ben picadiña e ben asentada, para que se faga despois un bo pan. Ademais, a pedra ten que ser francesa ou portuguesa, a que temos aquí non serve". Armando Penalta, su sucesor en el puesto añade que "cando a roda está recén picada non é cando mellor estroza o gran ao igual que cando xa está cega, a clave está no punto intermedio". Como molinero, el secreto no sólo está en el molino, sino que reside en conocer lo que la gente quiere, tal y como asegura Armando: "Hai quen prefire cantidade fronte a calidade e ao revés, e hai variedades específicas como cando che piden "á de mosca" para explicarche que queren o trigo ben escascadiño".
Aunque hace ya muchos años que todos ellos dejaron de moler, en este caso, el agua pasada sí moverá de nuevo las ruedas del recuerdo de estos molineros el próximo sábado en Doade.