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ANA CELA - A ESTRADA
Tomar las riendas de una comisión de fiestas no es nunca una tarea fácil. La colaboración no abunda y las críticas no faltan. Exige hacer peripecias para recabar fondos y costear un cartel de fiestas que nace sabiendo que le será difícil ser del gusto de todos. Siempre surgirán voces dispuestas, al menos desde la barrera, a mejorarlo. Cuando se habla de celebraciones patronales uno acostumbra a echar la vista atrás y, sin remedio, se descubre pronunciando las míticas palabras: “esas sí que eran buenas fiestas”, echándose años encima tan pronto como pone punto en boca. Las imágenes antiguas y la buena memoria de los estradenses que han vivido bastantes primaveras abren la puerta para que las actuales generaciones descubran cómo se vivía hace años la celebración del San Paio, las fiestas patronales de A Estrada. Las actuaciones estelares que se buscan hoy día encuentran su antecedente en corridas de toros, carreras de burros y en días de junio en los que los estradenses elegían a su “reina del baile”, a la por todos aplaudida como reina de las fiestas.
Según explican quienes lo recuerdan, hubo años en los que los gremios profesionales –construcción, madera o comercio, por ejemplo– se encargaban de la organización de las fiestas. Cederían después el testigo a las comisiones vecinales. Unos y otros debían ingeniárselas para proponer a los vecinos variadas actividades para disfrutar al máximo de estos días de alegría. Así, durante algunos años fue costumbre por el San Paio elegir a la reina de las fiestas, tal y como ocurría con la Festa do Salmón. La muchacha en cuestión se convertía en todo un emblema de los festejos y presidía la denominada “Batalla de las flores”. Las calles principales de la localidad se engalanaban como lo hacen ahora para recibir a las vistosas carrozas creadas para esta ocasión, desde las que se lanzaba toda clase de papeluchos y confeti de colores. Cada una de las carrozas era más vistosa que la anterior y a todas las tocaba lucir en esta cita. En una de ellas la reina disfrutaba de su efímero “mandato”.
Si la comisión de fiestas lo creía conveniente, A Estrada contaba durante esos días de fiesta con su particular “Maestranza”. Una plaza de toros, provisional pero muy digna, se habilitaba junto al consistorio y en su interior se ensalzaba la tradición taurina, entre ole y ole. Como ejemplo, aunque estas corridas de toros ya se habían iniciado con anterioridad, el 28 de junio de 1969 “cuatro hermosos novillos cuyas defensas no han sido despuntadas, cortadas, limadas ni sometidas a manipulaciones fraudulentas –así rezaba el cartel de la tarde– salieron a la plaza estradense, que vibró ese día con el arte de Julio Robles, entre otros maestros vestidos con su traje de luces. La plaza en cuestión era móvil, pero con todas las de la ley. Ver los toros desde la barrera costaba por aquel entonces 125 pesetas a la sombra y 100 al sol. La contrabarrera abarataba la localidad a 100 y 75 pesetas y existían también entradas más económicas, que permitían disfrutar de la faena por 35 pesetas. Algún vecino explicó que los animales eran retirados de la plaza por una camioneta de gaseosas. La carne de toro podía después adquirirse en establecimientos de la villa.
En burro
Otro de los clásicos durante el San Paio eran las carreras de burros, una antigua iniciativa que se conservó durante años. De nuevo la calle principal de la localidad –hoy día sería la rúa Calvo Sotelo– se convertía en improvisado recinto de carreras. Los participantes tenían que ingeniárselas para que el animal sacase toda su sed de velocidad y llegase el primero a la meta. Incluso hay quien dice que alguno se reservaba en la manga variados trucos para azuzar al borrico, mientras otros trataban de animar su paso colocándole una zanahoria prendida a una caña para que, al verla delante, el animal sintiese ganas de avanzar. El caso es que, de un modo u otro, la calle se convertía como ahora en un hervidero de actividad. Música, deporte y variadas propuestas para que grandes y pequeños se sumasen a la fiesta.
Días de bandas, comuniones y ruletas de barquillos
Las ruletas de barquillos fueron durante años otra tradición que muchos aguardaban encontrar en las fiestas patronales. Se trataba de una simple apuesta a un número que siempre tenía premio. Si el jugador tenía a la suerte de su lado, podía desfilar por las calles con una torre de sabrosa gallega. Encontraría a su paso la música que durante estos días se dejaba escuchar en cada rincón de la villa de la mano de numerosas bandas. Sin perder nunca de vista las tradicionales procesiones con las que A Estrada honra a su patrón, la festividad de San Paio era el momento que muchos padres escogían para que sus hijos hiciesen la Primera Comunión, de modo que era frecuente que la procesión estuviese animada por un elevadísimo número de los siempre especiales trajes que niños y niñas lucían en ese día.
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