MANUEL MÉNDEZ - O GROVE
Antonio Fraga, "Tucho", es uno de esos hombres de mar que sufren en carne propia las terribles consecuencias de los vientos huracanados que el jueves de madrugada arrasaron O Salnés y Ullán. Es uno de esos mejilloneros que vieron cómo su trabajo se perdía en un par de horas. Su batea fue arrasada por el fuerte oleaje y acabó sobre la playa de As Pipas, totalmente destrozada.
– Usted es uno de los damnificados del fuerte temporal de viento... ¿Qué ocurrió?
– Pues que fue un temporal de locura. Hizo que la batea se soltara (del muerto en el que estaba amarrada, en el polígono Grove C4) y la corriente la arrastró de un lado a otro, la golpeó contra las rocas y acabó tirando los restos en la playa de As Pipas.
– ¿Puede aprovechar algo de su parque o es de esos que ya no sirven para nada?
– Está completamente inutilizada. El mar la reventó por completo contra las rocas y lo único que envió a tierra fue un amasijo de madera.
– ¿En cuánto estima las pérdidas? ¿Perdió sólo la batea o la tenía cargada de mejillón?
– Lo perdí todo, tanto la batea como las cerca de 450 cuerdas que tenía en ella, prácticamente la mitad con mejillón listo para servir al mercado, quizás en Semana Santa, y la otra mitad reservada para más adelante. El mar golpeó la batea con tanta fuerza que además de reventarla limpió completamente las cuerdas y dejó los bidones (flotadores) sin el poliéster y llenos de agujeros. Calculo que las pérdidas por el mejillón pueden rondar los 20.000 euros, y en cuanto a la batea, no me queda más remedio que hacer otra completamente nueva y creo que cuestan entre 40.000 y 50.000 euros. Además no sólo pierdo ahora, sino que después de colocar la nueva batea tengo que esperar hasta tener de nuevo producción con la que empezar a obtener ingresos. Esta situación es terrible, porque pierdo tanto el trabajo realizado durante el último año como la fuente de ingresos de la que vivo hasta dentro de, al menos, un año y medio.
– ¿La batea es suya o compartida?
– Esta es mía, aunque la trabajo con mi cuñado, mi hermano y mi padre.
– ¿Y ahora qué? ¿Se hace cargo el seguro o tiene que desembolsar usted todo el dinero para construir el nuevo vivero?
– Los seguros pagan como cuando hay un siniestro con los coches, por la fecha de matriculación. En este caso pagan dependiendo de la edad de la batea, pero lo que puede corresponderme no llega para nada, pues ya era vieja. No me queda otro remedio que volver a hipotecarme hasta las orejas, cerrar los ojos y tratar de salir adelante.
– ¿Ha pensado en dejar la actividad mejillonera?
– No me lo planteo porque vivimos de este sector, aunque sea malamente. Tengo 43 años y llevo desde los 23 en la batea, por eso debo seguir adelante como sea. Tengo dos hijos, él estudiando en Pontevedra y ella, en A Coruña. Tengo una familia que mantener y no queda más remedio que tratar de salir del pozo.
– No parece sencillo tal y como está el sector productor.
– No lo es. Efectivamente, el sector ya está mal desde hace mucho tiempo, pero ahora esto me arruina por completo. Pero hay que agarrarse a la vela mientras haya viento.
– Se le ve muy afectado...
– Y lo estoy. Cuando vi lo sucedido se me cayó el alma al suelo.