MANUEL MÉNDEZ CAMBADOS / CATOIRA
Desde hace medio siglo Cambados y Catoira comparten el protagonismo absoluto del primer domingo de agosto, en el primer caso con la Festa do Albariño y en el segundo, con la Romaría Vikinga.
Son dos acontecimientos totalmente diferentes, pero a la vez muy similares, que este año, además, se prestan a un juego muy entretenido, como es el de analizar su tirón desde el punto de vista político.
Tradicionalmente la Festa do Albariño está capitalizada por el PP, quizás por el papel que desempeñó Manuel Fraga para elevarla a los altares de los acontecimientos sociales. La presencia de Mariano Rajoy, Alberto Núñez Feijóo, Rafael Louzán, el propio Fraga, cuatro conselleiros y otros líderes conservadores en la celebración de ayer no es casual, como tampoco la asistencia de prácticamente todos los alcaldes y concejales populares no sólo de la comarca, sino de casi toda la provincia.
Por el contrario, en la Romaría Vikinga suele estar presente el alcalde, el socialista Alberto García, y poco más. Pero lo de ayer fue diferente, ya que por primera vez un ministro se desplazó a la villa catoirense. Fue el de Fomento, José Blanco, flanqueado por Manuel Vázquez, Antón Louro, Modesto Pose, Delfín Fernández Álvarez, Joaquín Gago, Jesús Paz y otros pesos pesados del socialismo.
Las notas discordantes las pusieron el portavoz del PP de Catoira, que asistió a la recepción a Blanco, aunque luego desapareció de escena, y la alcaldesa de Vilagarcía, la socialista Dolores García, que se fue de comilona a la Albariña.
Llegados a este extremo la comparación, aunque odiosa, es inevitable. En un lado los conservadores, y en el otro los socialistas. En Cambados los rigores del protocolo, la ceremonia solemne de investidura de Damas y Caballeros, los desfiles protocolarios del Capítulo Serenísimo... En Catoira la improvisación propia de una recepción de autoridades que debuta en programa.
En la villa del albariño priman los trajes de gala, las corbatas, el vestido largo y los zapatos recién estrenados o, al menos, bien limpios. En la catoirense lo que manda son los pantalones vaqueros o cortos, los polos –más o menos pijos–, zapatos de trote y camisas informales.
En un caso el vino dominante es el blanco, ese albariño con tonos amarillentos y casi anaranjados, como los que ahora diferencian al PP. En el otro caso lo que manda es el tinto, ese vino del Ulla rojo intenso, como el que tanto agrada a los socialistas.
Una es fiesta de interés turístico nacional, la otra tiene el rango de internacional. En Cambados la comida oficial es en Pazo Torrado, con buen servicio y cientos de invitados. En Catoira la comitiva política, de apenas veinte personas, comió en una de esas pulperías que se instalan en cualquier feria.
Son muchas las diferencias y similitudes entre una y otra fiesta, pero no cabe duda de que, independientemente de quién las capitalice políticamente, son dos acontecimientos que convierten a la comarca de O Salnés y al territorio Ullán en el punto de referencia obligado, y eso es bueno para todos, tanto para socialistas como para conservadores.
Y por cierto, que José Blanco dice que no acudió a la Albariña "porque no me invitaron". Eso si, estudiar ir este año a la Festa do Marisco, y el que viene, de nuevo en Catoira.