Mientras para Hollywood y la casi totalidad de los medios de comunicación españoles los únicos candidatos a la presidencia de EE UU son Obama y Hillary, la realidad es que quien mayores posibilidades tiene de ganar las elecciones de noviembre próximo es, créanme, John McCain. El sorprendente vacío informativo que en España se suele dispensar a los republicanos suele generar en nuestra opinión pública una percepción completamente alejada de la realidad. Así sucedió en 2000 cuando un Bush aquí desconocido se impuso al mega-mesías medioambientalista Al Gore, después de merendárselo sin remisión en los debates cara a cara que tuvieron antes de las elecciones. Y volvió a pasar en 2004 con Irak ya de por medio. La prensa española, Tom Hanks, Springs-teen, Serrat y ZP ni siquiera barajaban remotamente la posibilidad de que un supuesto cenutrio como Bush derrotara al hiper-pacifista Kerry. Y nanay del Paraguay. Bye-bye Kerry.
Algo parecido sucede ahora. Por mucho que los actores de Hollywood, los únicos representantes de la sociedad norteamericana cuya opinión importa a la prensa española, ofrezcan una imagen apocalíptica de la gestión de Bush, lo cierto es que una importante mayoría de americanos aprueba la gestión de su presidente. No son ajenos al hecho de que EE UU ha tenido, durante su presidencia, un crecimiento económico notablemente superior al de la Unión Europea y Japón, ha creado mucho más empleo que sus rivales económicos, ha sabido rehacerse del mazazo moral que supusieron los atentados del 11-S y ha abortado cualquier intento de ataque terrorista en su territorio en una época en la que la seguridad nacional es la máxima prioridad para sus ciudadanos. Y no sólo eso: un muy significativo porcentaje de americanos considera que la intervención en Irak era necesaria y aprueban la actual política de incremento de efectivos que decretó el presidente tras la desaparición de la escena política de Rumsfeld. McCain se presenta, en este contexto, como el candidato continuista. Su manera de hablar pausada, ajena a cualquier crispación, incluso su acento sureño y su discurso directo a la conciencia de los americanos recuerdan mucho al Bush de los mejores tiempos. Como el actual presidente de los EE UU, McCain considera que Occidente está en guerra contra el extremismo islámico y hace de la seguridad nacional su máxima prioridad y de la doctrina del ataque preventivo una de sus estrategias clave en política exterior. En tanto que veterano de guerra con demostrada capacidad de mando y laureada trayectoria, se considera -y así lo ha repetido en todos los debates que se han producido a lo largo de las primarias- más capacitado que cualquiera de sus rivales para ser Comandante en Jefe del ejército americano en estos tiempos difíciles. Él fue el único que criticó el despliegue americano en Irak, pero no por exceso, sino por defecto: era partidario de enviar un contingente mucho más importante para no dar tregua a la insurgencia. El tiempo le ha dado la razón y ningún republicano se atreve a rebatirle argumento alguno sobre el tema. Si llega a presidente, las tropas americanas van a seguir en Irak. Dos frases resumen su visión: "la fecha de retirada que reclaman los demócratas es la fecha de la rendición americana" y "cuando he estado en Irak, lo único que me decían los soldados americanos es: let us win (dejadnos ganar)". A quienes comparan Irak con Vietnam, McCain les recuerda que el ejército americano, del que él formaba parte por entonces, no perdió una sola batalla en Vietnam y que aquella guerra la perdió la opinión pública del país cuando consiguió que el ejército volviera a casa.
Por lo demás, su discurso combina elementos tradicionales del mensaje republicano con ideas innovadoras que suscitan cierta desconfianza en los sectores más ortodoxos del partido. Así, sus recetas económicas son típicamente conservadoras: déficit cero, prohibición tajante de cualquier subida de impuestos, reforma del sistema de cobertura sanitaria combinando pólizas privadas con desgravaciones fiscales o lucha contra la burocracia y contra el monopolio de la industria farmacéutica. En cambio, ha sido muy crítico con el uso de cualquier trato denigrante para los prisioneros en cárceles militares americanas, ha propugnado medidas muy favorables para los 12 millones de inmigrantes ilegales que residen en el país y se ha mostrado partidario de potenciar el uso de energías alternativas, tanto para reducir las emisiones de CO2 como para paliar la preocupante dependencia del petróleo extranjero que tiene el país.
De momento, ha salido airoso de todos los debates en los que ha participado y lo ha hecho frente a rivales de la entidad de Giuliani, Romney (que sería un vicepresidente fabuloso) o Huckabee. A la espera de quién vaya a ser su contrincante en las filas demócratas, las expectativas de McCain son máximas. Si McCain es el viejo militar patriota, viva imagen del conservador bondadoso y fiel a sus ideales a quien uno le confiaría la educación de sus hijos, Hillary ha mostrado su vertiente más camaleónica durante la campaña, adaptando su discurso a lo que su electorado quería escuchar. Sus dudas en temas fundamentales como seguridad nacional o política impositiva han reforzado a Obama, mucho más coherente en sus políticas de clara esencia demócrata, que me temo no resistirán el ataque de un bisonte blanco en forma de McCain.