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Un caracol francés (I)

 
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José Luis Alvite

Se llamaba Trini, estaba más cerca de los cuarenta que de los treinta y había venido desde Francia rastreando el paradero de su padre, un viejo minero leonés jubilado que vivía en un asilo compostelano. Un aviso de socorro radiado a través de Radio Nacional de España había puesto a la chica sobre la pista, sí que tomó en Marsella el avión que la trajo a Compostela con escala en Madrid. Encargado de aquel reportaje, acudí a recibirla a Lavacolla, la bajé en mi coche a la ciudad y fui su acompañante en el emocionante reencuentro con su padre. Mientras conducía atento a la carretera, me sentí como si transportase contrabando y pensé que no me había ocurrido en mucho tiempo una mujer como aquella en el rabillo del ojo. En el apasionado revuelo que se organizó en el asilo, la mitad de los besos de Trini acabaron en mi cara, salvo uno, que casi me lo bebí, y aquello hizo que me sintiese tan involucrado que estuve tentado de llamarle papá a aquel señor que me miraba como tratando de deducir de mi rostro las facciones de sus nietos. Entonces me pareció que aquella chica se estaba dando cuenta de que mi boca sólo tenía ojos para sus labios. Mientras su padre recuperaba el resuello, ella se abrazó a mi con una mezcla de gratitud y abatimiento. Al apartarle el pelo de los ojos para limpiarle las lágrimas, volvió la cabeza y me besó la mano. Fue un beso húmedo, carnoso y resbaladizo como un caracol criado en las pegadizas ingles de un pulpo masturbado. Me excitó mucho sentir entre los brazos el calor carnal y fortuito de una mujer que al instante me pareció que olía como si se hubiese perfumado con la humedad de un pajar. A media tarde apalabré para ella una habitación en un hostal, le ayudé con el equipaje, me despedí y regresé al periódico para despachar mi trabajo. Antes de entregar el texto, telefoneé al hostal y después de interesarme por el estado de sus emociones, acepté leerle un par de párrafos. Sólo pronunció un suave jadeo, que a mi me pareció el jadeo de un abanico forrado con la blonda de unas bragas y quedó en silencio. "¿Sigues ahí?", pregunté. Reaccionó: "Verás... ignoro tu vida y no quiero comprometerte, pero me pregunto si te importaría tomar una copa conmigo esta noche... Lo ocurrido... verás, no suelo comportarme como lo hice antes... ya sabes, aquel beso en la mano... el abrazo... estaba aturdida y no quiero que te lleves de mi la impresión de que soy una fresca que acabe de bajarse borracha de un tiovivo... ¿Por qué no traes una copia del reportaje y le echamos un vistazo?.. si no tienes cualquier otro compromiso, claro...". Miré el reloj sin soltar el teléfono. Diez y media de la noche. Salvo que me surgiese un viaje a la Luna, aquella chica y su saliva eran lo mejor que podía ocurrirme, un premio que me cayese en el bolsillo sin necesidad de haber apostado. "No te preocupes, Trini. Tú eres ahora mismo lo único por lo que valdría la pena el riesgo de equivocarse. ¿Sabes que el látex de tu saliva casi me ha embalsamado la mano? ... Veamos, son ahora las diez y media. ¿qué tal si paso a recogerte a las diez y cuarto?". "¿Tan rápido eres?". "Quiero ganar el tiempo que perdí por no haberte conocido antes". "Me arreglo en un instante. Sólo pasarme un peine, aguar la cara y retocarme los ojos. No me convertiré en una diosa, pero tampoco pareceré una campesina. Crezco dos centímetros con el agua del lavabo, ¿sabes?... aunque creo que la emoción me ha echado sobre la cara la piel de mi madre". "Estás bien así. El dolor y sinceridad hacen que incluso resulte hermosa ese cierta sensación de abandono que producen en algunas mujeres las emociones más descarnadas". "¿Quince minutos?". "Quince". "Iré vestida como me conociste". "Como se merece un tipo al que las prisas del periodismo no le ha dejado esta tarde en las manos ni tiempo ni sitio para las flores"... "Espero no decepcionarte". "No importa, amiga mía. No permitiremos que la intimidad nos impida conservar el encanto de seguir siendo el uno un extraño para el otro". "La verdad es que ni siquiera recuerdo tu nombre"... "Tampoco eso importa mucho. Así, ocurra lo que ocurra, en el peor de los casos sólo tendremos que olvidar el tuyo"..."Gracias"... "Pasan cinco minutos de las diez y media. Cuelga el teléfono. Si seguimos hablando, nos va a pillar separados el entierro de tu padre"...

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