La celebración excesiva de cualquier cosa, bebiendo y aturdiéndose bajo una música estrepitosa hasta el amanecer, le ha restado aliciente a la noche de fin de año, que ya no se distingue de cualquier noche de fin de semana, excepto en que la gente sale a la calle más arreglada y bastantes mujeres van forradas de lencería de color rojo, una costumbre importada a la que se le atribuye la virtud de atraer la buena suerte. En mi juventud primera (ahora todos somos jóvenes en diversos grados hasta que nos morimos de puro viejos), la noche de fin de año representaba la oportunidad excepcional de pasarse la noche en blanco con autorización paterna. Entonces, la noche era un territorio inexplorado para el común de los ciudadanos, excepto periodistas, panaderos, reposteros, serenos, prostitutas, cabareteras y personal de las casas de socorro. Sumergirse en la oscuridad propiciaba ensoñaciones de aventura y placer, porque cualquier cosa podría suceder aunque casi nunca sucedía nada, salvo alguna pelea entre borrachos. Recuerdo aquellas lejanas noches de entrada y salida del año con un vago dolor de cabeza, como el que se restablece de una resaca. Los mozos íbamos desesperados de un sitio a otro, de bar en bar y de baile en baile, esperando recuperar una animación que iba decayendo poco a poco, y al final mitigábamos nuestra decepción con un chocolate con churros. Luego, procurábamos llegar a casa antes del amanecer para no disolvernos en polvo, como dicen que les pasaba a los vampiros cuando llegaba la luz del nuevo día. Hablo de estas y otras remembranzas con amigos y parientes mientras aguardamos que den las doce campanadas en el reló de la madrileña Puerta del Sol y tomar las dichosas doce uvas. Una tradición relativamente reciente porque fue instaurada en 1910 para dar salida a una cosecha excesiva de ese producto agrícola (imagino que con la moda de las bragas rojas habrá pasado algo parecido). Alguien de la reunión se acordó, no sin ironía, de la locura provocada por la celebración del fin de año del 2000 que algunos quisieron hacer coincidir con el final del segundo milenio cuando lo propio era conmemorarlo al año siguiente. Las agencias de turismo más avispadas organizaron unos viajes carísimos para que unos idiotas privilegiados tomasen los primeros rayos de sol del nuevo milenio antes que nadie. Y los gobiernos, contagiados de la psicosis apocalíptica, adoptaron medidas para evitar que los ordenadores enloquecieran provocando una crisis económica y militar de consecuencias irreparables. Incluso llegó a temerse que los misiles nucleares se disparasen solos al llegar la medianoche. En España, el gobierno del PP dispuso un retén en todas las administraciones públicas para prevenir el caos informatico, y el ministro de Obras Publicas, señor Álvarez Cascos, se hizo unas fotos tomando las uvas con el personal de su departamento, atribuyéndose el mérito de la alerta. También por aquellas fechas, algunos intelectuales orgánicos profetizaron solemnemente la llegada de un siglo feliz y duraderamente próspero bajo el imperio de la "Pax americana". Vivimos de ilusiones.