Tras quince años de ejercicio como Don Manuel I, el ex monarca gallego Fraga ha vuelto a ponerse de lo más Iribarne con una inesperada tanda de elogios al régimen del general Franco. Dice Iribarne que el Caudillo sentó las bases de una España "con más orden" y hasta llega a compararlo indirectamente a Napoleón en una muy comentada entrevista que publicó días atrás este periódico.
Esto ha de ser cosa de los secos aires de la sierra de Madrid, que suelen extremar el talante de los políticos con residencia en la capital. Apenas dos años después de irse a vivir a la Corte, el moderado Fraga que ejercía de autonomista en Compostela parece haberse dejado abducir por el ambiente hasta el punto de que sus últimas declaraciones recuerden el casi olvidado perfil del ex ministro franquista.
Algo similar, si bien a la inversa, le había ocurrido cuando se sentó en el trono de Galicia a principios de la década de los noventa. El severo gobernante al que Franco llamaba siempre por su segundo apellido -el vascofrancés Iribarne- no tardó en adaptar su carácter al de las gentes de este pequeño país de lluvia y calma donde todas las verdades son relativas.
El antiguo ministro de la dictadura se transformó poco después de su llegada a Galicia en un firme adalid del Estado de las autonomías para el que teorizaría conceptos tan novedosos como el de la "autoidentificación" o el de la "Administración Única". Y no sólo eso. A sus teorías casi federalistas de gobierno añadió también la práctica de una política de asuntos exteriores más bien sorprendente que le llevó a desafiar el bloqueo a la Cuba de Fidel Castro -con el que trabó algo muy parecido a la amistad- y a girar visitas a la Libia de Gaddafi y al Irán de los ayatolaes.
Franco pasó al armario -de donde ahora ha vuelto a sacarlo- durante los quince largos años que duró la dinastía de Don Manuel I en Galicia. Se conoce que el ambiente apacible del país y la necesidad de ocuparse en los trabajos de restauración de un Reino alejaron a Fraga de su viejo pasado donde todo -incluso las imágenes- era blanco o negro. Sus adversarios acabaron por notar la mudanza hasta el punto de que su otrora irreconciliable enemigo Xosé Manuel Beiras llegase a establecer con él un fluido diálogo en el que ambos intercambiaron erudición y almuerzos.
Infelizmente, el retorno a Madrid, con sus crispaciones y asperezas, parece haberle devuelto a Fraga su cara Iribarne siquiera sea de modo transitorio. No de otro modo se entiende ese innecesario y sobre todo extemporáneo elogio a Franco, dictador al que no le cuadra demasiado la comparanza con Napoleón -un autócrata liberal, a fin de cuentas-, sino más bien la de los que en vida fueron sus aliados Hitler y Mussolini.
No encaja tampoco su defensa -todo lo matizada que se quiera- del franquismo con el perfil ideológico de Fraga. El anterior presidente de la Xunta es, después de todo, un conservador clásico que sólo en sus momentos más Iribarne podría ser calificado de ultraconservador. Una ideología, la conservadora, que difícilmente puede conciliarse con un movimiento de suyo revolucionario y extremista como el fascismo.
Aún resulta más difícil de entender esa tardía alabanza al Caudillo si se tiene en cuenta que fue precisamente Fraga quien hizo bajar del monte a la asilvestrada extrema derecha española para llevarla -de mejor o peor grado- al redil de las instituciones democráticas. Sólo razones ambientales ligadas al habitual clima de exasperación de la Corte ayudan a explicar este raro arrebato Iribarne tan impropio del Don Manuel que durante los últimos años ocupó el trono de Galicia.
Confiesa Fraga en la antes mentada entrevista que últimamente viene "poco" por aquí. Leídas sus últimas opiniones, tal vez debiera visitar con más frecuencia el que fue su reino. Los sosegados aires de las rías hacen milagros.