A veces el temporal del Oeste empieza a llegar como un gas, que se difunde en la mañana clara y rubia, y va apagando poco a poco sus colores, hasta imponer los grises. Si uno está en casa, encapsulado en la calefacción, y no percibe al tacto que el terciopelo ha cambiado de sentido, puede advertir la llegada del gas en una simple turbiedad de la atmósfera, que aún reluce pero ha perdido tersura, transparencia. Otro modo de verlo, desde detrás de la ventana, es por el vuelo de los pájaros, que incluso a veces mudan la traza del vuelo antes de que llegue el gas. Un amigo, en esos trances, comienza a ver en azul: cualquier azul que exista destaca en el paisaje, y su mirada -dice- puede saltar de uno a otro sin buscar los peldaños. Desde esos anuncios luego pasa un tiempo hasta que aparecen los paraguas en la calle, como cangrejos ermitaños, cada cual con su bichito.