Don Miguel de Cervantes Saavedra, que era un hombre irónico y discreto, inició su Don Quijote con unas palabras que luego se hicieron famosas y universalmente conocidas. "En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme..." dejó escrito. Cuando éramos escolares, y nos iniciábamos en la estimulante disciplina de leer, creímos que ese olvido deliberado se debía a alguna clase de ojeriza, o a una mala experiencia del autor en el anónimo lugar de referencia, porque ya es sabido que el bueno de Cervantes sufrió no pocas penalidades. Pero, pasado el tiempo, supimos que se trataba de un ingenioso juego de ocultación -uno de los muchos que puso en practica- al que uno de sus mejores estudiosos, Martín de Riquer, denominó, de forma muy atinada, como "vaguedad consciente". La broma de Cervantes ha dado lugar a numerosas disputas entre eruditos y aún hoy en día se discute fieramente si el innominado lugar es éste o aquel otro, o se encuentra cerca de ésta o aquella localidad, tomando como referencia para la especulación una frase, una alusión o algún otro detalle del texto. Lo más probable es que todos los disputantes tengan una parte de razón, porque los pueblos manchegos son parecidos entre sí y tienen rasgos comunes. No obstante, parece lógico concluir que la sabiduría de Cervantes y el conocimiento que tenía del carácter hispano le llevase a evitar rencillas entre vecinos, ya que la pasión localista llevada al extremo produce episodios como el que el mismo describe en la graciosa aventura del rebuzno, donde dos pueblos casi llegan a las armas por la supuesta habilidad de unos en rebuznar y la de los otros en burlarse de ellos haciendo lo mismo. Y así, con la misma prudencia que nos muestra Cervantes, deberíamos obrar todos los que nos dedicamos a escribir evitando dar detalles innecesarios. Viene esto a cuento de lo que me ocurrió recientemente en un lugar del Morrazo a donde había acudido a comer con unos amigos a un restaurante donde guisan muy bien el pescado y fríen las cariocas de maravilla. De vuelta de esa expedición, caí en el error de mencionar el nombre del establecimiento en una crónica publicada en este mismo periódico. No debería haberlo hecho, ni siquiera para elogiarlo, porque días después se personaron en el mismo local dos parejas que pidieron también cariocas fritas. Concluido el almuerzo, y tras felicitar al dueño por lo ricas y frescas que estaban, los dos hombres se identificaron como inspectores de pesca y le recordaron que la carioca fresca (una merluza en trance de crecimiento) es un manjar prohibido por la ley, conminándole, muy a su pesar, a que dejara de servirlas bajo apercibimiento de multa. Siento en el alma haber sido responsable involuntario de este episodio gastronómico-administrativo. Si hubiese procedido con la cautela cervantina, nada hubiera ocurrido y quizás aún podría repetir en el mismo lugar el nefando crimen de comer de lo prohibido. Por cierto , ese lugar del Morrazo, donde fríen tan bién las cariocas, y de cuyo nombre no quiero acordarme, es un hermoso pueblo situado al borde del mar. Hay varios de esas características en la comarca, y si lo digo es para que cada cual se entretenga haciendo las oportunas deducciones. Incluidos los inspectores de pesca.