ANXEL VENCE
Por una vez -aunque no sirva de precedente- las izquierdas y las derechas gallegas acaban de coincidir en algo; y ese algo consiste en que el gobierno autónomo asuma el mando de los principales sistemas de transporte de Galicia.
Los nacionalistas quieren trenes con denominación (y gestión) de origen gallego, en tanto que los conservadores del Partido Popular proponen el traspaso de las autopistas a la Xunta. El caso es que la nación de Breogán marche a toda pastilla por sus propias carreteras y caminos de hierro.
La idea de una Renfe a la gallega ha partido del diputado del Bloque en el Congreso Francisco Rodríguez, quien aludió días atrás a la posibilidad de fundar una compañía autóctona de "servicios ferroviarios" en el caso de que el Gobierno incumpla sus promesas sobre el tren de alta velocidad para Galicia.
Es de suponer que el proyecto, todavía muy vago, se inspire en el "Eusko Tren" del Gobierno Vasco o acaso en el modelo de los Ferrocarrils de la Generalitat de Catalunya. El primero explota unos 180 kilómetros de raíles de vía estrecha dentro del territorio de la actual Comunidad Autónoma Vasca, mientras que en el ejemplo catalán se trata de una red destinada a cubrir básicamente el área metropolitana de Barcelona. Tanto el uno como el otro proporcionan el servicio ferroviario que se conoce con el nombre de "cercanías", probablemente muy útil para darle fluidez a las comunicaciones entre la Galicia atlántica y la interior.
Socialista y por tanto colectivista como se supone que es el actual gobierno galaico de coalición, a nadie sorprenderá su propósito de crear una empresa pública para la gestión autónoma del ferrocarril.
Seguramente ya ha de resultar algo más extraño que los conservadores reclamen también una suerte de "nacionalización" de las autopistas galaicas, dado el espíritu liberal que se le presume a su partido.
Bien es verdad que algunas de ellas -como la de A Coruña-Carballo o la de Vigo a Baiona- fueron construidas en tiempos de Don Manuel I y siguen bajo la titularidad de la Xunta. Pero lo que el líder de la oposición conservadora Alberto Núñez Feijóo propone es la transferencia al Gobierno gallego de la Autopista del Atlántico y la que en su día discurrirá entre Santiago y Ourense.
Aduce Feijóo que la gestión autonómica de estas autopistas propiciaría una rebaja de los peajes, y difícilmente se podrá objetar nada a tan benemérito propósito. Lo que parece un tanto contradictorio -y no sólo desde el punto de vista de la ideología- es que los conservadores pretendan recuperar ahora para la Xunta la Autopista del Atlántico tras reprivatizarla con un alargamiento de la concesión cuando estaban al frente del gobierno.
Como quiera que sea, nadie está libre de contradicciones. El transporte urbano de las principales ciudades gallegas, por poner un ejemplo, viene siendo gestionado desde hace bastantes años por manos privadas. Y en el caso de Vigo -por poner otro- han pasado por la alcaldía políticos nacionalistas y socialdemócratas sin que a ninguno de ellos se le ocurriese, ni de lejos, devolver a la titularidad pública esas líneas de autobuses. Una cosa es predicar la teoría de que las empresas del Estado funcionan mejor que las particulares y otra muy distinta llevar a la práctica tan singular idea.
Por la misma razón ha de extrañar forzosamente que un partido de ideas económicas liberales -como se supone que es el Popular- demande el traspaso a los poderes públicos autonómicos de una autopista cuya concesión alargó mientras gobernaba.
Se conoce, en fin, que a la hora de reclamar nuevos y mayores poderes para el Reino de Galicia -o cualquier otro-, los tradicionales conceptos de izquierda y derecha tienden a diluirse como un azucarcillo en el agua. Ya que no podemos gobernar la economía del país, disfrutemos al menos de trenes y autopistas enxebres. Algo es algo.
anxel@arrakis.es