JOSÉ LUIS ALVITE
Conviene no llamarse a engaño. El encanto de la Mafia es puramente plástico. Privados de su esquemática vistosidad artística y de la ambigua visión moral que de ellos nos da el cine, los tipos del hampa sólo serían sórdidos asesinos sin estilo, crueles e insensibles, aborrecibles sicarios distantes de la misericordia y de la ópera, en absoluto merecedores del aura romántico que tanto les favorece. Lo que en realidad nos agrada de ellos es su recreación, en la que el cine reviste la violencia de una fina capa de bohemia que los convierte en seres hasta cierto punto entrañables, a veces incluso en adorables perdedores o en tipos casi heroicos que desprecian la vida ajena tanto como la suya propia, de modo que se ven obligados a sobrevivir en un mundo tenso, maniqueo e implacable en el que si no eres el asesino o el enterrador, sólo puedes ser la víctima. Naturalmente, a los matones del hampa les favorecen mucho las frases que se les atribuyen y que ellos pronuncian con escepticismo y desgana, probablemente porque la maldad resulta más encomiable cuando va acompañada de una buena pronunciación. Los mafiosos del cine se dejan arrastrar por un odio lento que genera al mismo tiempo violencia y empaque, lo que ayuda a resolver la tensión con secuencias memorables en las que el derramamiento de sangre tiene algo de entrañable ceremonial de sobremesa o de lento derrame bautismal, como si el crimen obedeciese a una calma profiláctica, casi como si, a fin de cuentas, en la liturgia del crimen la muerte sólo fuese el natural colofón de un sacramento. Son contados las películas del género en la que los mafiosos no acuden a escuchar ópera, algo difícil de creer si tenemos en cuenta que Capone, por ejemplo, era un perfecto iletrado a cuya sensibilidad auditiva sólo podría resultarle familiar y armoniosa la cera de los oídos. En "Erase una vez en América", la indulgencia estética y la redención de los asesinos la consigue Sergio Leone echando mano de una sublime banda sonora de Ennio Morricone que por momentos resulta casi gregoriana. Apenas sin darse cuenta, el espectador se siente cautivado por un ambiente en el que el odio resulta un ingrediente natural, y la muerte, su desenlace más lógico. Es como si el magnífico Morricone les diese a aquellos criminales la absolución fertilizando sus almas con el agua salpicada urbi et orbe con la batuta de la orquesta. Se cuentan con los dedos de una mano las buenas películas del género en las que el guión prevé siquiera una frase de la que se deduzca el imperio confitado de la virtud sobre el detritus moral del crimen. Sería un grave riesgo frente a las expectativas de la crítica especializada y nefasto para la taquilla, siempre más generosa con la insubordinación que con la obediencia. En la filmografía de Humphrey Bogart figuran algunas de las mejores películas del cine negro y cada vez que evocamos "Cayo Largo" o "El Halcón Maltés", "Tener y no tener", "El sueño eterno", "Callejón sin salida", "Casablanca" o "Más dura será la caída", inconscientemente pasamos de largo por el recuerdo de "En un lugar solitario". Y eso es así, amigo mío, porque si bien en la película de Nichoals Ray a Gloria Grahame le sienta como una "negligé" el gabán, lo inaceptable es que hay una secuencia en la que al desnudar su alma y meterse con fiebre en cama, a Bogart, ¿Oh, no, Dios!, a Bogart se le ve el pijama. El tipo duro del cine raras veces se cansa, jamás tiene sueño y, desde luego, la gabardina es el único pijama que se pone. Por eso a las mujeres les gustan los cinematográficos personajes del hampa, esos tipos transeúntes, cínicos y desencantados cuyos besos tienen el remordimiento en la saliva y la sien en los labios...