PEDRO DE SILVA
Cuando se acercan unas elecciones, el metal del poder se pone a vibrar, y transmite las ondas a los cuerpos, que entran en agitación histérica. Es normal y hasta saludable, pues los largos periodos de estabilidad acaban provocando una modorra angustiosa, y a veces llagas en el cuerpo. Cuando todo el mundo se pone nervioso, toma el relevo en el puente de mando el sistema mismo, que se ocupa de mantener las cosas en su sitio. El sistema es horrendo, desde luego, pero gracias a él las calles están limpias cada mañana, la gente cobra el sueldo en su día, los comercios abren a la hora, la ambulancia llega en pocos minutos, los niños corren para llegar a tiempo al colegio, los jubilados se reúnen en sus corros, la gente fija con sus gustos el precio de las cosas y podemos tener por Internet un buen amigo en Oklahoma o Bagdad. Los momentos de aparente caos son un aliviadero a tanta perfección.