De modo que, vistas las respuestas de una buena parte de la sociedad gallega -salvo los forofos, casi todos los demás han considerado el resultado de la "cumbre" de Monte Pío como un fracaso colectivo-, quizá no estuviere de más subrayar dos: la primera, del señor presidente Touriño, echándole la culpa al líder de la oposición; la segunda, de don Alberto Núñez, sugiriendo la posibilidad de otra reunión, sin fecha pero no necesariamente ad calendas graecas, como parece decidido por el lado socialista de la Xunta. Que, por cierto, da la impresión de estar relativamente cómodo con lo ocurrido.
Una parte de la doctrina cree imposible la hipótesis del líder del PPdeG, lo que parece indiscutible si se aceptan los motivos electorales como determinantes para la creación del mal clima que -dicen- contribuyó al batacazo. Y es que si los comicios de mayo, al fin y al cabo sólo locales, tienen sobre ascuas a medio mundo, los siguientes -generales- pondrán de los nervios al otro medio, obligando a retrasar cualquier reflexión serena. Lo malo de eso es que el ritmo electoral del país haría casi imposible hallar época propicia: tras las generales vienen las autonómicas y, si el ambiente no mejora, ahí puede "arder Troya".
Con semejante panorama, cualquiera con sentido común le daría una segunda lectura a cuanto expuso ayer el presidente del PPdeG, bastante más constructivo que el mensaje del de la Xunta, sobre la reapertura del diálogo "en cualquier momento". Por lo dicho y porque si es cierto que la cumbre del miércoles supuso -pese a todo- avances significativos, parece exigible que se les pida a sus actores un nuevo esfuerzo, aunque la teoría, la práctica y la alquimia digan que serviría para nada. Por una vez quizá no estuviere de más practicar la terquedad para entenderse, y no sólo para ampliar las brechas.
En todo caso, y como lo probable es que se abra ya la campaña local con el fuego cruzado de las culpas del fracaso, tampoco estorbaría solicitar que al menos se mantenga un espacio a cubierto de la artillería para después de mayo y antes de agosto. Dicen -todos- que el trabajo de la ponencia adelantó mucho -de alrededor de cien desacuerdos se pasó a poco más de treinta en una semana- en vísperas de la cumbre a pesar del clima reinante, y por tanto ha lugar el que, desde la lógica, se plantee como lo hizo el jefe de la oposición. Aunque sólo fuere para evitar que Galicia sea el bicho raro -también- de la reforma de los Estatutos.
Algunos observadores, y los forofos, acusan al presidente del PP de seguir mareando la perdiz para eludir supuestas responsabilidades, pero no está del todo claro que tenga la mayoría en lo ocurrido ni que, habida cuenta lo que está en juego, no valga la pena incluso correr el riesgo de que fuese así. Porque una cosa es absolutamente segura: si se suspende el diálogo será del todo imposible llegar a acuerdos, mientras que si hay puentes tendidos alguien podrá cruzarlos en algún momento. Y, en el peor de los casos, se sabrá mejor quién de verdad es el que no quiere hacerlo.
¿No?