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ÁSPERO Y SENTIMENTAL
 

El precio del humo

 
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Podría aplicársele a mi mecenas Manolo R. algo que entre los tipos del arroyo casa como si fuesen gentes del Arte. | JOSÉ LUIS ALVITE

JOSÉ LUIS ALVITE Podría aplicársele a mi mecenas Manolo R. algo que entre los tipos del arroyo casa como si fuesen gentes del Arte. Lo anoté hace unos cuantos años en una servilleta de papel mientras tomaba copas de madrugada en "La Dama del Lago", un club de carretera en el que no había entonces un solo reloj que le aguantase despierto el paso al mío. Lo escribí pensando precisamente en la historia de Manolo R, que una mañana se despertó de su sueño de rico y descubrió que mientras soñaba, se le habían comido la cama las termitas: "No hay en el escoplo del escultor mortificado y sincero un solo golpe que antes no le haya dado a él la vida".
Me invitó a la inauguración del local, entre Compostela y Padrón. No nos conocíamos. Tuvo aquel detalle porque yo escribía en el periódico sobre los turbios asuntos de las chicas del arroyo y seguramente le pareció interesante curarse en salud. "La Dama del Lago" era un burdel con el flamante aspecto de un discreto hotel de turistas sin demasiadas ambiciones. Daba el pego, así que a la inauguración asistieron algunos políticos, la familia del empresario, las chicas del negocio y un par de niños vestidos con la misma decencia que si fuesen a hacer la primera comunión a deshora en la capilla de la penitenciaría estatal de Kentucky. Bendijo las instalaciones un sacerdote. El ambiente era de sano recato. A las chicas les había dado Manolo instrucciones para que vistiesen de manera que se les viesen las piernas lo justo para que con la nerviosa relojería del acontecimiento no se les descolgase hasta el suelo el escabroso péndulo del precio. "Esto no es lo mío, ya sabes, pero estoy en la ruina y puede ser mi última oportunidad de sacar de la estacada a la familia, ¿comprendes", de modo que procuraré hacer las cosas de la mejor manera posible", lo que significaba que el constructor arruinado lo tenía todo dispuesto para sobrevivir en el filo de la navaja, en ese difícil equilibrio en el que las cosas nunca ocurren al gusto de la Policía ni de la Iglesia. ¿Y la moral? ¿Y la conciencia? "Verás, amigo: cuando Colón se marchó a las Indias, se encontró con América. Fue un error, pero un error magnífico ¿qué te parece?. Yo me he metido en esto con el corazón en el culo y con el culo al cuello, y conmigo se embarcan dos docenas de mujeres y resulta que muchas de ellas se han venido de América y este sitio es su mejor oportunidad para volver a casa y contarles a sus familias la mierda de aquí como si la mierda de aquí hubiese sido un bostezo en el cine, una pizca de hambre y un poco de hojaldre". Eso me dijo Manolo R. y, ¡joder, muchacho!, no había una sola de aquellas mujeres en cuyos ojos no hubiese visto alguna noche las miradas de sus hijos. Manolo supo estar a la altura y nunca fue un tipo asfixiante con ellas ni con nadie. Y yo, ¡que quieres que te diga!, yo le quité a mis bolsillos el dinero que aquellas mujeres necesitaban para dormir tranquilas. Aquello era sin duda una mierda con las moscas muertas, pero, ¡que demonios!, con el agua al cuello incluso las ratas tienen el elevado sabor de la comunión. Creo que hice lo que tenía que hacer. Con el apoyo del jefe y de las chicas me convertí en parte de aquello y hubo noches en las que incluso me quedé a dormir entre los brazos sin llave de alguna amiga. Manolo R. no era de los que aprietan. Siempre se partió el pecho por sus chicas y no habrá una sola de entre todas ellas que pueda acusarlo sinceramente de cualquier mal gesto, ni siquiera de la mala fe que se necesita para sobrevivir en un mundo en el que Dios sólo puede ser la eyaculación precoz del diablo. Manolo se comía sus malos ratos, apretaba los dientes y ponía su saliva para tragar los problemas ajenos cono si fuesen solo suyos. En lo que me concierne, se me envenenó la mano en el bolsillo y cuando quise darme cuenta, debía tanto dinero que sólo podría resarcirme cediendo a la tentación de compincharme con alguien que atracase el local aprovechando impunemente los pelos y señales de la descripción que yo le hiciese. Una de aquellas noches me sinceré con Manolo. Y Manolo me contó entonces que estaba harto de pagarse la cama de las termitas con algo que le quitaba el sueño y que había decidido desprenderse del local. Le iba a sustituir al frente del negocio un tipo con el rostro deshabitado y con unas manos tan gordas que necesitaba un lápiz para teclear las facturas en la caja registradora. ¿Y mis pufos? ¿Qué hacer con mis putos pufos? Aquel tipo no estaría dispuesto a transigir con la enorme deuda. Fue entonces cuando ocurrió algo que recuerdo haber contado. Manolo retiró mis tiques de la caja y les plantó fuego en el cenicero en el que fumábamos mientras nos tomábamos con los ojos húmedos la copa de arrancar. "Esto, amigo mío, lo hago aprovechando el reflejo afortunado de que la vida me dio el buen golpe de haberte conocido". Nos dimos un apretón de manos. En el cenicero acabó de consumirse la abreviatura del fuego. El nuevo jefe no dijo nada. Mis deudas salieron por la chimenea de "La Dama del Lago" y las chavalas me premiaron con una sonrisa las fauces exhaustas de mis bolsillos. Entonces el bueno de Manolo echó a una bolsa dos camisas, una foto y un mapa de carreteras tan sobado que mismo parecía un antifaz. Y al despedirnos aquella última madrugada y no sin cierta tristeza, me grabé para siempre lo que me dijo el viejo e inolvidable amigo del garito: "El humo de las facturas es nuestra peor huella en este asunto, muchacho. Y si Dios y ese fulano nos quieren tocar las pelotas y hacernos las cuentas por esto, amigo mío, van a necesitar el resto de su vida para sumar el humo"...

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