ÁLVARO OTERO
En el país más musical del mundo, que es Brasil, artistas de estilos dispares colaboran constantemente, se declaran mutua admiración y se respetan con la naturalidad propia de una cultura en la que la música forma parte de la vida, y como tal es heterogénea y exuberante, y a todos los hijos se les quiere igual. Hay autores de culto, como Caetano Veloso, que grabaron en su día canciones de Roberto Carlos, sin importarle que éste representase y siga representando un tipo de música con más concesiones, más proclive a cierta sensiblería. Cuando, hace ya muchos años, descubrí ese acercamiento de Veloso a Roberto Carlos, al principio me sorprendió mucho, pero pronto comprendí que tras él latía una provocación, la de subrayar que no deben ponerse puertas a ninguna expresión cultural, y que todos los géneros, siempre que detrás haya un gran artista, contienen dentro preciosos tesoros por descubrir. En Brasil tampoco importan demasiado las vidas privadas de quienes cantan. Los affaires homosexuales del propio Veloso hace algunas décadas; la etapa política del enorme Gilberto Gil; los divismos de Gal Costa o María Bethania; lo pesado que se pone Chico Buarque con escribir libros, tan aburridos como magistral es su obra en pentagramas. Y yo me acordé estos días del Brasil musical, de esa su admirable capacidad para separar el grano de la paja de entre el arte y los artistas, ante la agonía y muerte de Rocío Jurado. Si todos lográsemos, a la hora de valorar a esta mujer, abstraernos de la vida más o menos folklórica que ha llevado, de ese marido torero, de esa hija y sus amores, de toda la gestualidad coplera que la acompañaba, quizás no tendríamos tanto reparo en reconocer que se ha ido una de las voces femeninas más impresionantes que ha tenido este país. Siempre dio igual qué cantaba Rocío Jurado, porque su voz se imponía como un torrente imparable que atravesaba estilos y quebraba las mayores resistencias. También me he acordado, ahora, de Francisco Rodríguez, parlamentario del BNG y nada sospechoso de españolista, al que hace ya algún tiempo oí confesar, con asombro sólo parejo a mi admiración, su pasión por la zarzuela, a la sazón el último género musical que uno asociaría a un nacionalista de pro. Eso, esa capacidad para proclamar los gustos por encima de prejuicios y etiquetas, revela una sólida formación y un sentido muy íntimo, muy bonito, de la libertad. Así que, en fin, digámoslo alto y claro desde esta columna que a lo largo de varios años ha llorado las pérdidas de Sinatra o Antonio Carlos Jobim: con Rocío Jurado, familia y Chipionas y toreros aparte, se ha ido una gran, una enorme artista, una voz poderosa y única. Caetano, vanguardista y provocador, de ser andaluz sin duda la habría cantado.