JOSÉ LUIS ALVITE
Escribo porque no sé hacer otra cosa por la que algún día me puedan recordar mis hijos, que a lo mejor si les preguntase resulta que preferían un padre como los otros padres, uno de esos tipos caseros y constantes que saben arreglar la bicicleta y preparar la brasa para la barbacoa. A raíz de mi divorcio, a mi hija mayor dejé de verla durante casi un año y cuando nos reencontramos ya no era lo mismo, así que estuve a punto de saludarla con un apretón de manos y un cumplido. La cría tenía nueve años y hace veinte de aquello. Jamás le ayudé con sus deberes del colegio. Ni siquiera recuerdo su letra, tal vez porque nunca me fijé en ella. ¡Joder¡, sí que recuerdo, en cambio, haberme presentado a su cumpleaños con los globos pinchados, toda la loza en el fregadero y ella durmiendo boca abajo con la almohada entre los dientes. Aunque era habitual que volviese muy tarde a casa las moches que acordaba volver, por Reyes extremaba el cuidado para no pisarle los juguetes. A veces me pasaba por su habitación y la arropaba. Ella no decía nada. Tampoco se movía. A lo mejor fingía dormir para que no me sintiese mal. También puede ser que mis errores la hubiesen hecho mayor y en realidad por la noche fingiese ser una niña de su edad. Una madrugada se puso muy enferma y corrí con ella a la consulta de un pediatra amigo mío. Fue una de las pocas veces que me sentí útil a su lado, aunque ella durante el camino llevase al misma cara de susto que si un tipo acabase de secuestrarla mientras dormía presa del sudor y la fiebre. Recuerdo que la desnudé personalmente, lo que pasa es que no estaba acostumbrado y fue como si intentase desmontar el termo del agua. Fue una fugaz sensación de paternidad que se me pasó en seguida. Volví a las andadas y olvidé lo mal que estaba la cría. ¡Dios Santo¡, supe que se había recuperado porque la vi un día desde el coche mientas cruzaba frente a mí para ir a clase. ¿Sabes?, me sentí tan ruín y tan avergonzado, que entorné los párpados porque no habría soportado llorar con los ojos abiertos en presencia de un tipo tan despreciable como yo. Después arranqué el coche y cambié de ciudad con las ventanillas abiertas para que el viento me espantase de la cara el llanto. Su madre y yo nos separamos a los pocos meses y yo hice las maletas justo después del convite de su primera comunión. Entonces, muchacho, me fui al Hospital General de Galicia y visité a los niños con cáncer. Mi amiga Ruth Gómez, que ya era entonces la maestra de la escuela en Pediatría, me llevó consigo en una ronda. Le dije que me había ido a verla para cerciorarme de no haber perdido los sentimientos con el ejercicio del periodismo. Había allí un buen puñado de niños señalados por la muerte pero parecían felices en medio de tanta morbidez, seguramente porque eran solo unos críos y no tenían experiencia de incurrir en los errores que seguramente jamás tendrían la oportunidad de cometer de mayores. Ruth me enseñó a un muchachito de muy pocos años que llevaba prácticamente toda su vida ingresado allí. El pobre ni siquiera recordaba como era el hospital por fuera ni conocía otro pájaro que no fuese el lento cuco de su corazón cansando. Jamás se había puesto un par de zapatos. Desde su cama miraba por la ventana el cielo de la calle y escuchaba el ruido de la gente y de los coches como algo lejano e irreal que tal vez ocurría en una estúpida cacharrería. Alguien me contó aquella tarde la historia de un niño que por llevar tanto tiempo encamado nunca se había mirado a un espejo, de modo que aceptaba las caricias de cualquiera con el ánimo increíble de uno de esos niños desdichadamente felices a los que no les importa creer que su cara se parece a la mano tibia y profiláctica de la enfermera que le mira la fiebre y le prepara para la siesta del óbito. Creo que una de aquellas mañana vio a través de la ventana el vuelo estilizado de una cometa y preguntó qué era aquel pedazo de cielo tan esbelto. El muchachito se conformó cuando le dijeron que aquello era una cometa y que la cometa era una especie de gotero de mentira que llevaban por la calle los niños enfermos que no tenían sitio en el hospital. ¡Dios Santo!, aquella inocente criatura habría considerado un juego ayudarle al marmolista a labrar su propio sepulcro. El caso de mi hija era más llevadero. Aunque tuviese uno de esos padres que llevan una vida extraña y mala de explicar, mezcla de perversidad y de sueño, como uno de esos atónitos soldados que sobreviven a la terrible batalla, prenden un cigarrillo y se sientan en el desolado campo de batalla convencidos de que lo peor ya ha pasado y de que no hay que perder la esperanza de que en cualquier momento se esfumen el dolor y la culpa y por el suero del horizonte vuelva poco a poco el hambre con comida...