17 de septiembre de 2017
17.09.2017
el correo americano

Banderas

17.09.2017 | 02:49
Banderas

Uno suele reírle la gracia a Rick, el personaje de Casablanca, cuando Strasser, el militar nazi, le pregunta por su nacionalidad y él responde que es un "borracho". Todos aplaudimos el sarcasmo, interpretándolo como una simpática mofa de lo gregario, porque nos excita el exhibicionismo de independencia personal, no nacional, que dicha contestación exterioriza, regocijándonos también en el desprecio hacia eso que Samuel Johnson definió como el último refugio de los canallas. Entre la destrucción del mundo y la destrucción del individuo, Rick se centra en la destrucción del individuo. Al menos esta última la pudo iniciar él mismo. El hombre hermético y descreído, voluntario en los bandos perdedores de varias guerras, andaba sin patria y sin causa hasta que se reencuentra con su viejo amor, una mujer que lo abandonó bajo la lluvia. En ese momento despierta su compromiso político. Y lo vemos cuando el inconmovible equidistante, cuyo romanticismo permanecía encerrado en el interior de una gabardina mojada, da permiso a la orquesta de su restaurante para que sigan tocando "La Marsellesa" por encima del himno alemán, comprendiendo de inmediato las razones por las cuales ella había elegido la Resistencia. Ese gesto, el de Bogart asintiendo con la cabeza mientras mira con firmeza a los músicos dubitativos, en el que la littérature engagée y el cine noir parecen fundirse felizmente al tiempo que todos los antifascistas sollozan al unísono, es una lección básica de humanismo: antes de las ideas están las personas. No nos olvidemos de por qué merece la pena luchar.

La retirada de la bandera española que realizó una diputada de Podem en el Parlamento catalán ilustra con bastante claridad la curiosa mala prensa del patriotismo: siempre resulta muy grosero y hortera cuando no somos nosotros quienes lo exhibimos. Habría sido mucho más atinado, y estratégicamente más inteligente, creo yo, dejarlas como estaban, valiéndose de esa heroica continencia para demostrar a los discrepantes que no se le va a arrebatar a nadie el derecho a la emoción, sobre el cual se ha basado, además, gran parte del proceso hacia la independencia. En muchos barrios de Estados Unidos resulta fácil encontrarse a menudo con banderas colocadas en las puertas principales de las casas. A veces uno se pregunta, comparándolo con nuestro particular caos identitario, qué pretenden esas familias reivindicar más allá de la información registrada en sus pasaportes. Intuimos que orgullo, sentido de pertenencia, lealtad. Ahora observen el oscuro maniqueísmo que presentan sus antónimos. A raíz de los atentados del 11 de septiembre, David Foster Wallace escribió un reportaje en el que hablaba sobre un pueblo, Bloomington, donde ya no quedaban banderas. Salir a la calle sin ella, recordaba el escritor, te convertía de alguna manera en sospechoso. La frustración comenzó a sentirla el cronista, que no le había dado tiempo a hacerse con una, cuando se dio cuenta de que era literalmente imposible encontrar en las tiendas un símbolo patriótico que fuera aprobado por las masas. Entre tanta exaltación nacional, transformada en rabia colectiva, casi había desaparecido la tristeza sentida por aquellas muertes individuales y anónimas, entonces convertidas en emblemas. "Con tanta gente que ha muerto, y yo estoy histérico por una bandera de plástico".

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