Vivir

22.07.2017 | 02:07
Vivir

El verano se me ha ido llenando de muertos muy cercanos, como árboles ardidos en un incendio que no se extingue. Y he notado, no sin inquietud, que de un tiempo a esta parte me afecta mucho la muerte. Yo he sido inmortal, como cualquiera, porque he tenido veinte años y la risa, pero últimamente me siento muy vulnerable. He estado en demasiadas despedidas y a mi alrededor ha ido produciéndose el desastre de las ausencias. Quizás por eso, de pronto he echado de menos aquellos días en que el tiempo era mi amigo y me regalaba la calma templada de una tarde. Cuando me dejaba derrochar la mañana en esas cosas poco productivas y vivir era la única urgencia. De aquel entonces guardo las canciones y el eco del vértigo que fueron los días. Vivíamos en las calles, en los escalones y los bordillos, bajo el mandato de la despreocupación. Inventábamos el amor y aún no creíamos en el tiempo (para creer en el tiempo es preciso tener pasado y nosotros teníamos solo un poco de miedo ante el abismo).

Es una suerte que, aunque solo sea durante un breve periodo, el tiempo te dé la mano y camine contigo sin premuras, sin prisas, sin agobios, como quien, ya acabada la faena, de regreso a su casa se entretiene viendo llegar la noche y su descanso.

Pero de aquellos días nada más queda su vuelo. Ahora todo es de otro modo, como si de repente hubiese descendido la niebla.

Y quizás por eso he andado preguntándome si el dolor de estar vivo viene de no saber con certeza si vivir nos conviene. Tenemos algunos datos precisos: La alegría no dura, la pena sí. El miedo es una piel fría tras la piel y las nubes dan demasiada sombra. No parece que sea un buen negocio. Y sin embargo, le vamos cogiendo apego y nos cuesta pensar en irnos.

Debe ser que, doblada la esquina de aquello que se llama una cierta edad, uno empieza a darse cuenta de que la vida es solo eso, un rato al sol, y que la tarea del hombre consiste en ir bebiéndose los años y procurar que no se le haga tarde para vivir. Un día te nacen y al otro tienes cincuenta veranos en la frente. Pero hay una luz en todo, una manera de sobrellevar el trabajo de estar vivo. Recibe varios nombres aquello que hace navegable el páramo: los libros, los amigos, las canciones, el café, el agua fresca de la tarde y esa manera suya de decir mi nombre despacito.

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