el correo americano

Los hechos están cambiando

16.07.2017 | 17:02
Los hechos están cambiando

En el mes de abril de 2010, los historiadores Douglas Brinkley y Richard Norton Smith fueron convocados por la cadena de televisión C-SPAN para hablar sobre sus elogiadas y dilatadas obras, la mayoría de ellas enfocadas en el estudio biográfico de varios presidentes de Estados Unidos, así como de la manera en que se enseña historia en el país. Brian Lamb, el presentador, introdujo al comienzo del programa una cita de Gordon Wood, profesor emérito de la Universidad de Brown, que decía lo siguiente: "La escritura de la historia académica parece estar en crisis. Los libros publicados por las editoriales universitarias -alrededor de 1200 al año- tienen muy pocos lectores. En ocasiones las ventas de esos libros se cuentan solo por centenares. Si no fuera por las bibliotecas, probablemente esas ventas se reducirían a las docenas. Parece que la gente no está interesada en leer historia, al menos no la historia que escriben los académicos". Smith, definiéndose como un "nostálgico", argumentaba que el exceso de especialización en las facultades estaba desembocando en una alarmante desconexión entre la historia escrita y el lector común, alejando a las grandes audiencias del conocimiento del pasado. Brinkley, por su parte, reivindicaba el papel que desempeñaban (y desempeñan) las editoriales universitarias, sin las cuales muchos libros "de referencia" serían imposibles de redactar, pues gracias a los datos proporcionados en esos análisis específicos muchas de las investigaciones generales tienden a adquirir más rigor y, de ese modo, le otorgan también al autor credibilidad y autoridad en la materia.

Los historiadores disentían asimismo en lo referente a la cultura popular. Brinkley no solo manifestaba a los espectadores su indisimulada pasión por el tema ("es la historia del mañana"), criticando el esnobismo intelectual que suele mostrar una parte de la profesión al respecto ("algunos académicos parece que son incapaces de ver lo que tienen delante"), sino que, en cierta medida, también se estaba adelantando a la polémica canonización de Bob Dylan que realizó la Academia Sueca el año pasado con la entrega del Premio Nobel ("habrá cientos de libros publicados por editoriales universitarias sobre sus letras y lo que estas significan"). Smith decía que sí valoraba en su justa medida la trascendencia de la Pop Culture, pero no tan fervorosamente como su compañero de tertulia. "El periodismo cambió con la muerte de Elvis Presley", afirmó rotundo, y señalaba que Walter Cronkite fue el único presentador de televisión que no abrió su informativo con el fallecimiento del músico, porque aquello, decía, "no era noticia". (Recuerdo el especial que emitió la CNN a raíz de la "misteriosa" muerte de otro artista, Michael Jackson, y el canal exprimió el acontecimiento hasta límites insospechados. El concepto Breaking News ese día dejó de referirse a una pluralidad de sucesos inmediatos y en desarrollo. Aquel día solo había muerto Michael Jackson).

Gobernaba por aquel entonces Barack Obama y las conspiraciones acerca de su "verdadera identidad", de su "encubierta fe musulmana", de sus perversas intenciones de transformar el país en una suerte de república soviética, habían comenzado. Nunca se había visto tanto antagonismo en los medios de comunicación de masas, tanto desacuerdo sobre cosas fundamentales. Lamb preguntó a sus invitados a qué se debía todo eso, si podían encontrar algún precedente en la historia contemporánea. En este asunto ambos historiadores estaban de acuerdo. "El consenso estadounidense (la unidad de la población bajo unos pocos principios básicos) "se había quebrado". Los moderados estaban "despareciendo" del debate. El problema no era, por supuesto, la discrepancia ideológica, ya que esta siempre había existido en distintas épocas a lo largo de la historia, ni siquiera el odio acérrimo al presidente (a Franklin Roosevelt le llamaron "comunista" y "amante de los judíos" en algunos programas radiofónicos de la derecha), sino el cuestionamiento, por así decirlo, de ciertas realidades.

Han pasado siete años desde la emisión de aquel entrañable programa y, como dice el inimitable Roger Stone, exasesor político de Donald Trump que presume de tener tatuada la cara de Nixon en su espalda (el documental que estrenó Netflix sobre la influencia que ostenta este individuo en Washington es la non fiction que, además de explicar la última temporada de Homeland y la parte "americana" de House of Cards, narra cómo se dinamita una democracia siguiendo escrupulosamente las leyes), aquellas minorías ruidosas se han convertido ahora en mayorías instaladas ( alt-right). "Ahora nosotros somos el establishment", afirmó con orgullo un miembro de estos grupúsculos mediáticos cuando el magnate acariciaba la victoria. La prensa, la historia, la verdad. Nada de eso parece ser suficiente para comprender este fenómeno. Los hechos de anteayer son capítulos que sirven para construir los "relatos" de hoy. De esa manera, un candidato jamás podrá ser acusado de oportunista, de carecer de principios, de contradecirse repetidamente. Al contrario: se le dará, paradójicamente, otra oportunidad.

Maldita hemeroteca, claro, porque llega justo cuando más importancia tiene y menos importancia se le concede.

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