Crónicas galantes

Plurinacionalidades de España

04.07.2017 | 05:28
Plurinacionalidades de España

Se discute mucho estos días sobre la idea de España, que unos quieren plurinacional (como el Reino Unido o la Unión Soviética) y otros prefieren unitaria en la creencia de que naciones, como madre, no hay más que una. En esto se conoce que el país va mejor de lo que pensamos.

Si la economía no marchase razonablemente bien, sería difícil que los tertulianos del bar o de la tele ocupasen su tiempo en cuestiones de tanto calado filosófico como este asunto de las plurinacionalidades, que tanto recuerda a las angustias existenciales de Unamuno.

Aparentemente, esto significa que las necesidades básicas de los españoles están cubiertas de acuerdo con la famosa pirámide de Maslow. Se diría que los ciudadanos de este país gozan de niveles suficientes de alimentación, descanso, seguridad, salud y práctica del sexo como para dedicarse a tareas de mayor calado.

De ahí que la más urgente discusión ahora mismo no sea el paro (por más que así lo digan las encuestas del CIS), sino el "modelo" de Estado, tal que si España fuese un mecano, un Scalextric o cualquier otro de esos artilugios para armar que tanto éxito tuvieron entre pasadas generaciones. O un mueble de Ikea, por poner un ejemplo más asequible a la minoritaria parte joven de la población.

La imagen no está mal traída. A fin de cuentas, España es -en efecto- un Estado plurinacional, poliédrico y piramidal con tendencias centrífugas y centrípetas a la vez. Unos quieren irse de ella para comer rancho aparte, y otros son capaces de cruzar el Estrecho a nado o en patera con tal de conseguir un lugar al sol en la Península.

Lo único que parece mantener unido a este dispar conjunto de reinos en perpetua discordia es, como se sabe, el azar y la Liga de Fútbol. El azar lo administra sabiamente el propio Estado, consciente del poder de vertebración que ejerce su vasto surtido de Loterías y Apuestas, del que -para su desgracia- carecía la extinta Yugoeslavia.

Por lo que atañe al fútbol, a nadie se le oculta que el principal argumento contra la secesión de Cataluña o de Las Alpujarras no es otro que la eventual exclusión de los clubes separatistas de la galáctica Liga de las Estrellas. La perspectiva de cambiarla por un torneo tan apasionante como el de Escocia o, sin ir tan lejos, el de Portugal, enfría (o enfriaba) de manera considerable los calentones a favor de la independencia.

En realidad, España es un país dual eternamente dividido entre los de Villa Arriba y los de Villa Abajo; y entre los hinchas del Madrid y el Barça. Esa machadiana condición de las dos Españas pone a los candidatos a presidirlas en el brete de contentar a unos sin molestar a otros, lo que requiere dotes de equilibrista y maestría en el uso del lenguaje.

Ahí lleva una indudable ventaja Mariano Rajoy, siquiera sea por su condición de gallego en ejercicio. El presidente se confiesa seguidor madridista, pero hizo socio del Barça a uno de sus hijos; alaba por igual al Deportivo y al Celta y, ya puesto a abarcarlo todo, declara su pasión de infancia por el Pontevedra del "Hai que roelo".

Mejor que cualquier otro de sus competidores, Rajoy se ha percatado de que el fútbol es el principal factor de integración en este batiburrillo de reinos autónomos que por ahora llamamos España. Y aún habrá quien no entienda que prefiera la lectura del Marca al debate de las plurinacionalidades. Rarezas que tiene este país.

stylename="070_TXT_inf_01"> anxelvence@gmail.com

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