La copa de la solidaridad

26.06.2017 | 01:24
La copa de la solidaridad

La terrible tragedia que conmociona a Portugal por la muerte de decenas de personas, abrasadas por el fuego, guarda cierta similitud, en cuanto al número de víctimas y la magnitud del desastre, con el hundimiento de cuatro pesqueros de Bouzas en el invierno de 1930, frente a las costas portuguesas.

Si la hecatombe en el monte se debió a un incendio devastador, la del mar ocurrió por las "espantosas tormentas" y los "formidables temporales", en expresión de la prensa de la época.

Una comisión de la "Marítima" de Bouzas, formada por Paz Andrade, Montenegro y Planas, recorrió a comienzos de febrero de aquel año el litoral portugués, al que el mar arrojaba cadáveres de marineros gallegos.

Como era costumbre en una ciudad de pescadores, avezada a los siniestros marítimos, a la conmoción inicial siguió un sentido movimiento de solidaridad, en el que participaron particulares y entidades, y la apertura de listas de suscripciones públicas en los periódicos locales.

Una de aquellas llamadas a la solidaridad se anunciaba así: "ciudad siempre benéfica", tal como porta Vigo en su escudo, y pedía ayuda para "las viudas, huérfanos y ancianos de los marineros fallecidos".

Aunque los naufragios eran una permanente amenaza y el peligro al que siempre estaban expuestas las gentes de la mar, el hundimiento de los cuatro pesqueros y el número de marineros muertos y desaparecidos en el mismo temporal superaba otras tragedias. De ahí que la acción solidaria de los vigueses correspondiese a la magnitud del duelo. Fue magnífica.

Conviene recordar que, por aquel tiempo, aunque ya se había creado el Instituto Nacional de Previsión, todavía no existía la protección de la Seguridad Social, y las familias de los marineros muertos quedaban practicamente desvalidas. Lo que consiguiesen se debía a la ayuda privada de familiares y vecinos. De ahí la importancia de la solidaridad en las suscripciones públicas y todo tipo de ideas que pudieran aportar recursos.

Una de las iniciativas fue concertar un encuentro de fútbol en Madrid, de la selección gallega contra la del Centro, que el Ayuntamiento de Vigo premiaría con un gran trofeo.

Sería el primer partido que disputaba la selección gallega - había celebrado cuatro en su historia, todos en 1923-, tras el paréntesis de la Dictadura de Primo de Rivera. Y ganó Galicia.

El trofeo debía ser original, artístico, de material de apreciable valor y de buen tamaño. Por lo que cuajó la idea de que su diseño y confección debían encomendarse a excelentes profesionales.

Pronto se llegó a la conclusión de que quien mejor podía elaborar la pieza, como espléndido orfebre, era el joyero Ramón Fernández, a cuyo taller se encomendó.

Pero faltaba por decidir el autor del diseño. Fue Ramón Fernández Mato, buen escritor y primer director de "El Pueblo Gallego", quien lanzó la propuesta en un mensaje radiofónico: debía hacerlo Federico Ribas, calificado como "el primer artista vigués".

Federico Ribas, que residía en Madrid, aceptó de inmediato la invitación, según exponía en una carta abierta. Confesaba que había escuchado el mensaje, y que la descripción de Fernández Mato de la tragedia de los pesqueros de Bouzas le había hecho llorar. Prometía enviar el diseño en el plazo de tres días y también "una cantidad de dinero para la suscripción del Faro que mi mujer quiere dedicar a las familias de los héroes del mar".

El 25 de mayo de 1930, en la portada del decano aparecía una foto de la espléndida "Copa de Vigo", que simboliza una dorna celta que "evoca la gesta legendaria de la Galicia marinera".

Es sin duda, el más bello trofeo vigués jamás labrado, que debería de servir de modelo a cuantos galardones oficiales se entreguen con el nombre de la la ciudad. Basta cambiar la placa del escudo de Madrid, que se fundió para aquella ocasión, por el motivo del trofeo de turno. Es el mejor recuerdo que se puede ofrecer.

Representa la solidaridad de "la ciudad siempre benéfica", y cuenta con el padrinazgo de tres personajes que le dieron prestigio y merecen que sus nombres se recuerden: el joyero Ramón Fernández, el genial artista Federico Ribas y el periodista y escritor, Ramón Fernández Mato.

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