el correo americano

Algunas personas decentes

11.06.2017 | 02:32
Algunas personas decentes

Es casi imposible ver la última temporada de House of Cards sin acordarse de la Administración Trump y sus probados abusos de poder (la declaración del destituido James Comey en el Senado ha sido muy iluminadora). El guion parece que se ha escrito con esa intención (y la innovadora campaña promocional realizada por Netflix no nos deja apenas dudas), pues está plagado de referencias, insinuaciones y guiños al espectador que evocan los acontecimientos actuales. En un episodio, el presidente Underwood pronuncia un discurso, rompiendo como de costumbre la cuarta pared, en el que básicamente nos sugiere que todo ese maquiavelismo desenfrenado, todo ese festival de corrupción, todas esas intrigas palaciegas que acaban desembocando en extorsión, soborno y asesinato, no debería suponer una sorpresa para nadie. ¿Acaso no es lo que queremos, lo que votamos? ¿A qué viene ahora entonces llevarse las manos a la cabeza cuando la cosa se pone fea? Así funciona la política. Así es nuestro sistema.

Si una persona como Frank Underwood, acompañado por su compleja e indescifrable mujer, es capaz de convertirse en presidente, la culpa no es de quien se aprovecha de las instituciones (partidos políticos, parlamentos, etc.) para obtener el poder, sino de aquellos que permiten, con su apoyo o -casi peor- con su ignominioso silencio cómplice, que una persona perceptiblemente no cualificada (moral o intelectualmente) para el cargo consiga trepar hasta el Despacho Oval. La serie, a mi juicio, lleva la conspiración y el terror demasiado lejos al convertir a Washington DC en una Babilonia posmoderna habitada por políticos manifiestamente desalmados donde resulta muy complicado encontrar a una persona cuyas intenciones no contengan algún elemento de perversión. (Aunque la lectura de los dos gruesos volúmenes de las cintas trascritas de Richard Nixon, excepcionalmente editadas por los historiadores Douglas Brinkley y Luke Nichter, podrían obligarnos a refutar de inmediato esa afirmación). Un poco de contención en ese sentido proporcionaría a la ficción algo más de verosimilitud y evitaría que se produjeran las especulaciones con las que uno suele toparse en internet acerca de la "verdadera identidad" del protagonista interpretado por Kevin Spacey (una de las grandes discusiones cibernéticas versa sobre si Underwood es en realidad el diablo o el anticristo). Sin embargo, House of Cards, en esta temporada, sí aborda con mucho acierto un asunto de gran relevancia en nuestros apocalípticos días: la relación de dependencia que se establece entre corruptores y corrompidos. Los primeros proponen hacer algo, como impulsar una ley o cerrar una comisión parlamentaria con su correspondiente quid pro quo, que los segundos saben que es éticamente reprobable. Tienen la opción de rechazar la propuesta, de negarse a participar en la cuestionable operación, de decir "no, porque de ese modo traicionaría los valores de esta república".

Cuando Frank Underwood les ofrece a los senadores y compañeros de gabinete que se involucren en un asunto tenebroso para beneficiarse personalmente del mismo, casi todos, incluidos los más honestos y bienintencionados, aceptan alegando la misma razón: si no lo hacen, sus carreras políticas podrían ser destruidas en ese mismo momento. El virus se expande con tanta rapidez que, al final, es literalmente imposible sobrevivir en la ciudad sin corromperse. "Yo soy simplemente el mejor corruptor. Nada más, nada menos", insinúa el presidente ficticio. Ahora el sistema exhibe una naturaleza siniestra, cierto. Pero ¿quiénes fueron los primeros en decir sí? ¿Dónde estaban las personas decentes? Underwood no es mal personificado sino una evidencia del mal que reside en los demás.

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