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Bello y sublime Totti

10.06.2017 | 05:58

Para los que amamos el fútbol a pesar de todas esas cosas que hacen que el fútbol tenga que ver más con la ingeniería financiera, los programas del corazón y la política cutre que con el sencillo balompié, el fin de la Liga es triste porque se acaba el fútbol y porque termina "Fiebre Maldini", el programa de fútbol más futbolero de la televisión y el argumento más potente para luchar contra el horror de "El chiringuito de jugones" y las temibles tertulias de "Estudio Estadio". El último programa de "Fiebre Maldini" fue estupendo, como siempre, pero además nos permitió asistir al último partido del gran Francesco Totti con la Roma, el equipo de su vida, en el estadio Olímpico. La afición de la Roma despidió a su capitán con cariño, pasión y respeto, y Totti respondió con el mismo cariño, pasión y respeto por la gente que durante veinticinco años le aplaudió y, a veces, incluso le pitó un poquito. El adiós de Totti permite reformular así el imperativo categórico de Kant: obra de tal manera que en el momento final puedas merecer una despedida universal como la de Totti.

¿Por qué un futbolista como Totti jugó siempre en la Roma, y no fichó por un Real Madrid o una Juve? Quizás porque, como quería Epicteto, Totti consiguió la libertad no con la saciedad de lo deseado (títulos prestigiosos, premios individuales, atención universal), sino con la supresión del deseo para alcanzar así un fin mayor, que siempre fue la fidelidad al rojo púrpura de la camiseta de la Roma. Parece contradictorio que Totti, un tipo al que siempre le gustaron los títulos, los premios y la atención, renunciara a convertirse en un fenómeno universal para ser libre con el brazalete de capitán de la Roma, pero hay que entender que Totti fue un futbolista excepcional que consiguió todo lo que un futbolista excepcional puede desear renunciando, precisamente, al deseo de recibir lo que los aficionados le dieron en su último partido en el Olímpico de Roma. El fútbol de Totti fue bello, es decir, amable, sereno y con limitaciones; pero su despedida fue sublime, es decir, terrible en emoción, asombrosa e ilimitada. El juego de Totti tenía que ver con lo cualitativo, y su despedida con lo cuantitativo. El bello y delicado fútbol de Totti encontró su lugar en el sublime mar embravecido de Roma, y de esta manera el bello Totti se ganó una sublime despedida que desbordó los sentidos del 10 de la Roma y de los futboleros del mundo libres de chiringuitos.

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