23 de mayo de 2017
23.05.2017
In memoriam

Carmiña Romero, princesa imperial

23.05.2017 | 05:53
Carmen Esperanza Romero, sentada en un banco en la Alameda de Pontevedra. // Antonio Costa

María del Cmen Esperanza Romero Veiga falleció cristianamente el pasado domingo 21 a los 91 años de edad. El funeral por su eterno descaso se celebró ayer por la tarde, y luego recibió sepultura en el cementerio de San Mauro.

La esquela firmada por amigos y allegados reflejó el doctorado de Carmiña en Filosofía y Letras, así como su licenciatura en Historia. En cambio, omitió por delicadeza la fantasiosa relación de títulos nobiliarios que ella misma se atribuyó (desde reina y emperatriz del imperio heredado del mismísimo Carlos V, hasta marquesa de Lourizán y condesa de Seixo).

La relación completa de sus 112 títulos, ni uno más ni uno menos, está detallada en un pequeño díptico que tengo delante en este preciso momento para honrar su memoria, y que ella tuvo a bien regalarme un buen día como deferencia especial.

Carmiña fue hija única. A los cuatro o cinco años perdió a su madre y a los trece o catorce murió su padre. Desde entonces estuvo a cargo de una abuela y una tía; con ambas se malcrió entre algodones en una casa con huerta en O Gorgullón. Aquella infancia tan dura hizo estragos en su personalidad soñadora.

Tras su paso por la Universidad de Santiago, Carmiña realizó sus pinitos como periodista en esta ciudad. Firmó reportajes y entrevistas memorables, y luego escribió también unos trabajos históricos bien documentados sobre la Virgen Peregrina o la Virgen de la O.

Durante aquellos años sesenta fue una opositora frustrada a catedrática de Instituto. Más tarde también lo intentó sin éxito como archivera del Estado. Tampoco tuvo éxito en el amor, aunque mantuvo varios noviazgos que algunos pontevedreses con canas todavía recuerdan bien.

Tras el fallecimiento de su padre, heredó una inmensa fortuna en patrimonio inmobiliario, que malvendió y dilapidó a manos llenas. Ella vivó como la reina que decía ser. Pero algún malvado se aprovechó de su locura y le compró un solar a precio de risa.

A finales de los años 70, Carmiña se encarnó en su personaje y su cabeza se perdió en una alocada nebulosa. Como tal se integró en el día a día de esta ciudad, que acogió con simpatía y sin malicia sus singulares excentricidades.

El 20 de enero de 2015 su existencia dio un brusco giro, que marcó el principio del fin de nuestra heroína porque su mundo se vino abajo bruscamente. La Policía comprobó que su casa era un estercolero. El síndrome de Diógenes que padecía se tornó imposible de soportar por sus vecinos más próximos de la avenida de Vigo y presentaron una denuncia que derivó en su incapacitación plena por falta de familiares cercanos.

Bajo tutela judicial, el Asilo de Ancianos primero, donde nunca se sintió a gusto hasta su cierre, y después la residencia Geriatros de Ribadumía, acogieron los últimos años de su azarosa vida.

Desde el pasado domingo, descansa en paz Carmiña Romero, princesa imperial, junto a tantos y tantos personajes inolvidables que pulularon por las viejas calles de esta ciudad, desde La Alcaldita, doña Sagrario o La Jabalina, hasta Adonis, Neno o Manoplas. Un plantel de cine.

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