21 de mayo de 2017
21.05.2017
el correo americano

Los que se van a reír te saludan

21.05.2017 | 16:39
Los que se van a reír te saludan

En el prefacio de las memorias del humorista estadounidense Lenny Bruce, tituladas Como ser grosero e influir en los demás (Malpaso), Kenneth Tynan cuenta una anécdota que nos ayuda a entender la capacidad que tiene la comedia, más que ningún otro género, para definir psicológica y políticamente a una audiencia. El cómico estadounidense fue contratado por un club nocturno londinense llamado The Establishment, en el que se pasó dos semanas escandalizando a los clientes con sus corrosivos monólogos. Entonces sucedió algo insólito: "Seis jóvenes procedentes del mundo financiero se sentaron junto al escenario. Ahí estuvieron soltando risas durante los chistes sobre el dinero, el sexo con los negros, el onanismo como alternativa a las enfermedades venéreas y los riesgos genéticos producidos por la radiación. De repente Bruce se aventuró a hablar sobre los cigarrillos y el cáncer de pulmón. De golpe, como si obedecieran a las órdenes de un jefe de tribu, el líder de los jóvenes se levantó: 'Bueno, ¡ya basta! ¡Susan, Charles, Sonia! ¡Vámonos de aquí! ¡Cáncer, por dios! ¡Cáncer!'. Así, en fila india salieron del local".

La comedia no conoce límites cuando se trata de los demás, pero si la broma nos afecta de alguna manera, la risa cesa de manera abrupta y surge la indignación como mecanismo de defensa. ¿Cómo es posible que alguien pueda burlarse de eso? Destapando ciertas intimidades y pensamientos de las personas, el humor hace que los espectadores sean testigos de cómo algunos de sus prejuicios, convicciones y principios se desarticulan graciosamente entre las carcajadas del prójimo. Nadie puede medir la gravedad de una ofensa, pues esta última, al igual que el talento, es personal e intransferible. Lo que para unos es trágico para otros es divertimento. Aunque no ofende quien puede sino quien sabe. A Lenny Bruce lo condenaron en Estados Unidos por obscenidad. Dos jueces decidieron en 1964 que sus monólogos, de acuerdo con los "estándares" de la época, eran "patentemente ofensivos" para la "persona corriente" (¿qué diablos es una persona corriente?). Distintas personalidades de la cultura, entre las cuales destacaban Susan Sontag, James Baldwin, Woody Allen, Bob Dylan, Norman Mailer, John Updike, Norman Podhoretz y Gore Vidal, firmaron un manifiesto criticando la decisión judicial. En él afirmaban que Bruce se hallaba en "la tradición de la sátira social de Swift, Rabelais y Twain". (Jack Kerouac, ese adalid de la libertad creativa, se negó a firmar la petición por los comentarios que Bruce había hecho sobre la religión, a pesar de que Allen Ginsberg intentó persuadirlo en varias ocasiones).

El cómico murió de sobredosis de morfina en su casa de Hollywood Hills, cuando todavía estaba en marcha el proceso de apelación, tras vivir una vida de excesos que, en cierta medida, contribuyó a que se creara un mito alrededor de su figura. La historia legal de aquel disparate está bien documentada en The Trials of Lenny Bruce, de los profesores Ronald K. L. Collins y David M. Skover. Gracias al "sacrificio" de Lenny Bruce -aseguran estos autores-, la libertad de expresión se expandió por todos los clubs del país. Los cómicos dejaron de ser censurados y arrestados por sus bromas. Sin él, probablemente, no existiría gente como George Carlin, Louis C.K., Sarah Silverman o Andrew 'Dice' Clay. Treinta y nueve años después, el gobernador de Nueva York George Pataki le concedió el primer perdón a título póstumo en la historia del estado. A juicio del político republicano, este indulto simbolizaba un compromiso con la defensa de la Primera Enmienda. Cuando Bruce comenzó a tener problemas con la justicia por el vocabulario que utilizaba en sus monólogos y los temas que trataba en ellos, Ralph J. Gleason, columnista del "San Francisco Chronicle", declaró como testigo ante el tribunal. Allí le preguntaron cuál era, en su opinión, el tema predominante de la actuación por la que fue arrestado el cómico. Gleason respondió: "Bien, en sentido estricto, la semántica. La búsqueda de la verdad última que yace bajo la hipocresía social en la que vivimos".

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