14 de mayo de 2017
14.05.2017
EDITORIAL

La burocracia lastra la recuperación

14.05.2017 | 02:18

Escúchese a quien se escuche, empresarios, autónomos, emprendedores, todos se quejan de lo mismo: el sistema regulatorio actual frena y desincentiva el crecimiento de las empresas en nuestro país. Pero peor aún que todo ello, el primer mal que más entorpece los avances es la burocracia abusiva que aherroja la contrastada capacidad de emprendimiento de los gallegos. Acabar pues con las necias trabas de las administraciones no ha de ser un propósito sino una exigencia indeclinable. Aunque tarde, la iniciativa de la Xunta de lanzar una ley "ad hoc" para hacer que sea más fácil invertir en Galicia desde el punto de vista administrativo y fiscal es un paso en la buena dirección. Porque nada tiene que ver el control con la estupidez, ni las rigideces tóxicas pueden dinamitar las iniciativas empresariales solventes que Galicia tanto necesita.

Pese a todos los inconvenientes, Fandicosta ha logrado poner por fin esta semana la primera piedra para levantar su nueva nave de Domaio un año después del incendio. Otro empresario que no tuviese la determinación, el compromiso social y los arrestos de su propietario Ángel Martínez, decidido a reconstruirla desde el primer día, hubiera tirado la toalla de tanto calvario burocrático al que tuvo que hacer frente para lograr de una vez las licencias y permisos necesarios. Como casi siempre, la capacidad de respuesta y reacción de las administraciones va por muy por detrás del empuje de la iniciativa privada. En este caso, la puntilla a los retrasos endémicos de los organismos públicos vino también de la mano de la suspensión parcial del PXOM en esa zona concreta del litoral moañés.

Es solo un ejemplo de las muchas iniciativas de negocio y desarrollo que acaban rehenes de la desesperante selva burocrática cuando no fenecen en la travesía. Porque las carencias de planes urbanísticos, las suspensiones que afectan a otros o la demora infinita en sacarlos adelante, no sirven de justificación única para tanta inoperancia. La reactivación económica y la generación de empleo a la que apelan las administraciones quedan en evidencia cuando uno examina los obstáculos que éstas imponen frente a iniciativas que buscan precisamente esas finalidades.

Ocurre allá donde viéramos. En Pontevedra, la segunda fase del polígono comercial de O Vao, una iniciativa de carácter privado emprendida hace nada más y nada menos que 12 años, sigue en el dique seco. Lo peor es que siete firmas multinacionales con capacidad para contratar hasta 300 personas habían firmado preacuerdos para asentarse en sus naves. Y ni con esas.

"Seguimos esperando", se lamenta uno de sus promotores, el relevante empresario Víctor Nogueira, que retrata como el mismísimo Larra, lo absurdo e irracional del caso: "No hay oposición de nadie contra el proyecto, todo el mundo está de acuerdo con su desarrollo y, sin embargo, hay tal superposición de competencias entre las administraciones que el complemento de la normativa conlleva esto; o sea, que hay que esperar". También los empresarios que acudieron recientemente a la reunión de A Toxa del Foro Económico de Galicia incidieron en sus intervenciones en la excesiva burocracia como uno de los tres escollos, junto con la falta de suelo industrial y la fiscalidad, a los que tienen que hacer frente en sus industrias.

¿Cómo la confianza en nuestros gestores políticos no va a caer por los suelos si los mismos encargados de velar por el buen funcionamiento de las administraciones públicas, tanto locales, como provinciales, autonómicas y central, no hacen lo que debieran para acabar de una vez con tanta irracionalidad? Que los partidos permitan pudrirse asuntos así, sin abordar un pacto global que acabe con tantas trabas y ventanillas absurdas, demuestra que siguen tomando a los votantes por comparsas y que la política dista mucho de servir a los ciudadanos.

Para impulsar la economía, las administraciones públicas, en su diferente grado de competencia, deben fundamentalmente no entorpecer los avances con papeleos absurdos, trámites tortuosos y controles abusivos, racionalizando la gestión. Actuar como propulsores y nunca como frenos ralentizadores. Lo que está ocurriendo en el Puerto vigués, con la sangrante pérdida de tráficos a favor de Leixoes, además de por la estiba por las trabas en sus inspecciones, es paradigmático. Al margen de otras causas, formando como forman parte las dos terminales de la Eurozona, si los tiempos son mayores aquí que en Oporto porque en Vigo se respeta escrupulosamente la ley, oblíguese entonces a las inspecciones de los demás puertos a actuar con el mismo rigor. Si por el contrario, lo que ocurre es que aquí se actúa con un exceso de celo injustificado, oblíguese a sus causantes a hacerlo como es debido.

Otro tanto sucede con las empresas que, por las razones que ya todos sabemos, deciden asentarse en el norte de Portugal. Allí, por ejemplo, la burocracia ha dejado de ser un problema. La concesión de trámites es mucho más ágil que en Galicia y además reciben apoyos a todos los niveles, incluidos los municipales. Todo un contrasentido, conviviendo en la misma Eurorregión, que la Consellería de Industria pretende atajar con la Ley de Implantación Industrial, que incluye entre sus objetivos eliminar obstáculos burocráticos y facilitar inversiones.

Generar las mayores facilidades para que empresarios e inversores prefieran quedarse aquí y abrir nuevos negocios teniendo suculentas ofertas en otras partes ha de ser tarea común de todas las administraciones. Suprimiendo una burocracia desesperante para que aquellos se dediquen a lo que mejor saben hacer: buscar mercados, vender sus productos, crear riqueza y generar empleo.

Una administración eficiente no supone claudicar a los controles e inspecciones indispensables para el buen gobierno. Porque nada tiene que ver el control y la supervisión con la rigidez más inoperante. Y porque persistir en la exasperante lentitud de la maquinaria administrativa supone acabar con la paciencia de quienes están dispuestos a invertir en el territorio, que es lo peor que podía ocurrirnos.

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