11 de mayo de 2017
11.05.2017
El meollo

Ordenanzas añejas

11.05.2017 | 03:07
Ordenanzas añejas

Cuando Filgueira Valverde accedió a la alcaldía de esta ciudad a finales de los años cincuenta, el viejo profesor se quedó literalmente patidifuso al comprobar el inconfundible olorcillo añejo que desprendían las ordenanzas municipales vigentes. Algunos de ellas no habían sufrido retoque alguno desde su elaboración original a principios de siglo XX.

En líneas generales, nuestros munícipes han patentizado con el paso del tiempo una tirria enfermiza hacia las ordenanzas del Ayuntamiento cada vez que ha tocado meterles el diente y ponerlas al día. Tal parece como si ese asunto no fuera una de sus tareas más necesarias, a fin de espantar cualquier tentación de favoritismo, amiguismo u otras cosas peores.

Entre lo que hizo entonces el alcalde Filgueira en 1959, por supuesto que elegido a dedo por el sistema franquista, y lo que hizo ahora el alcalde Lores desde 1999, catapultado contra pronóstico por la vía democrática, hay una diferencia de actuación muy importante: Filgueira se puso de inmediato manos a la obra de actualizar las ordenanzas municipales y redactó alguna de su puño y letra. En cambio Lores miró para otro lado, como si todo estuviera bien, y acabó incluso bendiciendo un Plan de Ordenación de 1989, que criticó con saña cuando estaba subido al machito de una ruidosa oposición.

Por ese motivo tan ramplón, la recién llegada concejala de Promoción da Cidade, Anabel Gulías, está tratando de ponerle el cascabel al gato de las ordenanzas municipales de las terrazas de bares y cafeterías, cuyas principales disposiciones han permanecido casi invariables, manga por hombro, durante las últimas dos décadas.

La cosa no parece tan difícil, aunque un acuerdo general resulte poco menos que ilusorio o quimérico: siempre habrá a quien le parezca insuficiente y quien ambicione más. Entre tanta consulta y más consulta, incluido hasta el colectivo Pedaladas, (¿qué pinta en este velatorio que no es el suyo?), ya veremos cómo sale esa futura ordenanza y si satisface o no las expectativas abiertas.

El meollo de la cuestión está en saber hacia dónde estaban mirando y en que estaban pensando durante todos estos años los sucesivos equipos municipales, como para que una ciudad tan premiada como Pontevedra no cuente todavía con una normativa al respecto, presidida por el sentido común y adaptada al siglo XXI.

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