EDITORIAL

Hagamos más caso a los investigadores

07.05.2017 | 02:37

En plena revolución tecnológica, pocos asuntos generan tanto consenso como la importancia de la investigación y la innovación. Nuestra calidad de vida depende de lo que investigadores y científicos con sus conocimientos vayan descubriendo. Sin embargo, el gasto en estas áreas se redujo a la mitad en la última década, poquísimas empresas arriman el hombro, el sistema de becas no funciona, los sueldos son bajos, falta flexibilidad para contratar y premiar a los mejores, el talento se va para completar su formación, pero no encuentra razones para volver?

En Galicia, los investigadores de los institutos biosanitarios, con el respaldo de personalidades académicas y científicos de primer nivel y de los propios colegios oficiales, se han alzado esta semana contra el nuevo decreto de Facenda que supone el primer intento de regularizar su situación laboral. Lo rechazan porque no ven en él ni la solución para lograr la ansiada estabilidad ni atraer y retener talento. No nos podemos permitir más fiascos. Hagamos más caso a los científicos, a lo que nos enseñan pero también a lo que necesitan para hacer bien su trabajo.

Para que un proyecto pueda optar a una convocatoria de financiación europea es condición indispensable que el investigador principal tenga contrato indefinido. Para concurrir a una nacional, el Ministerio de Economía le exige, al menos, que le queden tres años de contrato. Sin embargo, al igual que los del resto de institutos de investigación de la Xunta, la veintena de científicos de la Fundación Biomédica Galicia Sur encadenan durante toda su trayectoria contratos temporales. Además de complicarles la vida sin opciones siquiera de pedir una hipoteca para asentarse, esto les ha hecho perder proyectos y llevado a la patética solución de tener que rogar a médicos y profesores de Universidad que figuren al frente de ellos con el fin de captar fondos.

Fallan los mecanismos para propiciar tanto la estabilidad laboral de los que se quedan como para lograr el retorno de talentos gallegos emigrados, lo que revela la escasa credibilidad, la falta de garantías y la desconfianza en la administración cuando se dispone a abordar asuntos de ciencia. Ante la rebelión del colectivo, que acaba de pedir por carta al presidente Feijóo la paralización del proyecto de decreto por el que se regula el régimen de contratación de personal investigador laboral de la administración gallega hasta que se resuelvan las deficiencias, la Xunta ha reabierto el plazo de alegaciones.

Escuchando a los afectados, el plan en marcha no es la solución: excluye la posibilidad de que haya profesionales estables, dificulta la capacidad de atracción y retención de talento fuera del marco de la Universidad, obstaculiza la captación de recursos y personal, imprescindibles para su trabajo; y frena la capacidad de Galicia para avanzar, innovar y revertir beneficios a la sociedad. A la vista de sus enmiendas y del respaldo obtenido de profesionales de gran prestigio, merece la pena escucharles.

Lo que subyace, la verdadera cuestión de fondo que el caso manifiesta y que debería invitarnos a todos a reflexionar seriamente, es la falta de ambición y de interés suficiente para propiciar aquí entornos más favorables a la investigación y la inteligencia. Hay producción científica, aunque dispersa, y loables esfuerzos por vencer las rigideces del sistema, pero insuficientes.

De la veintenta de investigadores y personal de apoyo de la Fundación Biomédica de Galicia Sur, solo tres tienen contrato indefinido y lo han logrado este verano tras una denuncia en Inspección de Trabajo. De los siete grandes fichajes para Biocaps, solo permanecen dos. El resto, acabado el proyecto, se ha ido. Es un reflejo de la poca capacidad de retención de talento. Ni se atrae el foráneo ni se retiene el formado aquí.

¿Quién está dispuesto a renunciar a una carretera o a un centro social para contratar a un científico? No existen, a la larga, euros más productivos que los desembolsados en conocimiento. Pero el día a día determina una realidad distinta. El capítulo del presupuesto para I+D+i mengua el primero cuando sopla la crisis. España está a la cola de Europa, y Galicia, en la parte de atrás de ese furgón. Cualquier niño de Primaria repite hoy como un papagayo la alineación de varios equipos de fútbol. A una mayoría de licenciados universitarios le resultará casi imposible recitar de carrerilla once científicos relevantes del momento. El sistema educativo y los palmeros sociales, que jalean a ídolos de barro y ríen con tolerancia sus desbarres, propician este desfase.

La Administración lamenta la escasa involucración de los empresarios. La debilidad del modelo nacional es su excesiva dependencia del dinero público. En España la filantropía, con salvadas excepciones, ni se estila ni se incentiva. El sector privado figura a la cola del país en fondos para la innovación por la limitada capacidad de las empresas, de pequeño tamaño. Tampoco suplió la carencia desarrollando una tradición colaborativa entre compañías. Las del País Vasco, por ejemplo, aunque competidoras en múltiples frentes, se ayudan entre sí para exportar o inventar. No hace falta estrujarse el cerebro para descubrir la piedra filosofal. Basta con imitar lo que funciona. A los retornados vascos y catalanes los derivan a centros de excelencia o facultades con ofertas sólidas y atractivas a cambio de resultados. Los vascos discuten muchísimo y apechan con una enrome factura social. Pero se ponen rápido de acuerdo en lo que inequívocamente beneficia al interés colectivo.

Repatriar a los sabios entraña otras cosas por delante de ofrecer buenos salarios. Es dar facilidades, en vez de levantar barreras burocráticas complejísimas y generar complicidades. Carecemos aquí todavía de la disposición general para aceptar y alentar a los innovadores. Crear un grupo de especialistas consolidado y de relevancia internacional requiere una década; para destruirlo bastan tres años: el tiempo justo para dejarlo morir de inanición al agotar todas sus fuentes de financiación competitivas.

Los territorios que más fondos destinan a I+D+i son los que mejor progresan. Las regiones con éxito comparten un espíritu práctico que desconoce los peros, promueven tejidos industriales diversificados y premian la inversión en diferenciación. En pocas palabras: abonan la cultura que conecta la investigación con la empresa. Acoplan saber y mercado. Lograrlo depende antes que cualquier otra cuestión de una adecuada estructuración de los recursos -abundantes o escasos, los que haya disponibles- y de una actitud abierta al cambio. Lo demás son discusiones estériles. No hace falta repetirlo por la cantidad de veces que ya lo hemos dicho, visto y oído. ¿Acaso no vamos a ser capaces de corregir los vicios del sistema para que el cuerpo científico pueda trabajar mejor?

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