19 de marzo de 2017
19.03.2017
De vuelta y media

El sanatorio de Caamaño

Proyectado por Emilio Salgado y abierto en 1932, fue un centro modélico hasta su incautación en la Guerra Civil y el fusilamiento de su propietario

19.03.2017 | 06:09

Probablemente Amancio Caamaño Cimadevila se sintió el hombre más feliz del mundo en 1932, aquel día de junio cuando abrió sus puertas el sanatorio que llevó su nombre al final de la calle Peregrina, kilómetro uno de la carretera de Pontevedra a Camposancos. Tal acontecimiento ocurrió solo diez años después de su llegada a Pontevedra con su doctorado en Medicina y Veterinaria bajo el brazo.

La culminación de un anhelo largo tiempo acariciado y al fin cumplido, o simplemente un sueño hecho realidad. Eso significó para aquel doctor humanista, elegante y vitalista, la disposición de un centro propio en donde volcar todos sus conocimientos y en donde depositar todas sus esperanzas.

Sin duda 1932 fue un año decisivo en la vida del doctor Caamaño. Entonces tenía 38 años, y no solo inauguró un hospital con su nombre, sino que también ganó una plaza de cirujano en el Hospital, donde empezó a trabajar en 1924 como auxiliar médico sin retribución alguna, labor que simultaneó con una próspera consulta privada.

Para opositar a aquella plaza tan codiciada, Caamaño renunció a su cargo de presidente de la Diputación, al que accedió tras la proclamación de la República. Los exámenes se desarrollaron en Santiago del 17 al 21 de junio de 1932 y finalmente logró su propósito por acuerdo unánime del tribunal calificador frente al otro aspirante, José García Pintos. Esa rotundidad académica silenció algunas murmuraciones ruines.

Los amigos y correligionarios de Caamaño montaron un banquete en el Hotel Progreso para celebrar su éxito, pero no hubo los tradicionales brindis en los postres para no herir susceptibilidades ajenas. Así de cargado estaba el ambiente dominante entre la clase médica pontevedresa.

Caamaño vivió con su familia en el número 15 de la calle Riestra, donde también tuvo su consultorio. A su simpatía y carisma, sumó su competencia profesional. Enseguida fidelizó una clientela y adquirió un gran arraigo social: lo mismo presidió la sociedad Recreo de Artesanos, que el equipo de fútbol Alfonso XIII.

A mediados de 1928 empezó a acariciar la idea de levantar un centro asistencial propio y puso manos a las obra. Pero tardó algún tiempo en elegir y comprar el solar, operación que cerró en diciembre de 1929.

Emilio Salgado Urtiaga, el mejor arquitecto de aquel tiempo en esta ciudad, con permiso de Juan Argenti Navajas, terminó el proyecto del sanatorio de Caamaño en junio de 1930. Tres meses después recibió el beneplácito del Ayuntamiento para su construcción sin la menor objeción. Exactamente la autorización municipal se dató el 29 de septiembre de aquel año.

Las obras empezaron de inmediato bajo la dirección del propio Salgado y concluyeron un año y medio después. El sanatorio recibió un elogio unánime del estamento sanitario. No tuvo nada que envidiar al centro quirúrgico levantado en 1926 por Marescot en la carretera de Marín.

La edificación tenía forma de "L" y constaba de dos plantas y un sótano, que ganaba tamaño por su desnivel lateral sobre un camino vecinal. Muchos años después, aquel callejón sin urbanizar se convirtió en la actual calle San Pedro de Alcántara, nombre felizmente propuesto por su vecino más ilustre, Amancio Landín Carrasco.

El pórtico de entrada al sanatorio, con una amplia escalinata que desembocaba en una gran puerta de doble hoja en hierro forjado y cristal, con dos potentes columnas a cada lado, daban a la edificación en piedra un aire verdaderamente majestuoso. Un ventanal en forma de arco en el piso superior embellecía todavía más su fachada principal.

La planta baja se abría con un vestíbulo, la sala de espera y el despacho de administración. Al otro lado, disponía de siete dormitorios alineados, una zona intermedia con dos baños y aseos, y un amplio comedor. Hacia el interior albergaba el área quirúrgica: sala de operaciones, instrumental, rayos X y una cuarta sala de electro.

La planta alta seguramente estaba destinada a vivienda de la familia Caamaño, y disponía de cinco dormitorios, gran comedor, cocina, aseos, office, dependencia para servidumbre y terraza. Y el sótano contaba con cocina, despensa, garaje, almacén y la instalación de calefacción.

Los sanatorios de Marescot y Caamaño mantuvieron una dura competencia: cada anuncio a toda página que publicaba uno en la prensa de la época, respondía el otro de igual manera.

Amancio Caamaño siempre estuvo muy orgulloso de su sanatorio y de su trabajo, pero evitó cuanto pudo cualquier ostentación pública. Varias referencias periodísticas certificaron su rotunda negativa a hablar de sus excelencias médicas o de sus logros asistenciales. A un periodista que recibió en especial ocasión dijo que no tenía inconveniente en charlar sobre literatura, arte, política o cualquier otra cosa, menos de su sanatorio y de su labor. Así quedó reflejado.

El sanatorio afrontó en 1935 una remodelación interna para incorporar nuevos equipos. A la casa Sanitas, de Berlín, adquirió modernos aparatos de diagnóstico y radiología: lámparas de cuarzo, masajes eléctricos, corrientes galvánicas, etc.

Todo aquello por lo que Caamaño luchó tanto, se desvaneció por la Guerra Civil. Él no se fugó, ni se escondió. Al igual que otros, seguramente creyó que no tenía nada que temer, porque se distanció del Frente Popular, aunque nunca renunció a sus convicciones republicanas. El 18 de agosto de 1936 la autoridad militar que ocupó Pontevedra firmó su destitución como médico del Hospital, junto a Luís Poza Pastrana. Enseguida fueron detenidos y encarcelados, hasta su fusilamiento el 12 de noviembre después de un juicio engañoso.

El sanatorio de Caamaño fue incautado y acogió la Jefatura de Sanidad en los años cuarenta, hasta la devolución a su familia por sentencia judicial. Todo un logro en aquel tiempo.

A partir de 1950 albergó el Colegio Inmaculada, que allí vivió su mejor época, hasta su cierre inexorable en 1977, víctima propiciatoria del boom urbanístico. No obstante, el edificio original se desmotó piedra a piedra por el contratista Raúl Portela a cuenta de un ricachón venezolano para su traslado hasta Areas, donde hoy languidece en su abandono.

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