07 de febrero de 2017
07.02.2017

Tuitercracia

07.02.2017 | 01:49
Tuitercracia

A este paso, los diplomáticos pasarán a engrosar la lista de empleos prescindibles. Ni canje de notas, ni llamada a consultas, ni letras patentes o cartas credenciales: unos cuantos tuits bastan hoy para dejar claras las posturas en el escenario internacional, una tendencia a la que se suman cada vez más líderes, y no solamente los extravagantes. La agenda política interna sigue también los ciento cuarenta caracteres como antes se hacía con el oráculo. Orillemos la doctrina, la oratoria o los procedimientos legislativos: es la hora de la frase corta con intención de epatar, y todo lo demás es una antigualla con aroma a naftalina o alcanfor.

La inmediatez que ha implantado en la vida pública el uso de los medios digitales no merecería ninguna objeción si estuviera precedida del oportuno tiempo de reflexión. No tengo nada claro que eso ocurra en la actualidad, en que se suceden tuits en cuestión de segundos, ya sea para detener los planes millonarios de inversión de una potente industria multinacional, para alterar el statu quo en extremo oriente, para opinar sobre una decisión judicial compleja que no se ha tenido momento ni tan siquiera de leer, o para influir en la sociedad sobre un acontecimiento que se acaba de producir, y todo ello mucho antes de iniciar los correspondientes procesos que conduzcan a la toma de decisiones formales en tales sentidos, tras los convenientes análisis y estudios reposados.

Para asuntos sin trascendencia estas tecnologías se han demostrado de una utilidad contrastada, pero tengo mis dudas de que lo sean para la gestión de las relaciones exteriores o el gobierno cotidiano de un país, en especial cuando anticipan de forma imprudente y apresurada lo que sin duda requiere de espacios de ponderación y mesura.

Esta vida pública virtual congenia ahora lo peor de la improvisación y la trivialidad. En realidad, no deja de ser un nuevo y genuino producto del populismo, que lo que persigue por encima de todo es engañar. Por eso, sorprende que cada vez más personalidades que se autoproclaman alternativa sensata a estas insufribles opciones, sucumban a esta moderna corriente, que pretende encerrar en un minúsculo párrafo lo que precisaría de volúmenes y aun así no se acertaría a enfocar del todo.

Quienes saludan la llegada de estas nuevas formas en la cosa pública apuntan, además de a la naturalidad que supuestamente exteriorizan, al necesario adelgazamiento de las estructuras administrativas, en especial las que se refieren al servicio exterior. Es posible que lleven algo de razón en esto, porque cuando sufrimos un problema en el extranjero, acostumbramos a contactar con la compañía de seguros en lugar de hacerlo con los funcionarios consulares, salvo que pretendamos convertir al inconveniente en irresoluble, como con sana sorna me comentó hace años precisamente uno de estos altos servidores del Estado. En esta órbita, en la que las comunicaciones internacionales y las tecnologías han avanzado tanto, quizá debiéramos redefinir la dimensión, funciones y coste de los cuerpos diplomáticos, indudablemente anclados en un pasado que nada tiene que ver con un presente y futuro de relaciones directas en pantalla y tiempo real entre los puntos más alejados del planeta, de sistemas informáticos sofisticados que aseguran el estricto cumplimiento de obligaciones legales en quienes viajan por el mundo y de estructuras internacionales que demandan de una única voz exterior en cada país, sin contar con las enormes facilidades que hoy existen para desplazarse de un lugar a otro en pocas horas, lo que podría eximir de presencia fija de estos empleados públicos por los cinco continentes.

De no emprender pronto ese debate, la tuitercracia se encargará de zanjarlo, sepultando a la diplomacia que conocemos de igual modo que lo puede hacer también con la democracia, sustituyéndola por eslóganes destinados a cautivar al personal, por más que contengan cada segundo simplezas de formidable calibre.

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