11 de diciembre de 2016
11.12.2016
EDITORIAL

La buena política, el freno al populismo

11.12.2016 | 03:24

El mundo atraviesa un periodo de inestabilidad. Lo imposible sucede y provoca terremotos. Al "Brexit" le siguió la victoria de Trump, dos acontecimientos que pocos pronosticaban, y la dimisión del jefe del Gobierno de Italia tras convertir de manera prepotente y temeraria un referéndum reformista en un plebiscito personal. La derecha retrógrada crece en Austria, triunfa en Hungría y Polonia y supone una amenaza real para los Países Bajos, Francia y Alemania, con comicios a la vista. Las sacudidas asientan su base en un mismo fenómeno, un populismo que manipula la irritación construyendo un relato falso de la realidad. El mejor antídoto para esta plaga es recuperar el espíritu crítico y la buena política, la que se materializa en acciones tangibles que mejoran la vida de los ciudadanos.

Los especialistas biosanitarios explican el cáncer como el tributo obligado que hay que pagar por un gran logro en la evolución humana: el paso de organismos unicelulares a pluricelulares. El proceso no avanza exento de imperfecciones genéticas porque los mecanismos de autorreparación a veces fallan. Las células dañadas responden convirtiéndose en egoístas -crecen rápido-, inmortales -no se extinguen con nada- y viajeras -empiezan a expandirse por el organismo-, dando lugar a tumores y metástasis. El populismo representa para esa conquista extraordinaria que es la democracia lo que el cáncer para el hombre: una consecuencia perversa de las deficiencias de funcionamiento.

El populismo, estrategia emocional, carece de modelo social, de soluciones reales, de propuestas concretas y de ideología reconocible: adopta cuando brota la que coyunturalmente convenga para atraer a una masa encolerizada. Lo mismo arraigan líderes populistas en la izquierda radical, como en España o en Grecia, que en la derecha montaraz, como en Estados Unidos o Centroeuropa. Sus pautas de comportamiento son idénticas y persiguen un mismo fin: la obtención rápida, inmediata, del poder aprovechando la confusión y el desconcierto.

Los populistas son tipos carismáticos, provocadores y polarizadores, que capitalizan en tiempos duros el prestigio del rebelde. A estos redentores nada les importan la democracia y el pluralismo porque, a su juicio, solo su ideario representa la pureza de un sistema corrompido por el resto. Y ven al discrepante como un inmovilista defensor de privilegios interesados de casta. Por eso, cuando consiguen triunfar en las urnas, sus gobiernos derivan siempre en regímenes autoritarios que erosionan las libertades individuales, colocan las instituciones a su servicio y siembran tempestades de intolerancia.

El detonante del populismo no hay que buscarlo ni en la recesión, ni en la desigualdad, aunque se produzcan casos escandalosos de injusticia y de reparto inadecuado de los recursos. Miles de personas lo han pasado mal con la crisis. La clase media ha salido muy castigada. Pero en términos globales las sociedades viven hoy mucho mejor que una generación atrás. Si la raíz fuese solo económica resultaría imposible justificar por qué fenómenos así arrasan en Norteamérica o los países nórdicos, que han resistido el vendaval con menos del 5% de paro. Así pues, influye, y mucho, pero no es la causa determinante.

Tampoco la necesidad desesperada de remedios sencillos e indoloros, la ignorancia de los electores o la corrupción y la falta de rodaje democrático sirven para explicar, en exclusiva, lo que está ocurriendo. Contamos con las generaciones mejor formadas de la historia. Si de propuestas mágicas tratamos, cabría considerar populistas a todos los partidos. Ninguno escapa a la demagogia a la hora de prometer milagros. Y democracias con poso y profunda conciencia ética, como la británica o la sueca, donde los gobernantes dimiten por copiar tesis doctorales o por nimios gastos de representación inadecuados, también cayeron atrapadas por este espectro.

Lo único que catapulta el populismo es la elusión de responsabilidades individuales, esperando que los problemas los resuelvan siempre otros, y la quiebra de confianza entre el pueblo y sus dirigentes. Las administraciones y los parlamentos occidentales han fracasado en atraer a los mejores, que prefieren eludir el desgaste de lo público y concentrarse en sus vocaciones profesionales. La política se ha vuelto así endogámica, obtusa, poco participativa, con dinastías que copan cargos. Una actividad sin ventilación y difícil de comprender por su sofisticación. Los políticos, con despotismo, no asumieron la tarea de explicarla debida y razonadamente al ciudadano. El pueblo estalla contra las élites porque no entiende sus enredos y ya no le garantizan protección: ni en casa -inseguridad, sacrificios, fuga de empresas-, ni fuera -yihadismo, inmigración descontrolada, competidores desleales-. Por ahí se cuelan los populacheros, jugando a rescatadores de una supuesta y virtuosa voluntad popular secuestrada.

El populismo siembra el odio visceral, lo vemos cada jornada, y divide moralmente a la sociedad con maniqueísmos. Ganar dinero con un piso es ético si lo consigue alguien del clan y vil especulación si el beneficiado milita en el lado oscuro. Antes de que sea demasiado tarde, no existe otra receta para frenarlo que hacer política de la buena, útil y práctica. Fomentando un debate público inteligente y de calidad. Eliminando la tecnocracia ininteligible de los asuntos colectivos. Hablando. Resolviendo. Decidiendo. En España ha bastado un tibio acercamiento de los partidos principales tras el improductivo bloqueo para que la imagen de la política quede revitalizada, según certifica la última encuesta del CIS, con logros concretos como la subida del salario mínimo, la aprobación del techo de gasto, la anulación de las polémicas reválidas y el compromiso de consensuar un nuevo modelo educativo.

El populismo se propaga con caretas diversas. Se sabe, muchos lo experimentaron, cómo empiezan y cómo acaban estas tácticas, la fragmentación y el estropicio que arrastran y lo baldías que resultan para el bien común y el progreso. "Cuánto más dolorosas son las consecuencias de la ira que sus causas", lamentó Marco Aurelio en sus "Meditaciones". Que lo que ocurra en el futuro con los arrebatos nacidos de la indignación no nos haga comprobar lo atinado que el emperador romano andaba en sus predicciones sobre esos caudillos medradores que convierten en sus rehenes a las gentes de buena fe.

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