Nadia, una catarsis colectiva

09.12.2016 | 04:55
Nadia, una catarsis colectiva

Ni Mister Scrooge se hubiera ensañado de esta manera con un cuento de Navidad tan perfecto. La historia de Nadia Nerea, la niña aquejada de una rara enfermedad genética que la llevaba a la muerte inminente, es falsa casi en su totalidad. Una investigación periodística del diario "El País" ha desvelado que los miles de euros recaudados por su familia en el nombre de su fragilidad no se han destinado a ninguna operación de emergencia para prolongar su vida, ni para cura experimental alguna en laboratorios punteros.

Su padre, Fernando Blanco, ha reconocido tras organizar una campaña solidaria que reportó 150.000 euros a la causa de la pequeña hace dos semanas, que la llevaba a curanderos y no a Houston, y que se inventó la mayoría de las terapias prometedoras y los peligros que acechaban a la menor, hoy de 11 años, que según parece no corre riesgo de morir a causa del extraño mal que padece, la tricotiodistrofia. Dice que devolverá el dinero, cosa imposible porque dudo que los miles de personas que aportaron una pequeña cantidad a los muchos festivales que se convocaron en su nombre vayan a presentar reclamaciones. Todos esos contenedores de tapones de plástico que alguien vació y convirtió en dinero para la pequeña, ese esfuerzo y esa confianza, no se pueden recuperar. Las explicaciones delirantes del progenitor, que decía haber viajado a Afganistán para encontrar a un científico escondido en una cueva con una posible cura, su propio cáncer que no recibe tratamiento por ocuparse de la pequeña, los contactos con investigadores ocultos por los servicios de inteligencia... ahora sí vemos claro que la historia de Nadia tenía más grietas que avales. Ojalá los entendidos en materia médica hubieran avisado. Ahora nos percatamos de una gigantesca tomadura de pelo que ha durado años, y que ha implicado a famosos dispuestos a mojarse por una buena causa. Individual, pues las buenas causas comunes se llaman despectivamente revolución, populismo o demagogia y no merecen tantos "me gusta" en las redes sociales. Pobre nena, con semejantes cuidadores, qué va a ser de ella. Deberemos agradecerle al menos la catarsis colectiva que nos ha proporcionado.

En la maravillosa película argentina "El ciudadano ilustre" (en cartelera) un padre se acerca al protagonista, premio Nobel de Literatura, para pedirle que sufrague una silla de ruedas para su hijo. Lleva con él al chaval, en plan "extorsivo", algo que repatea al muy antipático protagonista, quien se niega en redondo a que le tomen por una oenegé, y a suplir los deberes del Estado por el hecho de tener pasta. Queda el escritor como un soberbio y un egoísta, rácano y sin sentimientos. Me encantó la escena, me vi reflejada. Soy la borde que nunca reenvía mensajes para que se subvencione no sé qué proyecto, no participa en la veintena de campañas navideñas, ni va a conciertos a beneficio de, ni vota online para nada filantrópico. Prefiero dar la murga para mejorar los servicios públicos, apoyar a asociaciones, manifestarme en mi barrio y reclamar el retorno de mis impuestos, antes que ofrecer donativos a privados para solapar los deberes del Gobierno. No confío en las soluciones particulares, porque son hambre para mañana, y me fío de los médicos que tengo a mano. Con todo, alguna vez me he ablandado, me he dejado llevar por el alud de buenos sentimientos que acompañan a las causas nobles y me he rascado el bolsillo. Con Nadia no me han pillado, pero igual caigo en la próxima gran estafa.

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