20 de noviembre de 2016
EDITORIAL

El consumo de alcohol en menores, un problema de todos

20.11.2016 | 02:29

Beber alcohol se ha convertido en un hábito peligroso entre muchos adolescentes gallegos. Con ser sumamente grave, lo es todavía más la constatación de que las edades de consumo son cada vez más bajas. Alarma comprobar que los hospitales gallegos estén tratando ya a niños y niñas de 12 años por comas etílicos. Cuatrocientos menores fueron atendidos en Urgencias en el último año. En Galicia igual que en el resto de España. Por desgracia ha tenido que morir el pasado 1 de noviembre una niña de 12 años en el sur de Madrid a consecuencia de la gran cantidad de alcohol ingerida para evidenciar la magnitud del problema de salud pública en ciernes.

El consumo de alcohol se ha convertido en una práctica de riesgo entre muchos jóvenes gallegos. Las encuestas reflejan que comienzan a beber de media antes de cumplir los 14 años, lo que supone que no pocos lo hacen incluso a los 11 o 12, hasta el extremo de que la edad de inicio es de las más bajas de Europa.

El alcohol es la sustancia más consumida por los menores y en mayor medida en mujeres que en hombres. El 73,6% de los jóvenes de 14 a 18 años asegura haberlo bebido en el último año. En el conjunto de España, la cifra escala hasta el 76,8%.

Más inquietante es que uno de cada cinco menores se haya emborrachado en el último mes y que el 75% compre las bebidas en bares y pubs pese a estar prohibida su venta a este colectivo. Otro 17% asegura que lo consigue a través de sus familiares adultos. Y a pesar de que desde 2008 la Xunta prohibió el consumo de alcohol en la vía pública, seis de cada diez estudiantes de 17 y 18 años participa en botellones, y uno de cada diez chavales de 14 declara haber estado en este tipo de concentraciones el último año.

Estamos pues ante una práctica muy extendida entre los jóvenes que pone en riesgo su salud y que concierne a todos. Médicos, psiquiatras y psicólogos alertan de los peligros que supone ingerir este tipo de bebidas antes de los 21 años. Según la opinión unánime de estos profesionales, el riesgo para el cerebro es incalculable al tratarse el alcohol de una sustancia química que perjudica su desarrollo. Además, el peligro de adicción es muy superior entre los menores. La mitad de los niños que bebe a los 14 acaba siendo un adicto, mientras que si la edad de inicio supera los 21 ese riesgo se reduce al 10%.

A la vista está que su consumo indiscriminado es ya una amenaza para la salud pública y hasta ahora todas las medidas encaminadas a atajarlo se han demostrado insuficientes. Nos hallamos ante una cuestión lo suficientemente peliaguda como para que lo que está ocurriendo no caiga en saco roto.

Los problemas de nuestros menores son problemas de todos. Así lo entienden los profesionales sanitarios, los padres y los profesores consultados por este periódico durante la última semana. Su magnitud obliga a actuar en todos los frentes. El hecho de que a los menores se les sigue vendiendo alcohol, aunque a muchos se lo proporcionen jóvenes de más edad, evidencia la ineficacia cuando no pasividad de las autoridades y de los servicios policiales para plantar cara a quienes se lo suministran.

Por la razón que sea, bien por una tolerancia mal entendida por indiferencia o conformismo, hay una renuncia generalizada a aplicar las denominadas leyes contra el botellón en todos sus frentes. También desde el punto de vista del orden público a la hora de tolerar los ruidos y la suciedad de nuestras calles y plazas los fines de semanas.

Por su parte, los alcaldes dicen sentirse impotentes para cumplir la norma por falta de medios y piden a los padres que se impliquen. Aunque no solo eso explica que este fenómeno se haya ido de las manos haciendo que su solución sea cada vez más compleja.

Es cierto que no basta con más multas y patrullas policiales. Lo que hay detrás es también un problema social y de valores, en el que las familias tienen sus responsabilidades y obligaciones. No resulta lógico que niños de 12, 13 o 14 años participen de botellones, algunos incluso a horas impropias para su edad, ante la dejación de responsabilidades de sus padres.

Algo falla también en las políticas de prevención de las autoridades sanitarias y educativas cuando nuestros jóvenes perciben el alcohol como una droga inocua y piensan en emborracharse como alternativa de diversión los fines de semana.

Y dado que las leyes no modifican la realidad por el mero hecho de ser aprobadas o modificadas, habrá que trabajar en serio en campañas de información y alternativas saludables de ocio para la juventud. Si cuidar por el futuro de nuestros jóvenes es una exigencia insoslayable de todos, más aún lo es prevenir el abuso de alcohol entre quienes no tienen edad para medir sus consecuencias.

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