EDITORIAL

Una vuelta de tuerca al reequilibrio territorial

16.10.2016 | 01:59

Cada habitante de Oleiros, el municipio gallego con el nivel medio de renta más alto por contribuyente, dispone de unos recursos personales que triplican los de cualquier vecino de Cervantes y Toques, en el interior de las provincias de Lugo y de A Coruña respectivamente, los concellos a la cola, según una estadística de la Agencia Tributaria elaborada este año por primera vez en base a las declaraciones del IRPF. La población con las rentas más altas de Galicia se concentra en apenas el 9% de los concellos. O dicho de otro modo, los veinte municipios de más renta acaparan casi la mitad de toda la riqueza de Galicia. Lejos de acortarse, la brecha que separa la Galicia del litoral de la del interior se ensancha cada vez más. La comunidad sigue siendo un territorio fragmentado y de grandes diferencias. Necesita volver a encontrar su equilibrio.

La Galicia en desarrollo que conocemos empezó a construirse en 1973 con la primera piedra de la Autopista del Atlántico, una infraestructura clave en la vertebración de la comunidad, pese a la fuerte contestación que rodeó la obra desde sus orígenes. A ella se sumaron las dos autovías con la Meseta -la de las Rías Baixas desde el Sur, y la del Noroeste, desde el Norte-, que se iniciaron en el bienio 1993/94 y que con su conclusión pusieron fin al secular aislamiento de la región agravado por su emplazamiento en la esquina peninsular.

Sin duda, la AP-9, que cruza Galicia de Norte a Sur por la fachada atlántica, marcó un punto de inflexión en el crecimiento de su entorno, que concentra las mayores áreas urbanas gallegas, e impulsó su despegue frente a la decrépita Galicia interior, alejada de su influencia y castigada severamente por la sangría demográfica y el envejecimiento poblacional.

Lo cierto es que la existencia de desigualdades en el desarrollo de Galicia es una realidad constatada desde hace décadas, si bien no es algo exclusivo de esta comunidad. Otras muchas lo padecen. Lo verdaderamente grave es que ninguna de las Xuntas que son y han sido se hayan atrevido a apostar por un decidido modelo de distribución compensada entre la costa y el interior del gasto, la dotación y las infraestructuras. Y que las pocas iniciativas globales alumbradas acabasen dormidas en los cajones cuando no devoradas por el electoralismo ramplón y las inversiones decorativas.

Resulta lógico que la aglomeración de trabajadores y empresas, consumidores y productores, se concentre en torno a los limitados polos de crecimiento asentados sobre actividades industriales modernas. Lo ilógico es que los políticos deserten de planes de reequilibrio ,sabedores como son de que el error perjudica al conjunto de Galicia. Que nada se haga para detener la sangría poblacional al menos en algunas comarcas.

Uno de esos proyectos ambiciosos en el que estaban depositadas fundadas esperanzas se puso sobre la mesa hace ahora dos años en el interior de la provincia de Pontevedra. Se trataba de una pionera iniciativa de cooperación que buscaba dar soluciones al ansiado reequilibrio territorial y a la desertización poblacional de los concellos del Deza, Tabeirós, Terra de Montes y también de la zona del Lérez. El plan arrancaba con la implicación de las tres universidades gallegas tuteladas por la de Vigo y contaba con el respaldo de los municipios afectados.

El objetivo era articular un prototipo de entendimiento, unidad municipal y colaboración, que sirviese de análisis global para el conjunto de la Galicia interior. De territorios que comparten problemáticas y preocupaciones, en el que las villas serían claves al margen de las siete ciudades y de las áreas urbanas. Un plan integral que en una segunda fase de definición de espacios fuese exportable a todo el territorio rural gallego y sirviese para modificar su faz. Lo que pretendía ser una ventana a la oportunidad en manos de un potente grupo de trabajo, no pasó del índice. Ahí se quedó, como paradigma de las cosas que se hacen mal en Galicia.

Querer es poder. Ejemplos hay de iniciativas turísticas que han sacado del atraso y el aislamiento a pueblos semiabandonados, para lucir aldeas recuperadas y cuidadas enmarcadas en rutas ideales para el senderismo, paisajes sorprendentes, paz infinita para el que anhela sosiego, de la mano de gentes hospitalarias y de emprendedores valientes. Algo que sonaba a ciencia ficción hace bien poco.

Un revolcón valioso, sin duda, pero insuficiente para hacer cambiar las cosas. Hay que concebir los desarrollos futuros en los que depositar nuevas esperanzas para que esa Galicia interior a punto de borrarse del mapa remonte el vuelo. Hace falta sembrarla de ideas valiosas para que germinen. Como en su día fue y lo sigue siendo la cooperativa Coren, sostén económico y social del rural ourensano y constatación de que la vertebración del rural también es posible si se actúa conjuntamente en clave de país.

Esa convivencia espacial entre la conurbación metropolitana y la periferia, entre la costa y el interior, entre la región desolada del rural y la concentrada en la fachada atlántica, sigue siendo la esencia irresuelta de nuestros quebraderos. Lo peor es que nadie fija un rumbo cohesionado. Nadie traza, por la carencia absoluta de imaginación, la hoja de ruta, certera o errónea, para solventar esas pulsiones encontradas que cercenan el desarrollo, obstaculizan la potencialidad de Galicia en su conjunto y retardan su progreso.

Según el primer ejercicio desglosado de la Agencia Tributaria sobre la renta familiar correspondiente a 2013, los diez ayuntamientos en peor situación siguen siendo prácticamente los mismos que hace treinta años. Todos están en el interior. Y viceversa; en cabeza de la clasificación, las áreas urbanas y los entornos más alejados de aquel territorio.

En el furgón de cola, Cervantes y Toques, con una renta media per cápita de poco más de 11.000 euros anuales. No solo están los últimos en el ranking gallego, sino también en el nacional junto con otras ocho localidades del resto de España. En el atlas gallego aparecen entre los de menor renta Negueira de Muñiz, Chandrexa de Queixa, Ribeira de Piquín, As Nogais, Riós y Baltar. En el polo opuesto, Oleiros, donde tienen su residencia algunos de los principales empresarios y ejecutivos gallegos, encabeza la clasificación con una renta media per cápita de 34.698 euros. En la parte alta aparecen todas las ciudades y municipios satélites. Por lo mismo que Oleiros, Nigrán y Baiona, en el caso de Vigo; Marín y Poio, en las alas de Pontevedra; Pereiro de Aguiar, a la sombra de Ourense. As Pontes, en su momento sede de una de las minas más relevantes de todo el país, sigue en puestos de cabeza al mantener parte del tirón industrial de la central térmica de Endesa; de hecho esa es también una de las explicaciones de que las pensiones en este municipio se encuentren entre las más elevadas de la comunidad. Un espejismo es el caso del pequeño y envejecido concello de Mondariz-Balneario, que sorprende entre los grandes motivado, no por el vigor de su economía, sino por el peso de los vecinos que en su momento emigraron a otros países y retornaron con mejores jubilaciones.

Las desigualdades persisten respecto al Oriente y el Occidente. Galicia necesita reflexionar nuevamente sobre la vertebración de su territorio para lograr una ordenación racional a la altura de estos tiempos, útil, que facilite la vida a los gallegos, que coordine los recursos y los disponga para el interés público y el bien común evitando sonrojantes despilfarros en proyectos estériles. Debemos entender el reequilibrio como un deber de justicia y un mandato de eficacia. La Galicia urbana y la rural son activas. Hace falta acabar con tanta brecha y extirpar los profundos males estructurales existentes. Sembrarlas, lo primero de ideas valiosas, para que produzcan riqueza. No existe otro camino que reduzca la desigualdad.

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