Kierkegaard y Kafka (y II)

10.10.2016 | 01:50
Soren Kierkegaard.

En la tarde del 13 de agosto de 1912, Franz Kafka acude a casa de su amigo Max Brod y conoce allí a Felice Bauer, joven de veinticuatro años afincada en Berlín donde trabajaba como secretaria de dirección en una empresa dedicada a la fabricación de dictáfonos y equipos de grabación. Si Kierkegaard se vio deslumbrado desde un principio por Regina, no ocurre lo mismo con Kafka, a juzgar por el nada halagüeño retrato que de Felice hace en su diario; "la tomé por una criada", escribe; y añade: "Tampoco sentí curiosidad alguna por saber quién era, pero enseguida me sentí cómodo con ella. Rostro huesudo, vacío, que llevaba su vacío al descubierto. Cuello despejado. Blusa que le caía de cualquier manera (?) Nariz casi quebrada. Rubia, cabello algo tieso y sin encanto, barbilla robusta." Un año después, en mayo de 1913, se encuentran en Berlín, donde ella reside, y él es presentado a la familia de Felice. Su relación será eminentemente epistolar. Se conservan las cartas que él le escribió, no las de Felice.

El 14 de agosto de 1913, anota en su diario palabras con las que ya da cuenta de los sentimientos encontrados que presidirán la tortuosa relación de la pareja: "La quiero (?) La quiero dentro de lo que soy capaz, pero el amor está enterrado hasta sofocarse bajo el miedo y los reproches a mí mismo. (?) Vivir lo más ascéticamente posible, más ascéticamente que un soltero; esta es para mí la única posibilidad de soportar el matrimonio." El germen del conflicto empieza a asomar. Él le explica que la vida que le espera no es una vida feliz en pareja sino una "vida claustral al lado de un hombre malhumorado, taciturno, insatisfecho, enfermizo." Piensa que Felice, que es una joven "sana, alegre, natural, vigorosa", con él habría de ser desgraciada.

El 1 de junio de 1914 se hace oficial en Berlín el compromiso entre ambos. Es reveladora la imagen con la que Franz Kafka anota el 6 de junio este episodio en su diario: "He regresado de Berlín. Estuve atado como un criminal (?) Esto ha sido mi compromiso matrimonial." El 12 de julio siguiente se produce ya la ruptura, escenificada y formalizada en un encuentro que tuvo lugar en un hotel berlinés (el Askanischer Hof), episodio que Kafka vivió como una sesión ante un "tribunal". Al mes siguiente empieza a escribir El proceso. Esta proximidad temporal y otras coincidencias llevan a Elias Canetti a sostener su conocida tesis según la cual el contenido emocional de aquellos episodios pasó a formar parte de El proceso. El episodio de la detención, que aparece relatado ya en el primer capítulo de la novela, sería un trasunto del encuentro donde se formalizó el compromiso matrimonial; y la ruptura ocurrida en el hotel valdría como la escena de la ejecución en el capítulo final de la novela.

No obstante la ruptura, su relación epistolar no cesa y en julio de 1917 contraen nuevo compromiso, esta vez en Praga, pero llegada la última semana de diciembre vuelven a romper, y ya definitivamente, su compromiso matrimonial. Dos años después, Felice contraerá matrimonio con un hombre de negocios berlinés. Al enviudar, en 1955, se decide a aceptar la propuesta de la editorial Schocken para vender las cartas que conservaba de Franz Kafka, de las que le cuesta desprenderse; es lo único que le queda de él, de quien guarda buen recuerdo. "Mi Franz era un santo" le dice Felice Bauer a Nahum N. Glatzer, partícipe en las negociaciones con la editorial para la compra de las cartas, y ante él rememora entre lágrimas los últimos instantes de su despedida, cuando Kafka, su Franz, le da la mano y la acompaña hasta la puerta que al cerrarse puso fin al último capítulo de su historia.

¿Qué llevó a Kafka a no proseguir su relación con Felice? ¿Qué temores le hacen volverse atrás después de dos compromisos matrimoniales con la misma mujer? Sin duda, la idea de que el matrimonio era incompatible con la entrega que de él exigía la literatura; él mismo lo expresa sin ambages en su diario: "Era, principalmente, la consideración hacia mi actividad de escritor lo que me detenía, porque creía que dicha actividad se vería comprometida por el matrimonio". La literatura era su vida, Kafka era constitutivamente literatura; es "la manifestación más productiva de mi personalidad", escribe en su diario. En otro momento anota: "mi felicidad, mis aptitudes y cualquier posibilidad de ser útil en algún aspecto residen desde siempre en lo literario". Y por fin lo proclama: "no soy otra cosa que literatura, y no puedo ni quiero ser otra cosa". Por eso, "todo lo que no es literatura me aburre y lo odio". Si Kierkegaard dijo de sí mismo que él no era sino reflexión en estado puro, Kafka afirma que él no es otra cosa que literatura. Todo lo que le distraiga de ella termina por odiarlo. Ocurrió así con su trabajo en las oficinas del Instituto de Seguros de Accidentes de Trabajo; podía suceder con Felice si al final se casaba con ella.

Ese paralelismo entre ambos fue percibido por el propio Kafka. "Hoy he conseguido el Libro del juez de Kierkegaard" -escribe en su diario el 21 de agosto de 1913-. "Como ya suponía, su caso, a pesar de algunas diferencias esenciales, es muy semejante al mío, por lo menos se encuentra en el mismo lado del mundo." Ese lado del mundo es la frontera del espíritu sobre la que Kierkegaard se preguntaba si en tal lugar podía estar destacado un soldado casado. Y Kafka -nos dice Citati- "era un soldado en las desoladas fronteras del espíritu: también él luchaba contra los embates de la melancolía, las tentaciones de la nada, la angustia de lo posible y de lo impensable?"

Ambos eran espíritus alentados y agitados por una energía que desde lo más hondo determinaba el sentido de una vida donde no había espacio para otro proyecto; lo había para el amor, no para el matrimonio. En el corazón de Kierkegaard, cristalizó la perennidad de su amor por Regina, a la que no sustituyó por mujer alguna. Por la vida de Kafka, sin embargo, pasaron otras mujeres después de Felice: Julie Wohryzek, Milena Jesenská y su amor último, la dulce y entregada compañera de los últimos meses de su vida, Dora Diamant.

*Magistrado de la Audiencia Provincial en Vigo

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