EDITORIAL

El 25-S exige soluciones para el progreso de Galicia

07.08.2016 | 03:04

Los gallegos decidirán en las urnas el 25 de septiembre quién quieren que los gobierne en los próximos cuatro años. Básicamente, tienen que elegir si apuestan por la continuidad que representa el PP, para lo que precisa bien repetir su mayoría absoluta bien un posterior acuerdo con C´s, caso de que esta fuerza obtenga representación, o si apuestan por un cambio cimentado en una eventual alianza postelectoral de izquierdas entre PSOE, En Marea con Podemos y BNG.

Estamos ante unos comicios que vienen marcados, por encima de cualquier otra consideración, por el insoportable clima de inestabilidad política que vive España, sumida en un bochornoso bloqueo desde hace más de siete meses tras dos elecciones generales. Y aún está por ver si no hay dos sin tres. Un panorama desalentador.

Es evidente que Galicia debe esquivar esa senda, que no lleva más que a la ruina. Y para conseguirlo es necesario empezar por tomar el buen camino en la campaña electoral. Hartos de tanta demagogia y palabrería, de tanto politiqueo y estéril partidismo, lo que los gallegos exigen de sus candidatos es que hablen más claro que nunca del escenario que les espera tras las urnas y de cómo piensan solucionar los verdaderos problemas que les afectan.

La campaña es el escenario en donde los líderes políticos han de comprometerse y firmar un contrato explícito con sus electores. Los ciudadanos han demostrado en las dos últimas convocatorias generales no solo que los argumentos fáciles no les sirven, sino que ni siquiera los tienen en cuenta. Los eslóganes a gusto del consumidor y el populismo barato se han convertido, de tan manidos como están, en huecos y demagógicos lugares comunes que los electores perciben carentes de tino en el diagnóstico y de voluntad política real en la acometida.

Los problemas de Galicia, los que amenazan con cronificarse y hacerse estructurales, se trataron a vuela pluma en esas dos últimas campañas nacionales. Ahora es el momento de prestarles la atención debida. De presentar propuestas claras y realistas para reactivar el empleo en los niveles necesarios, acabar con la corrupción, garantizar las pensiones, lograr una educación de calidad, fomentar la creación de empresas, mejorar la sanidad, frenar el envejecimiento y la desertización demográfica, abordar el abandono del campo o atender las necesidades del sector pesquero. La discusión del nuevo modelo de Estado y la consiguiente reasignación de fondos, es decir, la financiación autonómica, asunto que de forma implícita está ya sobre la mesa, resultará trascendental para Galicia, por lo que debería ser otra cuestión relevante en el debate preelectoral. Y en cualquier caso los ciudadanos quieren menos campañas y más soluciones, desde luego campañas que vayan más allá del "yo o el caos" o "hay que echarlos".

Respecto a la fecha, la elección del 25 de septiembre, haciéndolas así coincidir con las vascas, ofrece una ventaja sustancial: que sea cual fuere el desenlace de lo que está pasando en Madrid, Galicia puede quedar al margen dialécticamente hablando de lo peor que podría preverse, es decir, unas nuevas elecciones generales que incrementarían el hartazgo ciudadano sin garantías de sacarnos del nefasto emponzoñamiento actual.

El adelanto, tan nimio en el tiempo, carece de cualquier otra relevancia. Y de haber alguna, ésta solo podría imputarse a quienes han dedicado prácticamente todo su tiempo a mirarse el ombligo, practicar juegos de guerra teóricos, lanzarse a proponer aventuras imposibles o querer llevar el pendón en una comparsa de la que hasta ahora nadie sabe quién será el que pueda sacar tajada. Ese es, básicamente, el marco en el que arrancan las elecciones gallegas.

Otra cosa es la trascendencia que tengan para el futuro de los respectivos carteles electorales. Feijóo se juega el suyo, claro está. Nadie duda de que será el más votado, pero que gobierne dependerá en gran medida de que amarre su tercera victoria absoluta. No será fácil. Si lo consigue, no solo habrá logrado mantener para el PP la única comunidad en la que gobierna con mayoría absoluta, sino que engrandecerá, y mucho, su proyección, expectativas y ansias estatales. Eso, o el fin de su carrera política, como él mismo ha proclamado.

También está en juego quién será la segunda fuerza más votada en Galicia. El PSdeG, que ocupa ahora el liderazgo de la oposición, llega a la carrera electoral con un candidato elegido en una tensas primarias, después de que Besteiro se viese obligado a dimitir por sus imputaciones judiciales, y debilitado por las discrepancias internas a la hora de confeccionar las listas.

Las divergencias tampoco son menores en la confluencia de En Marea y Podemos. En Marea está en disposición de disputarle la plaza a los socialistas pero en buena medida dependerá de si finalmente acude con Podemos a las urnas o lo hacen por separado. El BNG, con solo 7 diputados, se enfrenta al titánico reto de detener su caída hacia el abismo y salvar su grupo parlamentario.

La incertidumbre es pues máxima para ellos y por ende para el futuro de los gallegos. Un escaño puede condicionarlo todo. Y que caiga de un bando o de otro depende de un simple puñado de votos. Que se acierte con la mejor solución para el futuro de Galicia y el bienestar de los gallegos, que ese y no otro debe ser el objetivo común, depende sobre todo de que los candidatos hablen alto y claro a los electores. Por consiguiente, menos teatrillo y más propuestas sobre la mesa en pos del progreso de Galicia.

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