De vuelta y media

El nacimiento de la Bienal

Antonio Puig como vicepresidente de la Diputación fue el impulsor de este certamen en 1969, que se convirtió en una cita obligada del verano pontevedrés

31.07.2016 | 05:16
ganador de la medalla de oro del certamen. // Colección R. L. T.

No tanto por ignorancia supina como por razón de edad o por mero olvido a causa del tiempo pasado, el caso es que prácticamente nadie recuerda hoy en Pontevedra el nacimiento de la Bienal de Arte.

Desde la perspectiva actual llama la atención "descubrir" que esta gran muestra de visita obligada que marcó una época, ingrediente destacado en la programación cultural de las Fiestas de la Peregrina, respondió a una iniciativa auspiciada por Antonio Puig Gaite desde la Diputación Provincial y José Antonio Campos Borrego desde Información y Turismo.

Este singular binomio se había formado de manera ocasional a mediados de los años 60 en la delegación provincial de Información y Turismo, seguramente con la permisividad de sus máximos responsables, Manuel Fraga y Pío Cabanillas: ni antes, ni tampoco después un delegado (Puig) contó con un subdelegado (Campos) para reforzar su función.

Luego cuando Puig se convirtió en vicepresidente de la Diputación y presidente de la Comisión de Cultura, ocupó su puesto Campos como delegado provincial de Información y Turismo. En definitiva, una sucesión de libro. Fruto de la buena relación y el mejor entendimiento entre uno y otro, personajes diametralmente opuestos por cierto, surgió la I Bienal de Arte en 1969.

Puig y Campos estuvieron al frente de un pequeño equipo integrado por Agustín Portela Paz, Rafael Núñez González y Alfonso Otero Besada, tres reconocidos profesionales del Palacio Provincial, que se encargó de la materialización práctica de aquel evento naciente.

La Bienal comenzó con formato de concurso en las especialidades de pintura, dibujo, grabado y escultura, reservado solo para artistas nacidos o afincados en la provincia de Pontevedra, "con un único y noble propósito de incorporar las bellas artes al quehacer provincial". Algo tuvo, por tanto, de examen de reválida para todos aquellos creadores que disfrutaron de sus generosas becas y ayudas económicas durante muchos años.

La respuesta a la convocatoria resultó más que satisfactoria, puesto que concurrieron 71 pintores con 142 obras, 13 escultores con 24 obras, 11 dibujantes con 29 obras y 3 grabadores con 7 obras. En total 203 obras, que finalmente se redujeron a 93 en la criba establecida para su exhibición final. Además Xoán Piñeiro presentó 18 esculturas como artista invitado, fuera de concurso.

Al natural prestigio por ganar un certamen que apuntaba alto, se sumó su atractivo económico. Inicialmente se convocaron tres premios de 30.000, 20.000 y 10.000 pesetas y las correspondientes medallas de oro, plata y bronce diseñadas por el propio Piñeiro. Una vez divulgadas las bases de la convocatoria, el apoyo insuflado desde el Ministerio de Información y Turismo disparó sus cuantías a 100.000, 50.000 y 25.000 pesetas, que no eran moco de pavo. A los artistas pontevedreses no amargaron en absoluto aquellos dulces.

El jurado calificador presentó una composición entre oficialista y academicista: presidido por Enrique Lorenzo Docampo, titular de la Diputación, estuvo integrado por José Filgueira Valverde, director del Museo de Pontevedra; Ángel Illari Gimeno, director del Museo de Castrelos; Ramón Otero Núñez, catedrático de Historia del Arte la Universidad de Santiago, y Carlos del Valle Inclán Blanco, hijo del insigne escritor y personaje influyente, y actuó como secretario el propio Campos Borrego, delegado provincial de Información y Turismo.

Esta formación se amplió en dos miembros a petición de los propios artistas para garantizar una mayor visión artística y reforzar una imparcialidad no cuestionada. Como consecuencia de esa concesión de última hora se incorporaron al citado jurado Juan Luís López García, catedrático de la Escuela de Bellas Artes de Barcelona y Manuel García Buciños, reconocido escultor gallego.

Durante los días previos, la I Bienal de Arte puso literalmente patas arriba el Palacio Provincial, entre los nervios de unos y los sofocos de otros. Aquella iniciativa tenía que salir bien, sí o sí, no en vano respondía a un empeño personal del todopoderoso Antonio Puig.

La muestra abrió sus puertas el miércoles 30 de julio, con asistencia de las primeras autoridades aunque su inauguración estuvo inicialmente prevista para el 25, festividad de Santiago Apóstol. Las obras ocuparon el salón principal y las dependencias contiguas en toda la primera planta.

Enrique Lorenzo, gran presidente del organismo provincial, presentó el certamen en su discurso inaugural como "un hito en el quehacer cultural" y también como "punto de arranque para futuras muestras que, año tras año, adquirirán interés e importancia nacionales". Poco o nada se equivocó en aquel vaticinio.

La I Bienal de Arte tuvo una excelente acogida por parte de un público variopinto. Toda Pontevedra cumplió con la visita de rigor al Palacio Provincial durante el mes de agosto, en plenas Fiestas de la Peregrina. Entre paseo y paseo por una Alameda repleta de tómbolas, churrerías, barracas y demás casetas, nadie quiso dejar de acudir a aquella exposición que estaba en boca de propios y extraños.

Una mayor solemnidad se reservó para el acto de clausura y entrega de premios a media tarde del 20 de agosto, puesto que contó con la presencia del mismísimo Manuel Fraga Iribarne. El ministro del ramo quiso mostrar personalmente su apoyo expreso a la naciente iniciativa cultural. Ante el éxito de público, la I Bienal prolongó luego su calendario más allá de aquella clausura oficial y permaneció abierta hasta el 8 de septiembre.

Un Fraga en su versión más complaciente repartió felicitaciones y parabienes entre premiados y organizadores. Además, comprometió su "incondicional apoyo" a la Bienal Regional, cuya organización estaba ya prevista de antemano para el año siguiente como una proyección natural.

Lamentablemente no pudo cumplir su compromiso porque Fraga perdió su cargo dos meses después a causa del escándalo Matesa, que se llevó por delante a medio Gobierno. Como en tantas ocasiones, Franco no se casó con nadie e hizo de rey Salomón.

Sin embargo, el cambio de titular en el Ministerio de Información y Turismo no supuso ningún contratiempo para la Diputación Provincial. El nuevo ministro Alfredo Sánchez Bella mantuvo su apoyo al certamen y también giro una visita a la Bienal, que aquel año 1970 pasó de provincial a regional y continuó su exitosa andadura durante dos largas décadas.

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