Personas, casos y cosas de ayer y de hoy

La esperanza verde de Galicia

24.07.2016 | 05:32
Corazón de jade verde, símbolo de esperanza.

El Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española (23ªed., 2014) define la esperanza como el "estado de ánimo que surge cuando se presenta como alcanzable lo que se desea". A uno no le satisface de forma plena tal definición porque da la sensación de transitoriedad y espontaneidad. La esperanza no es fortuita ni temporal, es bien, virtud y deseo confiado y anticipado que debe dominar al hombre en todas las circunstancias de la vida, incluso en las más adversas, de que puede ser o existir aquello que uno desee o se proponga. La esperanza no surge de forma espontánea sino como consecuencia de un esfuerzo consciente e intencionado para conseguir aquello que anhelamos: salud, felicidad, éxito personal, logro profesional, familia armónica, suficiencia económica y cultural? La esperanza surge en nuestro consciente personal, pero, para lograr su plenitud ha de proyectarse a todos. Como consecuencia, por un lado requiere ser cultivada, adaptada y modulada y, por otro, necesita y solicita la ayuda de los demás.

"No sería esperanza aquella que pudiesen contrastar y derribar los infortunios: pues así como la luz resplandece más en las tinieblas, así la esperanza ha de estar más firme en los trabajos; que el desesperarse en ellos es acción de pechos cobardes, y no hay mayor pusilanimidad ni bajeza que entregarse el trabajado, por más que lo sea, a la desesperación. El alma ha de estar el un pie en los labios, y el otro en los dientes, si es que hablo con propiedad, y no ha de dejar esperar su remedio, porque sería agravar a Dios, poniendo tasa y coto a sus infinitas misericordias". Son palabras congruentes y justas de Persiles, escritas por Miguel de Cervantes (Los trabajos de Persilesy Sigismunda, libro I, cap. 9; Madrid, 1617) que concretan lo que es la esperanza.

Mas no ha de confundirse esperanza con fantasía, situación imaginada, más cercana al deseo que a la realidad, más irrealizable cuanto más ilusoria. No por ello uno ha de negarse al juego de la imaginación, que es grado superior del pensamiento. Como decía Lope de Vega, en boca del enamorado Delio (Las fortunas de Diana; Madrid, 1624), cuando menos, "Las esperanzas de cobrar el bien, aunque sean engañosas, no dañan, porque entretienen la vida". Esto cierto siempre y cuando, al dejarnos llevar por la fantasía, sigamos atentos a diferenciar lo posible de lo irrealizable. Precisamente en este mismo diario, Antonio Rico (Faro de Vigo, 07.07.2016), se refería al papel de la fantasía, aludiendo a determinado electorado de izquierdas. "Las fantasías enseñan su cara buena cuando están lejos y su cara mala cuando finalmente las rozamos con los dedos". El electorado, posiblemente desengañado y enfadado, jugó a votar a un determinado partido siempre que no pudiera ganar, pero cambió su voto ante la realidad que se le venía encima. Y es que hay que diferenciar, lo singular de lo habitual y las palabras de los hechos. Fue la lección de los votantes. "En suma falta de juicio fundar las esperanzas sobre uno u otro suceso singularísimo, y no sobre lo que comúnmente acaece. Porque alguno halló alguna vena de oro cavando la tierra, ¿no será en mi locura ocuparme en abrir pozos por los cerros?" (Benito Jerónimo Feijóo; en La política más fina. Teatro crítico universal. Tom. 1º, discurs. 4º; Madrid, 1726).

En el cristianismo la esperanza es una de las tres virtudes teologales o sobrenaturales, siempre sumada a la fe y la caridad. Estas tres virtudes forman una unidad indisoluble con las virtudes cardinales o naturales: prudencia, justicia, templanza y fortaleza. El conjunto describe la imagen cristiana del hombre. Santo Tomás de Aquino define a la esperanza así: "virtud infusa que capacita al hombre para tener confianza y plena certeza de conseguir la vida eterna y los medios, tanto sobrenaturales como naturales, necesarios para llegar a ella con ayuda de Dios". En contraposición con la esperanza está, por defecto, la desesperación y, por exceso, la presunción.

La iconografía de la esperanza considera, por una parte, que fue una divinidad honrada por los romanos en muchos templos y, por otro lado, que los poetas la cantaron como hermana del sueño que da tregua a nuestras penas y de la muerte que las termina. Así se la representa bajo la figura de una joven ninfa con rostro sereno, sonriendo y con flores que la coronan y lleva también en su mano, como mensajeras de los frutos que se avecinan en la nueva cosecha. También se le personificó con alas, porque es propio de la esperanza escaparse cuando que uno cree tenerla a su alcance. La comunidad cristiana ourensana profesa una gran devoción a Nuestra Señora la Virgen, con múltiples advocaciones, en monasterios, iglesias y capillas por toda la provincia. Entre ellas, Fernández Otero (La Devoción Mariana y Ourense, 1997) relaciona catorce que tienen como titular a Nuestra Señora de la Esperanza, de las cuales una se sitúa en la parroquia de Santa Eulalia de Boimorto -con especial significado para el autor de este suelto, por tener en ella su lugar de residencia-. De su existencia hay constancia histórica, cuando menos, desde la Visita Pastoral de 1678, pero posiblemente la devoción es anterior, pues parece llegó a tener "cabildo". En 1901 se reconstruyó la capilla en el lugar de la Ermida, Bouzas, donde se conserva la imagen, y desde hace unos años existe una réplica, de busto redondo en madera en la propia iglesia parroquial, gracias al celo y el empeño de su párroco, el muy activo y eficaz don Orlando Sánchez Novoa. La imagen de Bouzas es de las llamadas "vestideras", con rico manto verde bordado en oro y con diversos colgantes, pulseras y medallas. Su fiesta se celebra el primer domingo de septiembre y concurren a la misma numerosos fieles -muchos descendientes de boimorteños-, que se desplazan de forma expresa, después de seguir la novena, en la que se entonan gozos, cánticos y súplicas: "Oh Virgen de la Esperanza, / de Boimorto perla preciosa: / intercede por nosotros / Virgen Madre / Virgen Madre poderosa." Y desde hace unos años con la intervención del nuevo "Coro Parroquial", que precisamente el pasado domingo exhibió su buen hacer y gusto en la Misa dominical transmitida por la televisión gallega (TVG), en la Iglesia de San Fructuoso de Santiago de Compostela. Los componentes del coro, impecablemente vestidos, lucen pañuelos y corbatas "verde esperanza". "Verde esmeralda es nuestra señora", según canta la Iglesia, y "sola ella es nuestra esperanza", añade santo Tomás de Villanueva.

El verde es el color característico de la esperanza, como presagio de la verdura naciente y las cosechas de granos. El verde es el color más neutral, el que mejor proporciona una sensación de tranquilidad y seguridad. El verde alegra la vista sin cansarla, de ahí que los camerinos de los teatros ingleses tengan siempre este color y se llamen "green rooms". El verde es el color de la vida vegetal. El verde es el color de la primavera, estación de la fertilidad, la vitalidad y las prendas de amor. Así nuestro romancero reza: "Echóle una toca verde / y una flor morada enmedio. / Dándole fe y esperanza". El verde era el color preferido de la madre de este su escribidor y con el que más identificado se encuentra.

El verde es un color que contribuye a la definición de Galicia, porque es un país verde, gracias al agua, que junto al granito contribuyen, entre otras muchas y buenas cosas, a caracterizarla. Los poetas definieron a Galicia como "el país de los diez mil ríos". Mucha es el agua de sus ríos y regatos, a los que se une el mar que abraza una la larga franja de su territorio que, junto con la lluvia, la mantienen permanentemente verde. Y justo allí, donde tiene presencia el agua y hay más verdor, se formaron los múltiples núcleos de población que la integran y configuran su propia identidad. Es cierto que Galicia tuvo largos periodos de pobreza. No lo es menos que también atravesó etapas de prosperidad. Muchos son los destacados autores que se han hecho defensores y voceros de Galicia, en lengua gallega, española y en otros idiomas, echando abajo la leyenda de Galicia como país lejano, aislado, pobre y poblado de gentes embrutecidas y sometidas. Entre ellos quiero citar aquí expresamente a José Martínez Ruiz, Azorín. Y lo hago por varias razones, todas ellas recogidas en el discurso de Xosé Filgueira Valverde, en 1967, al ser Azorín nombrado Académico de Honor de la Real Academia Galega. Lo fue por su cariño a Galicia, que él mismo expresa cuando le escribe al Presidente de la Regia Corporación, primero en 1945: "Amo apasionadamente Galicia por sus paisajes, por sus hombres, modelos de cortesía y por sus mujeres, dechado de bondad y de belleza?" y, después en 1948: "Ni con las más tenues y sutiles palabras podría expresar mi profundo cariño a Galicia". Por su acercamiento a nuestra naturaleza, hasta el punto de mencionarse una "Galicia azoriniana", recogida en El paisaje de España visto por los españoles (1917), y de forma particular en La soledad verde (1941). Por su admiración por la lírica y la música popular gallega, de la que dice: "?una música que sea todas estas cosas a la vez: que sea un llanto, un sollozo y un rezo [?] y pondré también en tu música, por esta sonrisa de ahora, una sonrisa de infinita melancolía". Y por su acercamiento a nuestros escritores y a nuestra literatura, poco conocida y divulgada en esa época.

Nada nuevo les cuento, perdonen mis divagaciones de hoy sobre las que con tanta exactitud antes han escrito: Otero Pedrayo, Fernández del Riego, Naya Pérez, Bugallal, Gamallo Fierros? y más recientemente, Xesús Alonso Montero -Azorín, Galicia (Paisajes, gentes, carácter, costumbres, escritores?); Xunta de Galicia, 2008-. A ellos les remito. Lo mío de hoy no es más que una expansión esperanzada, que, como "empréstito que se hace a la elicidad" (en palabras de Antoine de Rivarol), hace un gallego enamorado de su tierra, que está convencido de la realidad actual de Galicia y su porvenir. Un gallego que ve a Galicia como el color que la cubre, verde esperanza, es decir vigorosa, viva, justa, serena y armoniosa como su propio significado. Un gallego que, al igual que otros muchos, sabe que la esperanza es lo que más nos acerca a lo que deseamos y nos aleja de lo que tememos. Y el que quiera que me entienda y escoja desde su plena libertad, hoy, como ayer y mañana. ¡No faltaría más!

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