tribuna del lector

Pío Baroja y los pecados

10.07.2016 | 02:14
Pío Baroja y los pecados

Aunque cubría su cabeza con la típica boina de su país, Pío Baroja dejó emanar todo un compendio de interesantes y profundas ideas. Así, en cierta ocasión, sorprendió a sus contertulianos asegurando que en España, como los siete pecados capitales, hay siete clases de españoles que se concretan así: los que no saben, los que no quieren saber, los que odian el saber, los que aparentan que saben, los que triunfan sin saber y los que viven gracias a que los demás no saben.

Aparentemente, no se entiende por qué emparejó su lista con la de los pecados capitales que el catecismo concreta con la soberbia, la envidia, la avaricia, la gula, la lujuria, la pereza y la ira.

Sin embargo, me atrevo a hacer un revoltillo con ambas listas y, sin regatear fantasía, trataré de que se acomoden al entramado político de España, porque aunque en algunos casos haya que coger los hilos con pinzas, creo que se puede reflejar tan insólita conexión.

Al grupo de los que no saben una juguetona encuesta les hizo cabalgar a lomos de su ego y, preñados de soberbia, se consideraron tan omnímodos que incluso llegaron a ofrecer vicepresidencias. Ahora se darían con un canto en los dientes si tal oferta les fuese ofrecida a ellos.

Los que no quieren saber y por lo tanto se niegan a cualquier tipo de negociación, sin conocer lo que se les iba a ofrecer, no pueden reprimir su envidia por el reiterado afianzamiento de Rajoy y buscan defenestrarlo a cualquier precio.

Aquellos que, temerosos de su veredicto, odian el saber acompañan a la envidia con la avaricia; tratando, sin justificación, de acceder a una poltrona cada vez más esquiva, pero a la que con avaricia asaltaría sin rehusar ningún medio.

Otros sufren por no saber la importancia que tiene cada voto y, rindiendo pleitesía a la pereza, prefieren abstenerse y continuar disfrutando de un dolce far niente, acomodados en sus sofás. La penitencia a este pecado de pereza la imparte, sin titubeos, el resultado de las urnas.

Situándose por encima del bien y del mal y aparentando que saben, algunos se atreven a protagonizar roles ridículos, cuando no ofensivos. Recordemos que la última sesión de investidura se entronizó la lujuria con el beso en la boca de dos diputados y la oferta de un despacho para que una pareja diera rienda suelta a su desenfreno amoroso.

Tampoco es un caso aislado que se presenten impactantes facturas de ágapes que, sin justificación, se pagan con fondos públicos. El posible pecado de gula se ningunea ante el no controlado triunfo de los que sin saber disfrutan.

Finalmente, los que viven gracias a que los demás no saben excitan el sentimiento de ira por el inicuo aprovechamiento de la ignorancia ajena. Abusar del indefenso es doblemente deleznable y, sin embargo, se manifiesta reiteradamente en diversas componendas administrativas.

Tras este totum revolutum y, antes de cualquier otra consideración, quiero señalar mi discrepancia con D. Pío en cuanto a globalizar a todos los españoles en sus siete apartados. No, porque naturalmente hay otro grupo sensato, y mayoritario que en una amplia gama de matices acoge a los que si saben, a los que quieren saber, a los que no odian el saber, a los que disfrutan del saber, a los que no hacen mera apariencia del saber, a los que buscan el triunfo por el saber y a los que no viven a costa de la ignorancia ajena.

Plenamente convencido de ello y confiando en arrepentimientos de los pecados aludidos, hago votos para que la cordura y el sentido de la responsabilidad arbitren pactos negociados que, con urgencia, permitan dotar a España de un gobierno estable. Imprescindible, porque empecinarse en posiciones irreconciliables conduce a un histórico marasmo y, por supuesto, no aparta la espada de Damocles que pende amenazando con nuevos comicios.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook
Enlaces recomendados: Premios Cine