03 de julio de 2016
03.07.2016
el correo americano

California

03.07.2016 | 02:03
California

Ahora la democracia está provocando algunos dolores de cabeza en todo el mundo. La victoria del Brexit no solo expuso el origen mezquino del referéndum (la supervivencia política de un hombre sin altura de miras que finalmente anunció su dimisión); también evidenció la relevancia que tiene el contexto demográfico, social y económico a la hora de efectuar una consulta de semejante trascendencia (división generacional, xenofobia, desinformación, etc.) y las contradicciones que puede provocar su constante convocatoria (Escocia decidió democráticamente tanto permanecer en el Reino Unido como seguir perteneciendo a la Unión Europea). El derecho a decirlo todo con un sí o un no puede provocar algunos desbarajustes indeseados. Y el problema, por supuesto, no es la democracia per se, sino la utilización perversa de la misma.

California, por ejemplo, tiene un sistema democrático impecable. Desde 1911 -cuando se introdujo una enmienda en la constitución del estado que básicamente permite a los ciudadanos redactar y aprobar las leyes sin necesidad de recurrir a los representantes-, los asuntos cruciales en esa región se han resuelto con referéndums. El caos total llegó con la célebre Proposición 13, aprobada en 1978, que, además de limitar los impuestos sobre la propiedad, incorporó una medida que exige al Parlamento californiano una mayoría de dos tercios para realizar cualquier tipo de aumento impositivo. Es decir, que los poderes legislativos comenzaron a tener muy difícil subir los impuestos. Esto generó un déficit en el presupuesto estatal debido a los resultados de los subsiguientes referéndums, con los cuales se pedía, claro, más gasto público (inversiones en infraestructuras) a un estado que tenía muy restringida su capacidad de recaudación.

El poder económico, además, representado por las grandes corporaciones y otros grupos de presión, comenzó a desempeñar un papel fundamental en todo este embrollo, organizando costosas campañas publicitarias destinadas a persuadir a los ciudadanos para que apoyaran determinadas iniciativas, impulsándolos en ocasiones -a través de la manipulación o la extorsión- a que votaran en contra de sus propios intereses. Como escribió James S. Fishkin, profesor de la universidad de Stanford, cuando se cumplía un siglo de la aprobación de la enmienda: "La democracia directa en California nació con la esperanza de que la gente se involucrara en los procesos gubernamentales, pero ha desembocado en una especie de democracia de audiencias. Los votantes no se han convertido en legisladores; ahora son unos consumidores de campañas difundidas por los medios de comunicación de masas. Se hizo [la democracia directa] con la intención de eliminar el papel que juega el dinero en la política, pero, en vez de eso, ha creado un gran apetito para la publicidad".

Esos excesos trataron de corregirse hace dos años con la ley SB 1253, firmada por el gobernador Jerry Brown, que añadió algunas reformas al sistema con la intención de facilitar, entre otras cosas, una mayor transparencia, como ampliar el periodo de la recogida de firmas, proporcionando así más tiempo para la reflexión, u obligar a que se publique información sobre los principales donantes de las campañas. Las medidas fueron celebradas por el periódico Los Angeles Times, el cual recordó también en su editorial que, a pesar de que la ley "hace que sea más fácil para el votante acceder a la información sobre las iniciativas y el dinero que se esconde detrás de ellas", ya que "las leyes pueden actualizarse para que los ciudadanos se aprovechen de la tecnología y las redes sociales", el proceso debe ser "constantemente reexaminado" y los electores "siempre tendrán que hacer sus deberes". Una democracia fiable, en suma, requiere algo más que votar: saber qué se está votando. Usarla de manera inapropiada (intereses personales, privados o partidistas) puede hacer que se convierta en una frivolidad o, lo que es peor, en un sistema desprestigiado. Y ya sabemos demasiado bien a lo que conduce su desprestigio.

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